martes, 31 de enero de 2012

Compilación de hechos notables

Por Jorge Cortés Ancona

Un entretenido y estimulante trabajo de compilación es el realizado por Antonio Novelo Medina, en su libro Leyendas, sucesos y cuentos de Yucatán, de reciente publicación, en el que es posible conocer aspectos históricos y anecdóticos de Mérida y otros lugares del estado.

El libro incluye 35 leyendas, 17 sucesos (más el Himno Yucateco) y 4 cuentos de diversos autores. Podemos encontrar escritos de notables figuras del siglo XIX como Fray Estanislao Carrillo y Crescencio Carrillo Ancona, a la vez que de varios de los forjadores de la cultura yucateca en el siglo XX ya fallecidos, como Renán Irigoyen Rosado (autor de 20 de estos textos), Manuel Cirerol Sansores, Santiago Burgos Brito, Alfredo Barrera Vásquez, Luis Ramírez Aznar y Jaime Orosa Díaz, con Eduardo Aznar Di Bella, José Hernández Fajardo, Marcos de Chimay —que aparece como Marcos A. Novelo B. (Marcos de Chintok), pero que según aclaró el autor en la presentación corresponde a Marcos de Chimay— , Pedro F. Rivas, Álvaro Pavía Angulo, Eliécer Canul Ku, Roldán Peniche Barrera, Ricardo Molina, Russell Vallejo Sánchez y el propio don Antonio, además de dos seudónimos (Dr. Argos y Ángel Guerra), un texto de la enciclopedia “Yucatán en el tiempo” y algunos escritos anónimos.



Xtabay, por Ricardo Mejía 


Encontramos información sobre casas de Mérida (algunas penosamente desaparecidas), sobre esquinas y plazas, seres sobrenaturales, personajes populares y hechos históricos coloniales, decimonónicos y de la primera mitad del siglo XX. Como señala el autor en su escrito “A manera de prólogo”, se trata de escritos de difícil consulta por haber sido publicados en periódicos y revistas, o en libros de otros tiempos. Por ello, el conjunto nos da una idea de una amplia producción yucateca sobre temas históricos y dirigidos a un público general.

Esta línea temática se integra a una más amplia de nivel nacional, que es la colonialista, como vertiente de la Revolución Mexicana en su reivindicación mestiza. Por supuesto que el tema indigenista ha sido más notorio, pero no podemos olvidar que en México las obras narrativas, teatrales y poéticas colonialistas constituyen una parte interesante de la literatura nacional, con autores como Valle-Arizpe, Salado Álvarez, Jiménez Rueda, Genaro Estrada y Abreu Gómez en su primera época.

En tal línea temática se integran muchos de los textos de este libro, en el cual encontramos gran parte de todas esas historias que siempre son bienvenidas para ojos y oídos yucatecos de todas las generaciones. El repertorio genérico sigue varios de los modos favoritos dentro de la literatura de Yucatán: las leyendas, las tradiciones (derivadas de Ricardo Palma), las crónicas, las anécdotas a modo de cuentos, los hechos históricos procesados como textos ficticios y los ensayos que emplean recursos narrativos.

Es una manera de reconocer nuestra tierra, de mirar la historia desde su hacer de cada día, en la intimidad o en las calles. Miramos lo que se ha destruido y advierte, de paso, sobre aquello del presente que debemos conservar y valorar. Se aúnan los hechos ejecutados y las creencias, el cambio y la persistencia de las costumbres, la pervivencia del mundo maya y del mundo colonial en nuestros días.

Antonio Novelo trabaja en el Centro de Apoyo a la Investigación Histórica y es un apasionado divulgador de sus indagaciones y sus hallazgos. Ya nos ha brindado sus dos libros de fotografías, uno sobre Mérida y el otro sobre Yucatán, y ahora nos entrega esta compilación. En tiempos recientes, ha venido publicando valiosos escritos acerca de hechos poco conocidos o indebidamente olvidados de nuestra tierra. Con una labor tesonera de todos los días, contribuye a que acrecentemos nuestro conocimiento y nuestro amor a Yucatán.

Novelo Medina, Antonio (Compilador): Leyendas, sucesos y cuentos de Yucatán, Ayuntamiento de Mérida-SEGEY-Cultur, Mérida, 2012.

Por esto!, 23 de enero de 2012.

lunes, 30 de enero de 2012

El cuerpo en que nací

Por Jorge Cortés Ancona

Tal vez estamos viendo aparecer un nuevo tema en la literatura mexicana que es el de quienes vivieron su infancia en los años setenta, sujetos a las ideas radicales que se vivían en esa década.

Tiempos de hippies, experimentos sociales y fervores ideológicos que condicionaron conductas y consumos posteriores, marcando profundamente las condiciones de adaptación social en la vida adolescente y adulta.




Ese es un punto de partida de la novela “El cuerpo en que nací”, de la escritora mexicana Guadalupe Nettel, narrada en primera persona ante una psicoanalista, pero incluyendo también las confesiones que la narradora se hace a sí misma y comentarios acerca de la propia escritura de la novela.

Con la seña de identidad del epígrafe de Allen Ginsberg que le da título, la novela abunda en los hechos de tan relativa dimensión como son los dramas rutinarios de la vida familiar o las barreras que una niña tímida tiene que soportar en la escuela.

Con ello se enfatiza que en el fondo, estos hechos de distintas repercusiones constituyen el sustrato emocional e intelectual de un escritor, tallado a base de vivencias. Una consistencia personal no tan visible por aparentemente trivial, pero que define un carácter y un destino. El aprendizaje de quien relata su historia en un autorreconocimiento y un ajuste de cuentas con la vida.

De manera recurrente, la narradora hace referencia a los trilobites, identificándose con ellos. Una especie animal que dominó hace cientos de millones de años y que representa la adaptación para sobrevivir, la capacidad de mutar en nuevas especies, para prolongar el proceso vital. Una forma de vida que conocemos en su condición de fósil, una huella que persiste a pesar de las transformaciones del mundo propio.

La novela trascurre por todos los espacios que constituyen el poder delimitador de nuestras vidas: la escuela, la clínica (y la medicalización, en este caso oftalmológica), la cárcel, el barrio.

También en sitios exóticos o marginales como una comuna o una violenta vecindad de inmigrantes en una ciudad francesa. Y entre sus constantes figuran los hechos vinculados a las tensiones que se generan en materia de clases sociales. De modo lapidario: “en México las clases sociales no le piden nada a las castas de la India” (p. 172).

Una parte especialmente instructiva es la de la solución de la abuela al problema de que a la narradora no le permitiesen jugar fútbol en un club deportivo. En vez de apelar racionalmente a la igualdad de género ni a los derechos de las chicas, lo cual seguramente le habría ocasionado una furiosa negativa, apeló a la compasión: una anciana que vive un calvario y que prefiere pagar para que su nieta llena de energía pase su tiempo libre en una institución deportiva y no, en cambio, lo haga jugando en la calle con desconocidos.

El éxito en la gestión fue inmediato. Pequeña alegoría de cómo funcionan la política y la sociedad en nuestras tierras.



