miércoles, 28 de marzo de 2012

Roldán, poeta

Por Jorge Cortés Ancona

Una pregunta obligada para nuestra literatura yucateca: ¿por qué Roldán Peniche Barrera dio a conocer sus poemas tan tardíamente? Pregunta obligada luego de haber leído “Versos de luna negra” (2002) y “Entre el sudor y el tiempo” (2011), en los que percibimos la limpidez de una voz que comunica, que interpreta a modo de crónica lírica los acontecimientos surgidos a su paso y comparte sus visiones dentro de una verdad poética.

Poesía de habla directa, centrada en hechos comunes y con notorias influencias y ecos de Whitman y Borges, así como de la poesía conversacional de lengua inglesa y la mirada urbana de Efraín Huerta, Roldán Peniche nos ofrece raudas imágenes de la vida nocturna en ciudades norteamericanas donde estuvo de paso o residencia durante los diez años que vivió en Estados Unidos así como de lugares físicos y de la memoria que dejaron huella en su circunstancia vital.

The city and I, de Eric Drooker.


Experiencias y percepciones, en las que mucho hay de caminante callejero, de “flâneur”. Temas de erotismo, de conciencia de sí mismo, de sensorialidad decantada. Un diálogo consigo mismo en el tiempo.

Su amplio interés literario y artístico universal se manifiesta lo mismo en los poemas que hacen referencia a otras latitudes, a poetas y pintores (De Chirico, Mondrian), a ritmos musicales como el jazz y la música sinfónica, a las ciudades de los antiguos mayas, a la Mérida actual, al mar. Los poemas están dispuestos a libertad, sin subdivisiones temáticas o de otra especie, a manera de fragmentos conjuntados en el escenario de la vida del mismo autor y enunciante lírico.

Qué campo fértil se habría formado en la poesía de Yucatán desde hace años, de haberse hecho notoria esta vertiente de coloquialismo, de poesía exteriorista, empleando el término de Ernesto Cardenal. Ya se había señalado un camino en “Poemas de sangre y amistad”, de Alberto Cervera Espejo (libro publicado en 1980), donde la poesía se expresa en tono de conversación acerca de personajes familiares y vivencias inmediatas, y bastante también se trazaba en “Los orígenes del fuego” (1981), de Roger Campos Munguía, así como en varios poemarios de Juan Duch Colell.

Qué despertares hubiera provocado una expresión como la del poema “De mis rastros en Nueva York”, que inicia diciendo que: “El sol arde en las calles / de este día de mayo de 1965. / Marcho a dos pasos de mi sombra / y certifico un ego de zarpas irritadas / y zapatos atroces / de putas y travestis, / del desgaste de muchachos dormidos de canabis / y subways serpenteando entre laberintos de jazz”.

¿En qué momentos de nuestra poesía yucateca se habló así? Con las palabras de todos los días, sin pudores ni arrogancias léxicas. Lejos de la ceremoniosidad ociosa, vacía de sentido en su recargamiento verbal, excreciones de esos “pequeños adalides a porfía / de sindéresis faltos, poca cosa” (“Soneto de medio pelo”), como si la poesía tuviera que ser por fuerza el lenguaje más incomprensible e inalcanzable, verba que no remite a nada.

En este poemario late una poesía enraizada en la vida, que nace de ella y se dirige también a ella. La poesía, el arte, como una experiencia vivida todos los días. Brote espontáneo, gozo, opinión implícita.

Ya el solo título del libro habla de su propósito de sacudirse prejuicios y mencionar algo que forma parte de la realidad inmediata de esta tierra y de todo ser humano, como es el hecho de sudar. Si la creación literaria es esfuerzo que hace transpirar como todo trabajo arduo y si los andares de nuestra vida yucateca transcurren en la agobiante humedad del cuerpo, es asombroso pensar que el sudor haya sido poco aludido en nuestras letras.

Larga vida a Roldán y a este poemario que integra simbólicamente dos elementos de distinta consistencia significativa como son el sudor y el tiempo, es decir, de lleno entre la materialidad humana y esa abstracción implacable que nos atenaza paso a paso.

Peniche Barrera, Roldán: “Entre el sudor y el tiempo”, Ayuntamiento de Mérida-Compañía Editorial de la Península, Mérida, 2011. 70 págs.