Las peculiaridades biográficas le permiten a la narradora una convivencia universalista desde la infancia, ya sea en el paso geográfico que involucra el D.F., Cuernavaca, algunas ciudades norteamericanas y el sur de Francia, que le permiten convivir con gente de todos los continentes. Pero también en el paso de las generaciones, como la relación con la abuela, que representa la mentalidad decimonónica, o la madre, que se quedó atorada en las contradicciones e inadaptaciones de la década de los setenta.

He ahí una palabra clave en esta historia que nunca deja de ser interesante: adaptarse, ya sea al mundo, a la vida, a la familia, a las amistades o a los amores. Pero sobre todo al propio cuerpo, en última instancia el verdadero protagonista en modificación permanente. Porque “el cuerpo en que nacimos no es el mismo en el que dejamos el mundo” (p. 196).

La historia de las transformaciones de un cuerpo en una vida. Una autobiografía de las mutaciones personales.

Nettel, Guadalupe: El cuerpo en que nací, Anagrama, México, 2011, 196 págs.

Por esto!, 20 de enero de 2012.

domingo, 29 de enero de 2012

La danza y los varones

Por Jorge Cortés Ancona

Un factor que ha afectado a la danza clásica en Yucatán ha sido el arraigamiento de un prejuicio, por el cual se le considera una disciplina artística ajena a toda masculinidad y a toda virilidad. La carga del prejuicio es tanta, que la desproporción entre mujeres y hombres que practican esta disciplina es altísima. Y la errónea creencia es más que obvia: pensar que todo varón que se dedica a la danza clásica lo hace porque es homosexual o afeminado.




Es absurdo sostener tal estereotipo, en estos tiempos en que en toda disciplina artística o deportiva es apta para hombres y mujeres, por completo al margen de sus preferencias sexuales o de sus modales. Y que una mujer practique boxeo, futbol o levantamiento de pesas no tiene por qué restarle un milímetro de condición femenina, del mismo modo que la práctica varonil de la danza no involucra por sí misma alejamiento de la condición masculina ni ausencia de virilidad.

La homosexualidad y afeminamiento no pueden ni siquiera alegarse por el entallado de mucha ropa de danza (¿no nos recuerda bastante a la indumentaria de los toreros?) ni por determinados movimientos, saludos y gestos característicos. Mucho tiene que ver que en más de un siglo, hombres y mujeres –en realidad, mucho más los primeros- hemos cambiado las formas de nuestra comunicación corporal y gestual -a veces, incluso, volviéndonos más toscos y vulgares-, y por ello desconocemos que esos movimientos y esas ropas fueron empleadas cotidianamente por varones valientes y educados de otro tiempo. Esta supervivencia del refinamiento se observa todavía en deportes como la esgrima y la equitación, disciplinas evidentemente de origen militar.

Y la danza permite el lucimiento de ciertas condiciones corporales tradicionalmente asociadas al varón, como la fuerza física y los movimientos potentes. Si a seguir prejuicios patriarcales vamos, entonces podemos reconocer una elegancia varonil en la danza, como un complemento indispensable de la gracia de las bailarinas.

En resumen, en todos los órdenes de la vida hay heterosexuales y homosexuales y ninguna actividad en sí misma conduce a determinadas preferencias de índole sexual. Ninguna actividad por sí misma nos convierte en machos, varones, heterosexuales, homosexuales o afeminados, y en todas podemos comportarnos dentro de cualquiera de esas categorías, sin demeritar ni a la actividad ni a nosotros mismos.




En una entrevista radiofónica realizada el sábado por la mañana, la directora del Centro Estatal de Bellas Artes (CEBA), Rita Castro Gamboa, y la coordinadora de Danza Clásica, Rubí Montejo Cantillo, hablaron acerca de este tema y del importante papel que juega un bailarín, que no se reduce a ser un mero acompañante (un “partner”) sino que cumple funciones específicas que realzan la calidad del espectáculo. Y en el breve tiempo de la entrevista se apuntó que masculinidad y virilidad son categorías distintas y que hay muchas formas de ser masculino.

Con miras a alejar ese prejuicio y esos perjuicios, el CEBA exime de pago a los varones que estudien danza y ha procurado una labor de motivación para que puedan integrarse a esta disciplina y desarrollar sus habilidades dancísticas. Dentro de tal propósito, dicha institución educativa organizó el espectáculo “Hombres en la danza (Vitálitas)”, presentado el pasado sábado 14 de enero, dentro de la Noche Mexicana del inicio del Paseo Montejo y en el marco del Festival de la Ciudad 2012, que organiza la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Mérida.

Por un lado, había que adaptarse al hecho de presentar danza clásica en un espacio abierto (algo que se ha vuelto poco común en Mérida) y dentro de un programa de actividades múltiples como es el de la Noche Mexicana, pero sobre todo ante el reto de confrontar a un público diverso en todos los sentidos: edades, niveles educativos, orígenes, etc. Los resultados fueron positivos en el ánimo de los espectadores, con alcances mayores que los que hubiera permitido llevar a cabo el evento en un recinto tradicional.

El programa se conformó de una serie de coreografías, que en conjunto dieron lugar a un espectáculo alegre y disfrutable: “Bolt’andróginos”, “Pas de deux ‘My favorite things’”, “Vitálitas: Sólo varones”, “La décima en dos quintetos”, “Divertimento clásico (varones)”, “Les junes et lilacs”, “Rouge”, “Solo de Carmen” y “Los enanos y Blanca Nieves”. En algunas piezas participaron sólo varones, en otras sólo mujeres y las restantes fueron mixtas. La dirección artística estuvo a cargo de Asunción Sánchez y como coreógrafas invitadas estuvieron Analila Jiménez, Fátima Núñez y Delia Brito.

Este fue un buen ejemplo de las potencialidades que la danza ofrece a los varones así como de las aportaciones de éstos a la danza. Lejos de todo estereotipo negativo.

Por esto!, 16 de enero de 2012.

sábado, 28 de enero de 2012

Complejo de malix


Por Jorge Cortés Ancona


No sé por qué hablan de un complejo de malix, si los malixes no tienen complejos. Son leales a sus amos y defienden con firmeza sus casas, pero prefieren andar sueltos por la calle, les son innecesarias las correas y saben lo que tienen que hacer en el momento oportuno. Pueden manejarse solos por las calles, sorteando la enajenación de los vehículos y las perfidias de determinados transeúntes.

Saben lo que tienen que hacer. Yo tuve una perra malix, discapacitada, y unos vecinos también se encariñaron con ella cuando sin que le dieran ninguna orden correteó furiosamente a unos inspectores de Hacienda. Por supuesto que no les gustan los fiscales, los modernos inquisidores, que creen que lo único que vale son las finanzas.

Se ríen de los perros lambiscones, de los falderos y de los ladradores aparatosos; en cambio, pueden convivir con gatos, gallinas y pájaros, sin causarles molestias injustificadamente.




También saben comunicar sus inconformidades elocuentemente. Mi perra, por ejemplo, soltaba su caca en la terraza, en vez de hacerlo en tierra como acostumbraba, dentro de un hueco que luego tapaba a la manera gatuna. En lugar de enojarnos irracionalmente, entendíamos que la plasta puesta ante nuestros ojos era un indicador de que teníamos que corregir algo.

Los malixes saben lo que tienen que hacer. Su honestidad rebasa la de cualquier perro, aguantan las impertinencias del amo, las ofensas que injustamente reciben, los olvidos. Aguantan el hambre y no se quejan. Pero también saben dar mordiscos de advertencia y defender su territorio.

Muy mal usar el término “complejo de malix” para pretender denostar a los semejantes. No debemos usar esta frase en ningún momento, y menos en este año dedicado a la cultura maya, que es una buena razón para difundir ampliamente todo lo valioso que los mayas aportan y han aportado a lo largo de milenios.

Un malix no está pidiendo que lo asciendan a buldog, afgano o doberman, porque, en esencia, nada de ello equivale a una elevación. Por el contrario, quiere ser lo que siempre ha sido y hacer lo que tiene que hacer en su calidad de perro leal. No quiere ser gallinazo que kikirikea cuando ya anocheció, ni ser un lirón que procura que todos amasen los trozos de pan para juntarlos y formar una baguete que alucine al amo, ni un suricato que se mueve para todos lados sin llegar a ninguno, ni tampoco una abubilla perdida en el desierto. No quiere ser un animal exótico, sólo un modestamente orgulloso malix.

Los malixes son parte importante de los pueblos y las calles yucatecas. Un ser que llena de vida nuestros lugares públicos. Por eso, quizá de tan visibles no los sabemos apreciar, pero su ausencia sí que produciría un vacío descorazonador en estos tiempos donde la vida se está volviendo una mercancía en remate.

Aunque no les hemos dado voz ni voto, los malixes son los más fieles guardianes del orden del mundo.

Por esto!, 13 de enero de 2012.

viernes, 27 de enero de 2012

Posole y pozole

Por Jorge Cortés Ancona


Una propuesta para evitar confusiones en materia gastronómica es la de diferenciar la tradicional bebida de maíz, muy usual en el Sureste mexicano, del guiso caldoso que se come en ciertas regiones de México. Es decir, diferenciar el posole del pozole.




Esta bebida se dice k’eyem en maya y algunas veces es traducida como posol o pozol, con la consiguiente queja de los yucatecos maya-hablantes porque dicha palabra no es usual en el habla común de nuestra tierra. En cambio, es el vocablo usual en Tabasco, donde se consume de varias maneras, entre ellas en versión dulce o agria, o bien, en combinación con el cacao, para dar en todos los casos una bebida energética, fácil de encontrar a lo largo de las tierras tabasqueñas.

Es curioso, pero en Yucatán a la bebida le agregamos una e al final de la palabra (la figura de dicción es una paragoge), para dar posole, a la manera en que en Tabasco al simpático reptil llamado tolok ellos le llaman toloque.

Siempre es importante considerar que ya no vivimos en el aislamiento de antaño, que daba pie a que nuestros autores escribieran pensando en un público lector yucateco. Por el contrario, los escritos actuales atraviesan fronteras, ya sea por medios impresos y más aun digitales. Por ello, es importante para desambiguar y evitar las comprensibles sandeces de muchos turistas sino también las incomprensibles de yucatecos jóvenes y no tan jóvenes que andan preguntando en los comederos típicos por la variedad regional de pozole caldoso, suponiendo que hay una a la manera de los de Jalisco, Guerrero y Sinaloa, cuando en realidad se trata de otro tipo de alimento, prácticamente imposible encontrar en restaurantes, bares y loncherías meridanas.

(Nota de paso, en Mérida llegó a haber un pequeño restaurante de comida sinaloense, donde pude probar el pozole de esa entidad del Noroeste mexicano. Estaba sobre la 62 y su existencia fue efímera, quizá de un par de meses cuando mucho).




En fin, no hay que poner el grito en el cielo y suponer que existe un error ortográfico al escribir nuestra bebida yucateca como posole. Estas conversiones de uno a otro idioma son normales, pensando en casos como el del popular ceviche, que en otros lugares de México y otros países (Perú, Panamá) se escribe de diversas maneras: ceviche, cebiche y sebiche. Se pueden aceptar las tres, según la región, aunque para el caso de nuestra península yucateca la más usual es la primera: ceviche.

Volviendo a nuestro posole, qué triste es que esta energética, nutritiva y quita-sed bebida haya sido sustituida en gran parte del Estado por la nefasta coca-cola, cuya difusión en Yucatán no termino de entender, sobre todo por el sabor a óxido y a sarro que tiene tal gaseosa. Sólo la justifico en su combinación con ron, tequila y brandy, y eso en reducida cantidad y, en los dos primeros casos, matizada con limón.

Para concluir, recomiendo que para ser más redundante en la voluntad de desambiguación, la palabra posole se escriba con cursivas. A veces, una nota a pie de página no caería mal para terminar de aclarar a qué alimento se está haciendo referencia.

Por esto! 12 de enero de 2012

jueves, 26 de enero de 2012

Dos Naufragios


Por Emiliano Canto Mayén

Después de la tormenta, un viejo navío oxidado fue expulsado del océano y, pocos días después, los curiosos invadieron la playa para conocer el naufragio. Caminaban sobre la escotilla, entraban a sus camarotes, a través de las ventanas despojadas de cristales, y buscaban tesoros en su interior. Se preguntó a los ancianos de la aldea que habían sobrevivido a la Gran Guerra, pero ninguno pudo responder.




Con el tiempo, la leyenda cubrió el naufragio y los adultos dejaron de visitar aquel sarcófago que, poco a poco, fue enterrado por las arenas. Solo los niños –a los que el pasado de aquel gigante nunca les importó- siguieron visitándolo asiduamente, para ellos, aquel acorazado se hizo su castillo, su trinchera y escondite.

Cuando al fin pude visitar aquel navío, muchas décadas después del huracán que lo había arrancado de las profundidades, no era más que una masa retorcida y horrorosa de acero, cuyas costillas se alzaban hacia el cielo, con el afán de estrangular la luz del sol. Para entonces, era imposible ya calcular el calaje, averiguar el nombre de la embarcación o deducir su función en aquella antigua guerra.

Al ver que no podría escribir en las tablas del recuerdo el nombre de las víctimas del naufragio, regresé con los pescadores. Ahí pregunté a los mayores y los ancianos que, al salir a la superficie el naufragio no eran más que niños, me narraron una historia amable y sencilla; para ellos, el vestigio de sus playas no representaba la tumba de muchos hombres, sino el bastión de su infancia, el cómplice de sus travesuras y, más tarde, en el escondite de sus primeras delicias juveniles. El acorazado había perdido su pasado trágico, su carácter de maquinaria guerrera y, bajo el anonimato, los hombres le hicieron una nueva historia.

Luego de esta búsqueda infructuosa, descubrí que el mar del tiempo se mueve en dos velocidades distintas: una rápida y poderosa en cuyas turbulencias emergieron, explosivos, nuestros países y otra que va a un ritmo menos acelerado, tan lento que su duración hunde sus raíces en nuestro ser. Rescatar ambas historias, la veloz de nuestros episodios nacionales y la estática de las leyendas ancestrales, evita que se deteriore nuestro conocimiento del pasado y garantiza que, en un futuro, nuestros nietos sepan quiénes son ellos y quienes fuimos nosotros.a playa. a.

miércoles, 25 de enero de 2012

Barbie Girls

Por Jorge Cortés Ancona

Tres mujeres casi treintañeras, fantasiosas en su ansia de vivir lujos, fama y todo capricho que se les antoje. Víctimas del desfase de realidad y apariencia que generan la comercialización televisiva y publicitaria, su frivolidad encubre una gran soledad, complejos no resueltos.