Por esto!, 27 de marzo de 2012.

lunes, 26 de marzo de 2012

Roura y los recuerdos vivos

Por Jorge Cortés Ancona

En “José y Reina: un septiembre olvidado en Suma”, con una poesía narrativa de estilo coloquial, Víctor Roura lleva a cabo un recorrido por la historia de sus padres, situada en contextos históricos-sociales de la península yucateca y del Distrito Federal, hasta llegar a los tiempos actuales.

Es la historia de un enamoramiento y de una huida que ocurren en Suma de Hidalgo, con José y Reina, o sea, José Roura y Regina Pech, en cuatro etapas de la vida humana y algunas intervenciones más: “El principio de los tiempos: la orfandad”, “Buscando dónde asirse: la juventud”, “Responso”, “El encuentro de los cuerpos: madurez”, “La pérdida del sentido: ancianidad” y “Epílogo”. Lectura placentera, que nos conduce desde la dura brega rural en la hacienda San Nicolás hasta el idilio en Suma que se traslada brevemente a la ciudad mediana y luego a la megaurbe. En esos cambios se viven distintas formas de supervivencia y de violencia, diversas labores y conocimientos.

Entre las partes narrativas aparecen de modo intermitente cuartetos a base de pareados consonantes y relativos a la muerte en sí misma, con un sentido de composición popular. Pero esos cuartetos también constituyen una manera de hacer presente a poetas que han tratado el tema de aquella que “viene sola” para llevarnos. Esa lista parece representar la familia poética del propio enunciante: Pacheco, García Lorca, Gorostiza, Vallejo, Huerta, Acuña, Nervo, Zaíd y varios más.




Toda la narración está escrita en versos de doce sílabas, con una cesura móvil de verso a verso. Es decir, no se ciñe a la división en dos hemistiquios de 6 + 6, ni a la de 7 + 5 ni a la de tres o cuatro cláusulas rítmicas, sino que se integra internamente a libertad, e incluso a indiferencia rítmica, al grado de que muchos versos terminan en aguda y, más aun, en preposiciones y artículos monosilábicos (a, de, lo, los, etc.). Con ello, la sonoridad se llena de asperezas y de opacidades, sujeta a los tonos emotivos del relato versificado.

Al principio, predomina el relato de los orígenes paternos en el desempeño de los trabajos dominantes desde los años 30’s, como el trabajo chiclero y el henequenero, con la derivada presencia del paludismo y la gonorrea, enfermedades comunes de aquellos tiempos. Un tiempo duro, el de los años 40, en que se vive la reaparición de la explotación de los trabajadores y del derecho de pernada. Entre el arraigo y la movilidad, en este periplo de vida paterna también existen las migraciones a otras regiones del país, entre ellas la gran capital, hasta volver al terruño.

Sorprende el paso de las décadas en esta historia personal que va de la mano con las correlativas historias nacional y regional, ya que la juventud de los padres se percibe lejana, de leyenda histórica plenamente, aunque José falleció de una embolia en el 2000 y Reina (Regina) vive aún, con el mal de Alzheimer. Y es que dentro de la condición narrativa fluye una vena lírica, que da lugar a que el texto, bien estructurado, con pausas, conlleve emociones, recuerdos, reflexiones, con una integración de tiempos pasados y presentes.

Este poema narrativo conforma una vivencia muy personal que es compartida, hasta hacerla de todos nosotros. Con su impregnación de leyenda y de periodismo, este relato es historia y es poesía. Aire refrescante para la literatura que se escribe actualmente: voz personal, clara, humana, fincada en décadas y lugares precisos pero con una condición de pervivencia.

Al margen del relato, pero con relación directa, figuran las imágenes tomadas por Eugenia Montalván Colón: en la portada, una foto de la iglesia de la hacienda San Nicolás. En las guardas iniciales, la foto de la casa en Mérida (por el rumbo de “La Jardinera”), donde vivieron José y Reina, y del árbol detrás de la albarrada de la casa en Suma.

Víctor Roura nació en Mérida en 1955 pero desde muy pequeño ha residido en el Distrito Federal. Es poeta, narrador, cronista, crítico y periodista cultural, en especial, muy conocido por su labor en el periódico “El Financiero”. Este libro se presentó en la Filey con la presencia del autor y los comentarios de Raúl Renán y Eugenia Montalván.

Roura, Víctor: “José y Reina: un septiembre olvidado en Suma”, Unas letras, Mérida, 2012, 92 págs.