Se trata de Barbie Girls, obra teatral del dramaturgo regiomontano Mario Cantú, que se estrenó en el auditorio “Silvio Zavala Vallado” del Centro Cultural Olimpo, el pasado sábado 7 de enero, dentro del Festival de la Ciudad que organiza el Ayuntamiento de Mérida.




Las tres jóvenes son Chiquis (Analie Gómez), Bibi (Alejandra Argoytia) y Nené (Salomé Sansores), que están dispuestas a ejecutar cualquier acto de violencia con tal de cumplir su deseo de gozar a galanes famosos y viajar a lugares sofisticados.

Educadas en escuela de monjas, la sexualidad las atosiga en diversas formas: Bibi vive llena de culpas y temor al pecado; Chiquis, con un frenetismo permanente por satisfacerse en todo momento; y Nené, con una contradicción entre su obsesión por su figura y sus ganas de comer. En general, las atosiga la erotomanía.

“Ya tenemos más de treinta años, ¿para qué nos hacemos pendejas?”. “Y ninguna se ha casado”. “Y ninguna se ha hecho famosa. Somos unas losers”. Tres frases pronunciadas de manera consecutiva por cada una de las jóvenes, que resumen el conjunto de frustraciones colectivas. En consecuencia, un asalto, balacera, secuestro y homicidios, en tono de farsa, pero con la misma carga de anomia que la que vivimos en el México de hoy. Comunicación que cae en el vacío, a través de supuestas pláticas que en realidad son monólogos entrecruzados, reclamos inquisitivos, discusiones vacuas…




Dirigida por Pablo Herrero, esta puesta en escena cuenta con todos los elementos para establecer un contacto inmediato con el público. Dentro de un ritmo vertiginoso, las tres actrices se desenvuelven con total adentramiento en sus respectivos personajes. Interpretan con naturalidad los diálogos propios del modo de habla actual de los mexicanos fresas y poch-fresas, con pleno dominio corporal siguen la velocidad de movimientos inherente al tema de la obra y tienen la capacidad de hacer reír una y otra vez al público.

Sobre todo, manteniéndose dentro de la comicidad que es el eje, sortean el peligro de encasillarse, al transmitir las tristezas y frustraciones que subyacen en la pretendida felicidad de los tres personajes.

El vestuario acentúa el tono farsesco, en combinación con la colorida iluminación y las canciones de Madonna, todo lo cual forma parte fundamental de la obra. La escenografía fija se conforma a base de tres armazones prismáticos, de carácter multiusos —ya que funcionan como caja de las Barbies, cabina telefónica y símbolo de refugio interior—, a la vez que con cambios de mobiliario entre escena y escena efectuados por muchachas a manera de kurokos del teatro japonés tradicional y, como tales, vestidas de negro, pero con una participación mínima al hacer sus labores bailando al son de la música en turno.

Es de notar que el director le suprimió dos escenas a esta obra de un solo acto, sin que ello afectara la comprensión y el disfrute de la obra. Se representaron El Sanborn’s, Bibi, El antro, Chiquis, La biblioteca, Telefonata y Final machete.

Se suprimieron Que quince años no es nada, Qué febril la mirada… —la cual se remonta a la adolescencia y las exploraciones de la desconocida sexualidad, a la vez que da algunas explicaciones extras acerca de la conducta de las tres chicas— y el monólogo de Nené, que es un preámbulo sentimental a los hechos de la escena final.




Las Barbies y Madonna, como símbolos de una época, puntos de referencia de conductas posteriores, que se entremezclan caóticamente con complejos de culpa equiparables entre sí y con sus correspondientes sentidos del deber: el nacionalismo malentendido, la abrumadora moral religiosa y la acuciante necesidad de ser bella y tener éxito en la vida.

Al final, en esta obra donde el varón es omnipresente en el discurso y las ansias, cumplirá una función simbólica la breve aparición del machete, que por razones fonéticas, formales y de uso, remite al mundo masculino, con connotaciones de violencia.

El auditorio del Olimpo estaba repleto, incluso con decenas de espectadores de pie y mucha gente afuera que se quedó con ganas de ver la obra. Más del 80% de los asistentes eran jóvenes, lo cual habla de una eficiente difusión y de una acertada decisión de montar esta obra que resulta significativa para el público de ahora.

Las carcajadas estuvieron a todo lo largo de la función (aunque me intrigó que arreciaran todas las veces en que la Chiquis expresaba su deseo de adoptar a un indígena) y por ello me llamó la atención la tibieza de los aplausos al final. Quizá el público esperaba que la obra continuase, a pesar de su casi hora y veinte de duración.

Es una lástima que se haya dado una sola función, pero se espera que haya una temporada en marzo. Cosas de esta extraña promoción cultural yucateca que cada vez entendemos menos.

Por esto! 10 de enero de 2012

martes, 24 de enero de 2012

Sobre la palabra yucateca POT

Por Martín Sobrino Gómez

Aunque es vocablo que poco a poco ha ido cayendo en desuso, el referirse al pelo que se lleva levantado sobre la frente con el préstamo del maya pot ha sido característico del habla del yucateco. Por supuesto, este préstamo no suplió a la palabra española copete para referirse a esta misma entidad. En español, la palabra copete también se usa para referirse a las plumas que algunas aves llevan sobre la cabeza. Actualmente, en maya, la palabra p’oot significa “copete” y también “cresta”. Sin embargo, de esta raíz nominal se deriva el verbo p’ootchajal que los campesinos mayas utilizan para denotar que le está saliendo la espiga al maíz.

Es muy interesante la evolución semántica de este vocablo que ha llegado hasta nosotros en español solamente como “copete”. Si retrocedemos al siglo XVI, la documentación existente sobre el maya colonial deja ver que, en ese momento, la palabra p’oot (generalmente escrita phot) era un adjetivo que significaba que algo era lanudo, velloso o encrespado. De este primer significado es, en la misma época, que este adjetivo se aplica, ya como un sustantivo, al copete de las aves. De ahí que se encuentre el vocablo ajp’oot con el significado de “gallo de Castilla” por ejemplo, aunque también podía significar “hombre velloso”. Relacionado a estos últimos significados encontramos que p’oot también significaba “penacho” (como los característicos penachos prehispánicos) y “plumaje”; incluso, ya a principios del siglo XX se encuentra que también podía significar “plumero”. Otro de los significados que por extensión metafórica toma esta palabra es el de “hinchado” y se aplicaba a los chichones y a los ojos hinchados, significado que sobrevivió hasta el siglo XIX ya que actualmente la palabra p’oot no lo conserva. En el siglo XVI, también por extensión metafórica, la palabra p’oot con el significado de “hincharse” se podía utilizar para crear expresiones idiomáticas como en el enunciado: p’otoknak u puksi’ik’al ajtsikbah “Hinchado y soberbio es el corazón del soberbio”.