Por esto!, 20 de marzo de 2012.

viernes, 23 de marzo de 2012

Orosa Díaz: entre poesía y periodismo

Por Jorge Cortés Ancona

Un centenario que se cumple este año es el del nacimiento del escritor yucateco Jaime Orosa Díaz (1912-1986), autor de una amplia obra que comprende temas históricos, literarios, de artes plásticas y periodísticos. Fue un intelectual muy activo tanto por su obra como por sus tareas universitarias, pero en los tiempos que corren puede decirse que es una figura injustamente olvidada. Va aquí nuestro grano de arena, hablando acerca de algunas de sus aportaciones.

Una de sus primeras obras se titula “Trece puntos suspensivos y un punto final”. Data de 1939, fue publicado en Mérida y cuenta con grabados de Rubén Pérez Morales y un prólogo de Leopoldo Peniche Vallado. Este delgado libro se compone de textos que en pocas frases constituyen escenas de la vida diaria, con lo cual se forma una galería de personajes de la vida urbana de la capital del país. La categoría literaria aplicable es la de estampa, es decir, una breve descripción de un hecho con escasa acción narrativa y mucho cuidado estilístico. Un apunte anecdótico que se extiende un poco más allá de lo que está diciendo.


Madero y la revolución mexicana.


En los textos se bosquejan peculiaridades de oficios y acciones rutinarias pero también se trazan rasgos de carácter y orgullosas falsificaciones biográficas. Lo mismo aparecen la arribista casera gallega y la solterona, presuntuosas de sus inventados blasones, que la explotación de los trabajadores descrita por medio de la indiferencia de un patrón ante un accidente laboral sufrido por uno de sus operarios.

Orosa Díaz presenta los hechos en pocas líneas, a menudo con parlamentos y diálogos, en un estilo reticente, que hace uso de sobreentendidos. No hay una intrusión expresa del autor, salvo en “El crimen callejero”, donde apunta una reflexión acerca de las actitudes populares, tales como “la enfermedad detectivesca del pueblo metropolitano, resultado de ese afán de los diarios de convertir en simples rompecabezas, las más hondas tragedias”. Estos textos extreman la síntesis para reflejar un hecho, por lo que constituyen una forma de periodismo donde refulge una imagen lírica.

En el prólogo, Peniche Vallado diserta acerca de la diferencia entre poesía y periodismo, entendiendo que la primera se sirve de la propia emoción el poeta mientras que el segundo es inmune a toda emoción y trabaja bajo “el imperativo de la exactitud”. Considera a Orosa Díaz un “periodista vocacional y militante” y previene acerca de la frialdad, insustancialidad e intrascendencia con que podrían ser considerados estos textos, para después llegar a la conclusión de que no se trata de poemas, pero que, en cambio, “tienen, sí, cierto agridulce sutil y una suavidad amable y acogedora; llegan al espíritu en veces mansamente y en veces hiriendo como alfilerazos, pero siempre arrancando una vibración emocional honda y cálida”. Aun más, menciona el “marcado sabor de haikais” de estos textos periodísticos que lindan con “la lucubración onírica”.

En una visión contemporánea, en la que nos despreocupamos bastante acerca de la división de géneros, sobre todo por la hibridez (notada por el propio Peniche Vallado), la polifonía y el traslape de fronteras genéricas, miramos el pleno sentido lírico de estas estampas y podemos considerarlas tanto como crónicas breves, poemas en prosa y, en algunos casos, también como cuentos cortos. Un mismo texto con riqueza genérica. Aunque tampoco compartimos sus ideas de limitar la poesía a la transmisión de emociones y aun menos de que éstas sean las propias del poeta. A pesar de todo ello, este breve prólogo de Peniche Vallado es interesante como reflexión sobre los procesos de escritura, las analogías entre poesía y periodismo y la conciencia del papel del lector.

La obra se refuerza con los grabados de Pérez Morales, un grabador y pintor activo en la década de los treinta y perteneciente a la agrupación EAR (Escritores y Artistas Revolucionarios), filial yucateca de la LEAR. Los grabados, realistas con expresiones emotivas y corporales de los personajes constituyen un complemento de cada una de las estampas de Orosa Díaz, e incluso, luego de la portadilla aparece un retrato del escritor, en esa misma técnica plástica que habría de historiar en cuanto a lo realizado en Yucatán desde “Picheta”.