Estos mismos significados debieron haber existido en las otras lenguas yucatecanas (itzá y mopán)[1] para la misma época, y actualmente podemos ver en ellas los rescoldos de la antigua semántica que compartían y que aún hoy comparten con el maya yucateco moderno. Tanto en mopán como en lacandón la palabra p’ot significa “copete” mientras que en itzá significa “cuerno” y notamos que en esta última lengua p’ot aún mantiene la idea de “llevar algo hinchado-abultado sobre la frente”.

No debe confundirse la palabra p’oot con el apellido Poot, el cual en escritura moderna sería po’ot y que se refiere a una variedad de araña.


Obras consultadas

Arzápalo Marín, Ramón (Ed.) Calepino de Motul. México: UNAM. IIA. 3 tomos.1995

Barrera Vásquez, Alfredo (Dir.) Diccionario Maya Cordemex, Presentación de Federico Rioseco, Mérida, Yucatán: Ediciones Cordemex. 1980.

Bocabulario de Maya Than. Edición y comentarios de René Acuña, Primera edición crítica y anotada, Centro de Estudios Mayas, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM. 1993.

Martínez Huchim, A. Diccionario maya de bolsillo. Editorial Dante. Segunda edición. 2007.

Sosa López, Domingo Esteban (Dir.) Much’t’an Mopán. Vocabulario Mopán, Academia de Lenguas Mayas de Guatemala, Dirección de Planificación Lingüística y Cultural, Guatemala, 2003.


[1] El maya yucateco (hablado en la península de Yucatán y norte de Belice), el mopán (Belice), el itzá (Petén guatemalteco) y el lacandón (Chiapas) pertenecen al grupo yucatecano dentro de la familia lingüística maya. El lacandón es la más nueva de está lenguas.

lunes, 23 de enero de 2012

Híbridos

Por Jorge Cortés Ancona


A pesar de todos los avances científicos y tecnológicos, en el magma de nuestra personalidad persisten deseos de rebasar la realidad ordinaria, aunados a miedos profundos y supersticiones condicionantes de las conductas. Mucha distancia hay de estos tiempos al Neolítico y a la Antigüedad, mucha cercanía también en los sueños y creencias.

La apropiación de poderes animales y, aun más, las metamorfosis de humano en animal, las cuales existen en los relatos de tantas culturas pasadas y presentes, se han vuelto posibilidades más concretas gracias a los enormes avances en materia de biotecnología. El deseo de transformarse en algo distinto a lo que se es, aprovechando la fuerza y las habilidades de determinados animales, podría en lo futuro ser algo más que un mito.



Conforme a ello, en nuestros tiempos de hibrideces ya no sorprende que un ser humano se empeñe en encarnar el mito del centauro. Una centaura, para ser más exactos, pues se trata de la artista francesa Marion Laval-Jeantet (que junto con Benoit Mangin conforma el dúo denominado Art Orienté Objet). La revista de arte contemporáneo Fahrenheit, en su número más reciente (diciembre de 2011-enero de 2012), nos habla de ello en una breve nota sobre el festival Ars Electrónica.

La artista, luego de una preparación de varios meses, recibió inyecciones de plasma con sangre y anticuerpos de caballo, para producir cambios en sus sistemas inmunológico y nervioso. La acción se desarrolló ante público presente y a control remoto.

En internet, se pueden encontrar páginas y videos relativos a su performance, titulado “May the horse live in me” (“Que el caballo viva en mí”), que fue ejecutado en la galería Kapelica de Liubliana, Eslovenia, en febrero de 2011. En las imágenes aparece un caballo negro, llevado a la sala de la galería donde se realizó el experimento, y la propia artista portando unas prótesis de patas de caballo, para dar una vuelta por la sala junto con el equino. Todo el acto constituye un ritual, con una significativa incorporación del animal en el humano, haciendo que éste ya no funja sólo como el dominador y domesticador, sino que sea invadido interiormente por aquél.




Ha habido otras propuestas extremas de transformarse corporalmente por medios científicos. Como parte de tendencias actuales del arte en las que existe una intervención médica y de bioingeniería, un ejemplo ha sido la francesa Orlán, con sus cirugías plásticas para contar en su rostro con las partes más bellas de las más destacadas representaciones femeninas del arte (aunque el resultado está muy lejos de ser una síntesis de la belleza).

O bien, aunque sin tener intenciones manifiestamente artísticas, está el caso de Jorge Cuesta, al inyectarse hormonas para transformarse en hermafrodita. (Al respecto, algunas aclaraciones. La primera, que su intento de autocastración ocurrió en agosto de 1942, por lo tanto fue hace casi 70 años y no 80 como apresuradamente escribí en un artículo anterior. La segunda, que tenemos muy clara la diferencia entre el pene y los testículos así como también la certeza de que la condición masculina engloba mucho más que la pura anatomía, pero no podemos negar que en el curso de los milenios y en la actualidad subsiste la idea tan primitiva de hacer equivalentes los genitales activos con la virilidad. La mentalidad simbólica no siempre va acorde con las precisiones de nuestra ciencia actual).

Pero la acción de Laval-Jeantet es uno de los casos más radicales en la idea de hibridizarse, en un camino que se ve lejanísimo hacia la posibilidad de una total metamorfosis controlada.

Su idea conlleva valores éticos y ecológicos. A la vez, está muy lejos de las aspiraciones de crear un híbrido de humano con chimpancé, para dar lugar a un ente apto para el trabajo duro y nada propenso a los reclamos laborales. Tal cruza fue el objetivo de los fallidos experimentos del científico ruso Ilya Ivanovich Ivanov en los años veinte del siglo pasado y de historias no comprobadas que han circulado en décadas recientes en cuanto a un presunto éxito en el logro de una criatura humano-chimpancesca. La encarnación del centauro vibra más en sus armonías humanas.

domingo, 22 de enero de 2012

Las haciendas de mi infancia


Por Emiliano Canto Mayén

Lejos de presentárseme como activas plantaciones en las que centenares de peones empuñaban el machete, las haciendas de Yucatán me mostraron, en mi infancia, sus ruinas.




Me han contado que los plantíos del henequén cubrían extensiones tan vastas que, en ocasiones, se elevaban torres para vigilar de los incendios a este océano inmóvil. Nada de eso vi y, en mis recorridos, las parcelas destinadas a este cultivo podían abarcarlas en un breve paseo.

En torno a las haciendas que conocí, recuerdo un matorral espinoso de ramas intrincadas. Los senderos de estos montes eran rocosos y, a veces, un gris correcaminos cruzaba en dos saltos la vía o un reptil zigzagueante avanzaba trazando eses interminables en la tierra seca.

Los cascos o casas principales me parecían unos esqueletos en cuyos huesos destacaban el moho y el hollín. Tenues rastros de color amarillo o rojo delataban que, en el pasado, aquellos muros llevaron pinturas de tonos pasteles.

Los tanques en donde se almacenaba el agua para llenar los abrevaderos y aquellos ingeniosos canales que irrigaban a las quintas frutales, en muy raras ocasiones, se me presentaron como un espejo cristalino. Más bien, sus líquidos se me mostraron viscosos, con infinidad de hojas de tamarindo y cientos de insectos acuáticos remando en su superficie.






En el centro de los secaderos no faltaba un gigantesco árbol cedro o de ramón, a lo lejos el chirriar de una veleta antecedía al flujo de un chorro intermitente y, cuando amanecía, no era extraño despertar bajo la mirada bestial de un cebú que introducía su cabeza a través de una ventana abierta.