Por esto!, 19 de marzo de 2012.

miércoles, 21 de marzo de 2012

"Actividades escolares: añoranzas de la infancia"

Por este medio, les invitamos cordialmente para que asistan, el jueves 22 de marzo a las 19 hrs., a la inauguración de la exposición fotográfica "Actividades escolares: añoranzas de la infancia" en la Galería-Museo de la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán. La exposición está compuesta de fotografías históricas pertenecientes a la Escuela Secundaria "Agustín Vadillo Cicero", las cuales, forman parte del acervo fotográfico que tiene a su resguardo la Casa de la Historia.




Como parte de la actividad, contaremos además, con el acompañamiento musical de Jorge Angulo Bermejo.

La cita es en la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán, ubicada en la calle 41 núm. 455 por 36 Fracc. El Fénix.


Esperamos contar con su presencia.

lunes, 19 de marzo de 2012

Los saldos de la FILEY


Por Jorge Cortés Ancona

La Feria Internacional de la Lectura (FILEY), organizada por la UADY junto con otras instituciones públicas, asociaciones y empresas particulares, concluyó este jueves 15 de marzo. Todo proyecto realizado requiere de una evaluación posterior, algo que, por lo común, pocas veces se efectúa de manera sistemática. Aquí haré sólo unos comentarios acerca de esta Feria, desde una perspectiva conjunta de participante y usuario.




1.- Fue un acierto que la FILEY se enfocase a la lectura y no al libro. Ese énfasis en la acción y no en el producto conllevó una idea más acorde con el desarrollo humano que con la actividad comercial, sin que esta última dejara de estar poderosamente presente. El equilibrio permitió una Feria con variadas propuestas para el interés del público y las posibilidades de convivencia.

2.- Algo tan obvio, pero también poco percibido: el libro es un producto que por lo regular deriva de la industria y con fines comerciales. Como quiera que sea, un factor importante para la permanencia y consolidación de la FILEY es que los expositores provenientes de fuera del Estado hayan logrado una venta con ganancias, lo cual los motive a regresar en futuras ediciones.

Por razón de prejuicios, a mucha gente le cuesta trabajo pensar que una Feria del Libro pueda tener un propósito comercial, pero en los hechos así ocurre, como lo demuestra la FIL de Guadalajara. Eso explica que haya tantos libros de uso escolar, de cosmética, de religión y de superación personal, además de los libros técnicos y los “best-sellers”.

3.- Quizá por factores de la inclinación hacia la Literatura, Historia y Ciencias Sociales de la mayoría de los integrantes del Comité organizador interinstitucional, predominaron en el interior del Centro de Convenciones Yucatán Siglo XXI los eventos relacionados con esas disciplinas. Habrá que incluir en el futuro más actividades de Artes, Filosofía, Derecho, Ciencias Naturales, Ciencias Exactas y Deportes.

4.-La concurrencia fue extraordinaria, y éste es uno de los puntos más candentes de los resultados de la FILEY, al grado de que podemos considerarla un parteaguas en la promoción cultural de Yucatán. Alrededor de 50 mil personas en 7 días, cifra de público que se triplicaría si se agregara la asistencia específica a los eventos (lo cual es una mala costumbre estadística, a menudo distorsionante). No ver este factor de la relación “asistencia de público/concentración de eventos” significaría una miopía que nos dejaría estancados sino es que en franco retroceso.

La Feria fue un parteaguas por diversas razones. Una es que el público asistió en horarios insólitos a los múltiples eventos y en la gran mayoría de los casos en cantidades que rebasan el promedio de los eventos similares realizados en los espacios acostumbrados (salas de teatros, universidades, centros culturales).

Entre las razones de este logro, consideramos la oportunidad de estar en múltiples actividades, lo cual bien justifica una salida personal o familiar. También, la amable posibilidad de entrar y salir de las actividades a criterio personal y sin afectar el desarrollo de las mismas. Y principalmente, la existencia de una amplia oferta cultural en un solo recinto, lo cual implicó, siempre con buen clima, caminar por los estands para hojear y comprar libros y videos; presenciar espectáculos artísticos, proyecciones, grabaciones y exposiciones de artes plásticas; asistir como espectadores a charlas, mesas-panel y presentaciones de libros, todo ello aunado a encontrarse a una enorme cantidad de gente conocida de todas las edades.