Los caminos de las haciendas de mi niñez tenían millones de guijarros, unos me llamaban mucho la atención y los coleccioné por años. Eran pedazos de tejas con palabras, anclas y dibujos; también recolecté multitud de tuercas y tornillos que extendían una constelación de hierros oxidados. Supe, con el tiempo, que estos vestigios se habían desperdigado cuando se dinamitaron las máquinas desfibradoras con el afán de venderlas como chatarra.

Las albarradas de los ex planteles tenían largos trechos derrumbados y, recuerdo haber visto, acurrucado entre las rocas, el cadáver de un pájaro que parecía dormido.

Nunca olvidaré a los ancianos que habitaban en esas ruinas. Hombres flacos y prietos con brazos huesudos y venas poderosas, vestían viejas camisas de algodón, llenas de remedos y que el sudor volvía transparentes. Uno de estos sujetos, un tuerto, me contó los más terribles cuentos de espantos.

Toda esta decadencia germinó en mi imaginación el deseo de rehabilitar una hacienda. Una vez quise plantar un colorín cerca de un casco abandonado, excavé, sembré este arbolito y lo rodeé de rocas para protegerlo, sin embargo, el peligro de que me picara una cascabel motivó que se me detuviera en plena faena.

Me dijeron que poco después murió mi verde esperanza de sed y que también llegó el final de la agonizante industria de Yucatán. Ahora que ciertos banqueros han vuelto hoteles de lujo aquellas fincas donde acampé me pregunto cuántas haciendas serán todavía como aquellos escenarios fantásticos de mis memorias.



sábado, 21 de enero de 2012

Autocastrado

Por Jorge Cortés Ancona

La sección de Policía nos trajo este viernes la noticia de que, con una navaja de afeitar, un hombre de Teabo se cortó los genitales debido a sus desilusiones amorosas.

Desaparición anatómica de la condición masculina, autoinflingida muerte violenta de la propia virilidad. A cualquiera eriza tal información, tanta voluntad autodestructiva. Hay muchas maneras de suicidarse, pero esa conlleva una gran carga de simbolismos que remiten a las profundidades de la condición masculina ancestral.




Una mutilación que a finales de mi adolescencia me estremeció ocurre en la narración egipcia El cuento de los dos hermanos, tal vez una de las fuentes de la historia bíblica de José y la mujer de Putifar. Luego de una calumnia, Bata, el hermano menor huía perseguido por su hermano Anubis, que blandía un cuchillo, pero, luego de una invocación de aquél, el dios Re-Harachtí hizo aparecer entre los dos una inmensa extensión de agua, llena de cocodrilos. Bata expresó a gritos su inocencia, y al final de su perorata juró por el mencionado dios y de inmediato “cogió un cuchillo de cortar plantas, se cortó el miembro y lo tiró al agua, donde un cocodrilo lo devoró. Empezó a decaer y a desfallecer”. El hermano mayor sufrió amargamente por la sincera acción de su hermano y decidió hacer una severa penitencia.

Terrible mutilación y terrible destino del miembro, en la cavernosa boca del inmenso reptil. Acto sublime del que llega a tal extremo para demostrar su inocencia.

La historia nos cuenta el caso del filósofo Orígenes (185-254 d.C), que siguió literalmente la frase de Cristo de que “si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala, y échala de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”, por lo cual, en su juventud, decidió cortarse los genitales, a fin de no seguir pecando. Orígenes pudo ser uno de los padres de la Iglesia, ya que era todo un santo, pero por haberse autoemasculado quedó fuera del santoral cristiano.

En México, hace 80 años, el poeta y químico Jorge Cuesta se dañó los genitales de una manera atroz. Obsesionado por experimentar con sustancias químicas aplicadas a su cuerpo, tal vez los efectos de alguna de ellas, en combinación con sus problemas personales, lo hayan orillado a esa decisión extrema. El poeta queriendo convertirse en un ser andrógino, dentro de una búsqueda de inmortalidad. Jorge Volpi, en su primera novela, A pesar del oscuro silencio, lo narra de esta manera:

“Sin pensarlo mucho, el poeta toma un mortero y muele los granos escarlata que han resultado del experimento; (…) Afronta el riesgo: apostarlo todo en un último acto que es poesía. Su conversión orgánica y fisiológica, su mutación en andrógino, es la apariencia externa, banal, la máscara del secreto. Adentro, en cambio, espera lo eterno. (…) De pronto, en un instante, ensombrecido, se da cuenta del error. Y llora y grita y se desespera y enloquece. Ese no es el camino: hay que recorrerlo en sentido inverso”.

Hay formas de autocastración simbólica como la de dejar que otros hagan lo que uno tiene que hacer, mutilando la propia voluntad, bajo el deseo inconsciente de conducir a la autodestrucción. Ni inocencia, ni salvación, ni experimento: error irreparable. Habrá que recorrer el camino en sentido inverso.

Por esto!, 7 de enero de 2012

jueves, 19 de enero de 2012

El queso de bola

Por Jorge Cortés Ancona


Lo que no ha pasado bola es el queso de bola. Ese invento de los holandeses muy apto para consumo de los países calurosos del Caribe, el Norte de África y el océano Índico, considerando sus posibilidades de conservación en aquellos tiempos cuando era difícil refrigerar los alimentos. Bola recubierta de cera roja, para resistir las altas temperaturas sin descomponerse.




Hoy lo encontramos en tortas, pizzas, panes, pasteles y empanadas de todo tipo, como una suculenta propuesta especial de los restaurantes y loncherías y, por supuesto, en los expendios ambulantes de marquesitas. En los anuncios aparece que por unos pesos más cualquiera de los mencionados productos puede enriquecerse con el dichoso queso. Casi podríamos decir que está de moda desde hace varios años. Ya se hace incluso fondue y se usa como relleno de filetes, y sólo falta que se haga un helado de queso de bola, si es que no lo han inventado.

El queso de bola demuestra la relatividad de los gustos culinarios en el mundo. Altamente familiar para los yucatecos que lo conocimos como parte de la mercancía importada de cuando Chetumal era zona libre, pero que en otras regiones es realmente exótico. Incluso, nos puede sorprender que para mucha gente mexicana o extranjera, sobre todo del Norte europeo, tenga muy mal sabor. Por supuesto que para nosotros, en nuestro clima cálido, ha sido objeto venerado de consumo, así solo, con pan francés y un tazón de chocolate, y sobre todo para preparar el queso relleno.

Si se puede hablar de sincretismo gastronómico ejemplo felicísimo es el queso relleno, con tres grandes sabores combinados y tres orígenes, que son el holandés del queso, el maya de la k’óol y el español de la carne con pasas, aceitunas y alcaparras, para dar un guiso sintetizador y peculiar, auténtica creación mestiza de Yucatán.

¿Qué es lo que hace que ciertos sabores se recuperen? Digo esto porque hasta hace unos años parecía que el queso de bola habría de entrar a un lento proceso de rechazo para paladares de generaciones más recientes, poco afectos a los refinamientos de la comida tradicional y sí, en cambio, proclives a enchilar y encebollar hasta la saciedad cualquier producto comestible. Sin embargo, hay una retracción en los gustos y quizá por ello se ha establecido una tregua para el sabor de este queso, si bien fuerte pero grato.

Bola de queso, bola elongada, achatada, con sus capas de celofán rojo, algo tiene de gallináceo o de cabeza braquicéfala. Alineada en las repisas o formando pilas, atrae la vista hacia temas no siempre vinculados al estómago. Cántaro o leek, de donde escurren las diminutas lascas amarillas. Cenote de ocaso. Pequeña bomba que mucho tiene que sugestionar en los yucatecos. Esfera tan femenina. “Colorada y redondita, / eres un queso de bola. / Me asomo a tu pechuguita / y te digo ‘¡Hola!’”.

Por esto!, 4 de enero

miércoles, 18 de enero de 2012

Maestros franceses en el Yucatán del siglo XIX


Por este medio les invitamos cordialmente para que asistan el miércoles 25 a las 20hrs. a la Conferencia "Maestros franceses en el Yucatán del siglo XIX" que impartirá el Mtro. Emiliano Canto Mayén, en el marco de las actividades académico-culturales del mes de enero de 2012.

La cita es en la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán ubicada en la calle 41 por 36 Núm. 455. Fraccionamiento El Fénix.




martes, 17 de enero de 2012

Una bibliotecaria ejemplar

Por Jorge Cortés Ancona

Poco se reconoce el trabajo de los bibliotecarios en Yucatán y por ello es muy triste haber perdido a una bibliotecaria ejemplar. Brenda Alcocer Martínez falleció hace unos días luego de una dolencia de algunos meses. El número 1 la marcó pues nació un 11 de septiembre (casualmente, igual que yo) y falleció un día 1 del primer mes de este 2012. Aunque quizá se le conozca más como escritora, ella trabajó alrededor de 20 años en la Biblioteca ISSSTE-CNCA No. 9, ubicada en la colonia Pensiones. Un recinto pequeño, pero al que le dio mucha vida durante los casi 19 años en que le tocó coordinarla.




A pesar de su llegada tardía a las labores bibliotecarias, demostró una vocación natural. En una de las últimas conversaciones que tuvimos antes de que se le detectara la enfermedad, ella me recordó que yo había sido el motivador para dicho trabajo. En efecto, cuando se iba a impartir algún curso relacionado con las bibliotecas le recomendé que se inscribiera. Logré vencer su inicial escepticismo, indicándole que aunque no tuviera la intención de laborar como bibliotecaria, el curso le serviría cuando menos para aplicar en su biblioteca personal lo aprendido. Tomó el curso y quedó tan motivada que cuando hubo una oportunidad en el ISSSTE de cubrir una vacante en la biblioteca, ella no dudó en aceptar. Al cabo de poco tiempo, fue designada coordinadora, sin oposición alguna de las cuatro personas que de menor a mayor jerarquía participamos en la decisión de darle el puesto.

Fui su jefe inmediato varios años y siempre demostró una capacidad para sobreponerse a la marginación burocrática y los olvidos presupuestarios. Batalló con las compañeras que estuvieron o que siguen estando (Teresa, Carmen, Rosy) para que la biblioteca brindara con efectividad sus servicios culturales y educativos. Muchos niños que asistían a los talleres que impartía decidieron prestar su servicio social cuando tuvieron oportunidad de hacerlo y trabajar como voluntarios cuando ya eran estudiantes de una carrera profesional.

Le tocó vivir algunas injusticias, como cuando algún nefasto funcionario la acusó increíblemente de no estar trabajando (¡a ella, que brindaba todo su tiempo y su pasión por leer, contar e imaginar!) y movió los hilos para hacerla renunciar. Pero los compañeros de Sociales y Culturales cerramos filas y logramos que ella permaneciera.

También sorteamos juntos una auditoria hecha de mala fe, que fue resuelta con una simple inspección ocular y verbal. Nos habían cargado problemas de años anteriores a nuestro ingreso laboral y habían inventado otros, con algunas situaciones reales, aunque menores, a resolver. El día en que los auditores revisores iban a evaluar si se había cumplido con las observaciones hechas un par de años antes por un colega suyo, le había yo indicado al personal del área que muy probablemente tendríamos que trabajar doble jornada para la revisión.

Ese día, como tantas veces, Brenda estaba impartiendo un taller para niños. Los auditores observaron un par de minutos la naturalidad con que ella se desenvolvía y, aprovechando que había marcado alguna dinámica la llamaron, le hicieron unas cuantas preguntas, que ella contestaba puntualmente a la vez que atendía las solicitudes personales de los niños que se le acercaban y daba instrucciones al resto del grupo. En concreto, estaba trabajando como nuestras híper-trabajadoras amas de casa mexicanas, que cumplen con eficiencia varias tareas a la vez.

No habían pasado ni quince minutos, cuando los auditores intercambiaron opiniones en voz baja, luego se volvieron hacia mí y con el ceño fruncido me pidieron que los regresáramos a las oficinas de la Subdelegación. Angustiado, pregunté si eso implicaba una evaluación negativa, pero ellos me pidieron calma y me explicaron que no tenía caso hacer una revisión a fondo: “No sabemos en qué estaba pensando nuestro colega. Se nota que esta señora adora su trabajo y que tiene total vocación de bibliotecaria. Todo parece funcionar bien, así que damos por resueltos todos los problemas”. Y me dieron indicaciones para un par de sencillos trámites a fin de concluir el asunto.

Recordaremos a doña Brenda y su labor de cuentacuentos, su teatrino y sus títeres, sus creaciones literarias propias, su constancia como integrante de varios talleres literarios y como instructora de talleres para fomentar la literatura y la lectura en niños y adolescentes. Nos hizo muy felices su libro para niños El Cuartel de Dragones (ICY-Conaculta, 2009). Ya me había tocado editar algunos de sus cuentos y poemas en prosa años atrás en el libro Mariposa, la vida (ISSSTE-ICY, 1995), en el que también participaron Hortencia Sánchez y Lupita López.

Brenda Alcocer fue un orgullo para la Red Estatal de Bibliotecas Públicas Municipales. Un justo reconocimiento sería que la Biblioteca ISSSTE-CNCA No. 9 lleve su nombre.

Por esto!, 3 de enero de 2012

sábado, 14 de enero de 2012

El idioma maya yucateco y la familia lingüística mayance

Por Martín Sobrino Gómez

Popularmente la palabra “dialecto” tiene un sentido despectivo y suele aplicarse a lo que en realidad son idiomas como tales pero que por cuestiones históricas no tienen prestigio social en la comunidad en la que se encuentran inmersos. Ejemplos característicos de esta situación los encontramos en nuestro propio país. Es típico escuchar que suelan referirse a las lenguas de los grupos autóctonos de América como “dialectos”. Y las razones son variadas.