5.-Reitero el extraordinario hecho de los públicos en horarios inusuales, que es demostrado, citando algunos ejemplos, por las mesas de personas de la tercera edad con público entre 40 y 100 personas a las 9 de la mañana, públicos de 200 personas en actividades dominicales a lo largo del día, presentaciones de libros con 120 personas a las 6 de la tarde de un día de entre semana. Aclaro que en estos casos me refiero a los públicos compuestos en su mayoría por gente que asiste de modo voluntario, es decir, sin que incluyamos a los públicos cautivos, principalmente de escolares. En el caso de éstos, las cifras llegaron en ocasiones a superar las mil personas en varios eventos.

6.- A los lectores yucatecos les encantan los temas políticos, como lo demostraron los muy concurridos eventos donde participaron los moneros Rius, Jis y Trino o analistas como Denisse Dresser y Jenaro Villamil. Los temas históricos, sean de la tradición popular, políticos o literarios también demostraron contar con públicos entusiastas. Y aunque les duela a muchos, también el humor inteligente, alejado de toda vulgaridad y prácticas discriminatorias.

7.- A futuro habrá que hacer posible una mayor presencia de las nuevas tecnologías de lectura y de creación, en especial el libro electrónico y otros medios digitales, incluyendo talleres para sus usos y consumos específicos. De igual modo, hacer evidentes más medios alternativos de fomento a la lectura.






8.-Es necesario romper esquemas prefijados en cuanto a los temas de interés del público yucateco, como lo demuestra la polémica surgida con motivo de los derechos autorales, en la cual tuvieron un papel importante los jóvenes. Tenemos que olvidarnos de suponer de manera ególatra y caduca qué es lo que le gusta o interesa al público y ofrecer otras opciones de conocimiento y reflexión.

9.-Por efectuarse por vez primera, la FILEY estaba expuesta a errores de programación, situaciones imprevistas, desajustes de horarios y negligencias deliberadas o involuntarias. Sin embargo, aun cuando se dieron algunos casos de todo ello, fueron resueltos total o parcialmente y son muy pocos aquellos que podamos criticar de manera negativa. Por comentarios de gente conocedora, esta Feria Internacional ha tenido mayores alcances que las dos o tres primeras ediciones de la FIL de Guadalajara. En suma, el balance es altamente positivo y con una proyección favorable hacia el futuro.

Por esto!, 17 de marzo de 2012.

viernes, 16 de marzo de 2012

De chica quería ser puta


Por Ileana Baeza


De chica quería ser puta es la primera novela de la escritora Elena Sevilla, quien es egresada de la Sociedad General de Escritores de México. La novela es de corte semibiográfico como la misma autora lo señala. Cabe destacar que este primer trabajo de Sevilla está respaldado por Axial, una casa editora mexicana, vanguardista, y de reciente creación, que se da a la tarea de buscar nuevos talentos literarios. El libro está dirigido a cualquier lector ávido de adentrarse a un microcosmos habitado por diferentes mujeres en el que la búsqueda constante de la auto aceptación y el amor es el punto de unión. Elena Sevilla presenta varios personajes que habitan un edificio de clase media en la ciudad de México D.F. De entre los cuales sobresalen mujeres con los mismos anhelos y desasosiegos, aún cuando a simple vista parecen tan alejadas unas de las otras. Mediante un lenguaje sencillo, abre la posibilidad del goce del folklor lingüístico mexicano en el que se entretejen varios temas de interés que retratan la situación de la mujer en el México contemporáneo tales como  la opresión de la clase social, la violencia de género, y la auto opresión femenina. 





El título del libro invita a la reflexión de la condición de la mujer en la sociedad mexicana que aún perpetúa el binario heredado de la invasión religiosa colonial: Malinche o Guadalupe. Sin embargo, Sevilla ofrece la alternativa de una condición “sin nombre” para su protagonista ante la incapacidad de (o la libre elección de) no llamarla ni Malinche, ni Guadalupe. De entre la colmena que habita el edificio, la protagonista de Villanueva presenta a Marisa, una hembra costeña salerosa, orgullosa de su libertad sexual; y a Blanca, una chica, no tan diferente de Marisa en sus acciones, pero sí empeñada en marcar una diferenciación de clase y “raza” mediante una performatividad auto represiva de “Señorita de sociedad porfiriana”. Este contraste de performatividades abre un espacio para cuestionar ¿Quién es una puta?, ¿Por qué asusta tanto la palabra?, y ¿Por qué no apropiarse de una palabra que funciona como instrumento opresor patriarcal?

Pues bien, esto es lo que hace Sevilla. Esta escritora rompe con el dogma de la palabra. Al apoderarse de la misma simbólicamente la libera de su función opresiva patriarcal y ofrece diferentes perspectivas sobre la misma. Es decir, Puta, ¿La sexoservidora que contribuye a la economía del país y además mantiene la estabilidad del orden social?, ¿Puta? La mujer que se sabe dueña de su sensualidad y no la compromete ante la promesa de la legitimación masculina.  O más bien, ¡Puta! la que prostituye su libertad hacia la libre expresión de su propia sexualidad. En la escritura de Sevilla Puta tiene la posibilidad de convertirse en un espacio transgresivo en el que el cuerpo se libera para abrazar su expresión sexual y su identidad sensual. Aunque el libro mantiene destellos de la construcción de género femenina convencional y no incluye abiertamente la existencia de identidades sexuales diversas, presenta espacios transgresivos para la reflexión sobre la libertad de la experiencia heterosexual femenina. De ahí que uno de los aportes más significativos de esta novela es la de plantear la posibilidad de la reapropiación del cuerpo femenino. Sevilla invita a la mujer a amar, respetar y liberar su cuerpo de la opresión masculina que lo usa como un mecanismo más de control y opresión al dictar normas y funciones específicas para el mismo. De tal forma que la liberación del cuerpo se convierte en el primer paso para reproducir la dedicatoria de este trabajo en la vida diaria y poder decir todos los días “A mí, por ser yo”.  Declaración que aunque no garantiza finales felices trillados si proporciona respuestas verdaderas.

Marzo, 2012.

Sevilla, Elena. De Chica Quería Ser Puta. 1. México, D.F.: Axial, 2008. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Una estatua de Manuel Crescencio Rejón


Por Jorge Cortés Ancona

En Yucatán existen obras de artistas plásticos no yucatecos que tuvieron una sólida trayectoria a nivel nacional e internacional. Esas obras están visibles –y algunas incluso accesibles al tacto- en espacios públicos de Mérida, pero a pesar de ello pasan inadvertidas para el común de los transeúntes.



En esta ocasión me referiré a la estatua sedente de Manuel Crescencio Rejón (1799-1849), en el Palacio de Justicia de Mérida, en La Inalámbrica. Esta escultura es obra de Carlos Bracho (homónimo del actor de cine y teatro, pero al parecer sin que tengan algún parentesco), nacido en Cosautlán, Veracruz, en 1899, y fallecido en México, D.F., en 1966. Conforme a los datos que aporta Lily Kassner en su “Diccionario de escultores mexicanos del siglo XX”, desde muy joven se inició en las artes plásticas y participó militarmente en la Revolución Mexicana, hasta que en 1918 perdió la pierna en un combate. Vivió en Francia entre 1923 y 1932, con una breve visita de regreso en 1927 y fue discípulo de Antoine Bourdelle y Jose de Creeft.

En su larga trayectoria realizó esculturas de distintos temas y técnicas. Entre las estatuas o bustos que realizó para diferentes espacios públicos de diversas ciudades del país, se encuentran los relativos a Sebastián Lerdo de Tejada, Úrsulo Galván, Salvador Díaz Mirón, Rafael Delgado, Josefa Murillo, Johan Sebastian Bach, y de manera más libre, un monumento a los Héroes de Sotavento, en Alvarado, Ver. A decir de David Martin del Campo, Bracho es uno de los maestros fundadores de la llamada Escuela Mexicana de Escultura, junto con –por citar sólo a cuatro de ellos- Guillermo Ruiz, Mardonio Magaña, Luis Ortiz Monasterio y Ernesto Tamariz. A esos diez nombres habría que agregar los del colombiano Rómulo Rozo y del costarricense Francisco Zúñiga, sin olvidar los antecedentes de la Escuela de Bellas Artes de Yucatán desde 1916.

La escultura está fundida en bronce y muestra al jurisconsulto sentado con actitud solemne en una silla con brazos, con las piernas inclinadas y mirando hacia su izquierda. El prócer sostiene con el dorso de la mano hacia arriba un libro en alusión al Juicio de Amparo, incluido en la Constitución de Yucatán de 1840, y que fue su mayor aportación a la Historia de México. La otra mano se apoya en el brazo izquierdo de la silla y su traje muestra un drapeado notable, que contribuye a darle dinamismo a pesar de la posición sedente. En el rostro y en toda la figura algo hay de una sugerencia del “Moisés”, de Miguel Ángel. La escultura se ciñe a un canon de proporciones que le otorga realismo a la figura. Se ubica sobre un pedestal de color blanco y cuenta con una placa metálica; la firma se encuentra, en la base de la escultura, a la derecha del espectador si se mira de frente la pieza.

Además de esta estatua del jurisconsulto, existe otra realizada en 1951 por Rómulo Rozo y que se encuentra a la entrada del Aeropuerto Internacional de Mérida. Es de suponer, por las fechas de realización de las obras de Rozo (1951) y Bracho (1952), que ambas fueron realizadas como derivación del centenario del fallecimiento de Rejón, ya que dicha conmemoración ocurrió en 1949. No establezco distinciones de valor entre una y otra, salvo una diferencia derivada de la ubicación. La de Bracho nos recibe, con una carga significativa extra proveniente de estar justo en medio del acceso principal al recinto judicial y con ello generando connotaciones de conocimiento jurídico y respeto a la legalidad de los ciudadanos.

La escultura a que hacemos referencia fue fundida en los talleres de Del Águila, y en virtud de que la técnica del bronce a la cera perdida permite que haya más de un original, se explica que se pueda apreciar también en el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia, en México, D.F. y en la antes llamada Bolonchenticul, actualmente Bolonchén de Rejón, Campeche, la tierra natal del ilustre jurisconsulto.

viernes, 9 de marzo de 2012

La soledad de América Latina*


Por Gabriel García Márquez

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.




La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.




Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: Me niego a admitir el fin del hombre. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.


Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia, que reproducimos en ocasión del trigésimo aniversario de esa histórica entrega.



miércoles, 7 de marzo de 2012

Disyuntivas

De licántropos literarios: La literatura como suceso


Por Ricardo E. Tatto


“Son cosas que me pasan: leer y escuchar son cosas que verdaderamente me pasan. Así como otros sufren accidentes de tránsito o tienen accidentes en el banco, lo que ocurre cuando yo leo o cuando escucho música son verdaderos acontecimientos en mi vida”.

Gerardo Rod
   

El acto de leer, el hecho de escribir, es un suceso. La literatura es, pues, una vivencia. La música y el arte, también lo son. Y sobre dichas experiencias medulares versa el libro “Lobo sin luna. Conversaciones con Gerardo Rod”, de Joaquín Tamayo, amigo, colega e interlocutor de Gerardo Rodríguez Arcovedo, escritor, fotógrafo y melómano nacido en el D.F. (1963), pero cuya etapa formativa ocurrió en Yucatán antes del eterno retorno a la capital de nuestra surrealista nación.






    En las breves y personalísimas líneas de este diálogo entre dos lobos de la misma camada, asistimos a la exposición de motivos literarios que impulsaron la creación artística de Rod, a partir de los cantos tanto poéticos (Rilke, Sabines, Paz, Rimbaud, Salinas, etc.)  como musicales –específicamente del rock, blues y jazz- lo cual en primera instancia podría parecer atípico en un narrador, pero no lo es tanto si revisamos la historia de la literatura, en la que frecuentemente encontramos cuentistas y novelistas –incluso periodistas- cuyo bagaje lector está compuesto en su mayoría de grandes versificadores.

    No es de sorprender entonces, que lo escrito por “Exagerardo” –como él se autonombrara alguna vez- tenga momentos de lirismo y ritmo poéticos, lo cual es un valor agregado a la narrativa emanada de su puño, cuya temática oscilara entre la memoria, la literatura como experiencia de vida y las relaciones amorosas. Además, el retrato del escritor que tuvo más preguntas que respuestas, se complementa con un apéndice en el cual encontramos una muestra representativa de su trabajo fotográfico, el cual enfatiza su interés en contar historias a través de la imagen, ya sea mediante la palabra escrita o, en este caso, capturando instantes. Todo esto y más se trasluce en este libro, cuya estructura urde su autor con buenos oficios.

    De entrada, en pocas líneas nos esboza el perfil de Gerardo Rod, para luego dar paso a la entrevista literaria como tal, híbrido en el que se mezclan las voces del entrevistado y entrevistador, con interludios de un narrador en primera persona que se entromete, rememora, aquí y allá, datos y recuerdos pertinentes para lo que se menciona en el tiroteo entre preguntas y respuestas. Este mismo narrador-amigo, que no es otro que Tamayo, acierta en intercalar citas de la obra del propio Rod para ilustrar sus observaciones personales, con lo que logra un doble propósito: que conozcamos al autor en cuestión mediante las descripciones y evocaciones que se entrometen durante el diálogo, pero también leyendo su propia esencia y palabra, que no es otra que la literaria.

    Sin embargo, en el prefacio del libro, Mauricio Quijano Farjat -amigo de los dos arriba mencionados-, hace mención de la humildad y oficio con la que Tamayo meritoriamente da un paso atrás para no usar al escritor mientras habla de sí mismo. Es ahí donde radica la mayor virtud del autor como escritor, pero sobretodo como periodista de caninos afilados: en hacernos creer que el libro es Gerardo Rod por donde quiera que se le mire.

    Y logra el truco y la ilusión con gran éxito, pero aquí habría que rasgar la cortina para develar que, si bien el libro es Rod, también es totalmente Tamayo -aunque éste se empeñe en desdibujar y retirar la impronta de su pluma y edición periodística-, ya que como cualquiera en el oficio sabe, la entrevista no la hace el entrevistado, sino el periodista que, si es sensato, hábilmente escribe desde las sombras para que brille quien debe brillar, máxime si es un amigo...

    “Lobo sin luna” es un ejercicio y perfecto ejemplo de la amalgama entre periodismo y literatura, verismo y ficción, malicia y franqueza. La lectura y presente apología del libro de Joaquín Tamayo es un homenaje a Gerardo Rod -fallecido en el 2009-, puesto que los dos lobos son uno solo, y mediante las palabras de uno, está vivo el otro, aullándole al oscuro e incierto firmamento huérfano de satélites, donde la única música que se escucha es el silencio de la eternidad.

Tamayo, Joaquín: Lobo sin luna, ICY, Yucatán, México, 2011, 90 págs.

lunes, 5 de marzo de 2012

Ciclo de cine "Directoras"


Centro Cultural José Martí

Programación del cine foro


Marzo 2012

Ciclo “Directoras”




Martes 6

Los niños del fin del mundo (Afganistán, Francia, Irán, 2002) de Marzieh Meshkini, con Gol-Gothai, Zahed y Agheleh Rezaie.

Distinciones: Ganadora del Premio abierto del Festival de Venecia.




Historia de la supervivencia de dos niños en las calles de Kabul, Afganistán. Su padre se encuentra preso mientras que su madre, encarcelada por adulterio. Desesperados por estar junto a su mamá, los hermanitos buscarán convertirse en criminales.

La directora Marzieh Meshkini se inspiró en la situación que viven muchos niños y sus respectivas madres en la prisión de la capital afgana.

Comentarios a cargo del Lic. Mario Helguera y Lic. Lic. Raúl H. Pérez Navarrete.

Centro Cultural José Martí / Adolescentes y adultos / 20:00 horas / Evento gratuito




Martes 20

Todos los caminos llevan a casa (Corea del Sur, 2002) de Jeong-hyang-Lee, con Seung-ho Yu, Eul-boom Kim y Hyo-hee Dong.

Distinciones: Mención especial para su directora en el Festival internacional de cine de San Sebastián.




Ante las dificultades económicas de su madre, Sang-woo, de siete años, es dejado al cuidado de su abuela, una anciana muda que habita en una choza a las afueras de un apartado pueblo. Pronto, las costumbres urbanas de Sang-woo entran en conflicto con la sencillez de su abuela y la modesta zona rural que lo rodea.

Conmovedora historia de una abuela y su nieto.

Comentarios a cargo del Lic. Mario Helguera  y Lic. Raúl H. Pérez Navarrete.

Centro Cultural José Martí / Para toda la familia / 20:00 horas  / Evento gratuito


viernes, 2 de marzo de 2012

Arte y cultura en la red



Alejandra Pizarnik

Página sobre la poeta argentina Alejandra Pizarnik que incluye datos biográficos y fragmentos de su obra.




http://sololiteratura.com/piz/pizarnik.htm




Rasputina

Sitio de la banda de cello rock, Rasputina.





www.rasputina.com/




Women in comics

Página dedicada a las mujeres de la industria del cómic. Incluye artículos y biografías.



womenincomics.wikia.com/
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