La mestiza, de Fernando Castro Pacheco

Se cree que al no poseer escritura, muchos de estos sistemas de comunicación no llegan a tener el estatus de “idioma”. Con frecuencia se señala el número de hablantes como un indicador de este mismo estatus, es decir, suele creerse que se necesita cierta cantidad de hablantes para que un “dialecto” se convierta en “idioma”. En más de una ocasión los estudiosos del lenguaje, no sin cierta extrañeza, han escuchado decir que los “dialectos” no poseen gramática y que por eso no son “idiomas”. Otra noción de dialecto en sentido negativo es la que los grupos dominantes de una sociedad particular suelen aplicar a la manera de hablar de los individuos pertenecientes a estratos inferiores de la escala social, que utilizan una forma “corrupta” del idioma. Toda esta creencia por supuesto

es falsa. Por otro lado, los mismos hablantes de lenguas indígenas comienzan a referirse a sus idiomas como “dialectos”, aunque no con el sentido peyorativo sino más bien con el de identidad pues los contraponen a los “idiomas” al señalar generalmente a las lenguas de origen europeo. De manera general y sin entrar en detalle podemos decir que un dialecto, como se entiende en los estudios del lenguaje, es la variedad de una lengua. Esta variedad generalmente se habla dentro de los límites de una región que a la vez forma parte de otra región geográfica más grande.

La lengua es un sistema de comunicación hablada compartido por una o más comunidades humanas. Es por ello que a pesar de poder traducir palabras y expresiones de un idioma a otro, o más bien, de encontrar equivalentes para su interpretación, pues si no se conoce la estructura de la lengua y la cultura de la sociedad o sociedades que la hablan, no será posible percatarse plenamente del sistema de valores de esas comunidades.

Desde que los frailes españoles en el siglo dieciséis llegaron a la provincia de Yucatán e iniciaron sus estudios sobre el maya le dieron el carácter de lengua, y de hecho sería así cada vez que se hiciera algún tratado sobre ella. En el siglo diecinueve puede verse que los estudiosos e intelectuales de la época, tanto mexicanos como extranjeros, se referían al maya también como un idioma. Sin embargo, la clasificación científica de las lenguas en ese momento no era aceptada por todos. En esa situación encontramos al abate Brasseur de Bourgbourg, aquel gran estudioso y amante de las culturas americanas que descubriera el Popol Vuj, el ballet-drama del Rabinal Achí y la Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa entre otros documentos de valor histórico. Bourgbourg no aceptaba las tres etapas propuestas sobre la evolución de los idiomas, sobre todo porque la última etapa tenía toda la estructura de los idiomas europeos y las dos primeras tenían más qué ver con los idiomas de Asia, África y América. Esto por supuesto deja ver la subjetividad de aquellos investigadores al concebir más evolucionadas a las lenguas imperiales y literarias de aquel momento. Eligio Ancona en su Historia de Yucatán al respecto narra lo siguiente:

El abate Brasseur de Bourgbourg se ríe un poco de esta clasificación, desafía a los sabios a que le señalen dónde termina la [segunda etapa] para empezar la [tercera etapa], y se indigna del desdén con que éstos tratan a los idiomas americanos. Añade que el maya, el quiché y el mexicano deben ser colocados bajo este punto de vista, a la misma altura que el griego y el latín...


Abate Brasseur de Bourgbourg



El maya yucateco pertenece a la rama yucatecana de la familia lingüística mayance. En la familia mayance existen muchas otras lenguas que se agrupan de acuerdo con sus semejanzas y sus diferencias. Esta familia lingüística se compone de 32 lenguas mayas, de las cuales dos son ya lenguas muertas (chicomucelteco y choltí), y se divide en cuatro ramas: huastecana, yucatecana, cholano-qanjobaleana y mameano-kicheana. A su vez estas ramas se subdividen en nueve grupos: el huastecano con las lenguas huasteco y chicomucelteco; el yucatecano con las lenguas maya yucateco, lacandón, itzá y mopán; el cholano con las lenguas chontal de Tabasco, chol, chortí y choltí; el tzeltalano con las lenguas tzeltal y tzotzil; el chujeano con el chuj y tojolabal; el qanjobalano con el qanjobal, el akateko y el jakalteko; el grupo mameano con el mam y el tekiteko; el grupo ixileano con las lenguas ixil y awakateko; y finalmente el grupo kicheano con el uspanteko, el kaqchikel, el tz’utujil, el k’iche’, el achí, el sakapulteko, el sikapakense, el poqomchí, el poqomán y el kekchí (Kaufman1990).



Distribución geográfica de las lenguas mayas (Fuente: Wikipedia.org)


Sólo para dar una aproximación al panorama lingüístico del maya yucateco, pensemos que el mopán, que se habla en Belice y que pertenece a la misma rama lingüística que el maya (la yucatecana), está tan cercano de éste como lo puede estar el portugués del español. Por otra parte, si comparamos el maya yucateco con el tzotzil o con el quiché, ambas lenguas pertenecientes a otras ramas de la familia y alejadas geográficamente, tendremos una diferenciación más o menos como la que hacemos del español con respecto al francés o al rumano por decir algo. No se trata pues de dialectos mayas sino de lenguas mayas.

Que la familia lingüística se llame mayance no quiere decir que todas esas lenguas se derivaron del maya de Yucatán, es más bien una etiqueta científica para designar a un gran grupo de idiomas que comparten muchas características debido a que tuvieron el un origen común. De hecho, actualmente los mayas de la península de Yucatán, los itzáes, los mopanes y los lacandones (cuyas lenguas forman la rama lingüística yucatecana) son los únicos que designan a sus propios idiomas con el nombre de “maya”.

Los hablantes de las otras lenguas de la familia, fuera de la rama yucatecana, no conocen sus propios idiomas con este nombre. Tomemos por ejemplo los casos del tzotzil y el tzeltal que se hablan en Chiapas. Son lenguas hermanas entre sí, y vendrían siendo algo así como lenguas “primas” del maya de la península de Yucatán. La denominaciones propias de estos idiomas son bats’i k’op y bats’il k’op respectivamente. Lo que estos nombres significan en una traducción literal es ‘lengua (k’op) verdadera o legítima (bats’i, bats’il)’. Podemos decir lo mismo de las lenguas chol y chontal, la primera hablada en el Norte de Chiapas y la segunda en Tabasco, en las que las denominaciones en lengua indígena, lak ty’añ y yoko t’an respectivamente, tienen el mismo significado que en los casos anteriores, esto es, ‘lengua (ty’añ, t’an) legítima, verdadera o propia del lugar (lak, yoko)’. Es para fines de clasificación que los investigadores nombran a las lenguas de esta familia lingüística con el nombre “maya” seguido del nombre del grupo: maya chol, maya tzotzil, maya quiché.



Se decidió llamar “mayas” a ese gran conjunto de lenguas, en parte porque los mismos investigadores también llamaron así a la cultura y a la civilización compartida por estos grupos. La razón es, al parecer, que los primeros investigadores de las grandes construcciones ancestrales en lo que hoy conocemos como área maya (península de Yucatán, Tabasco, Chiapas, Belice, Guatemala, Honduras y El Salvador) se sirvieron principalmente de documentos históricos en los que la modalidad yucateca de esta cultura fue la que se representaba en ellos. El mayista norteamericano Michael D. Coe sobre esto apunta:

Como apéndice del primer volumen de Incidents of Travel de 1843 [del explorador John Lloyd Stephens], los lectores podían encontrar la aportación de Pío Pérez, Ancient Chronology of Yucatán, que hacía por primera vez una explicación notablemente detallada del funcionamiento del calendario maya, en el cual se daban los nombres de los meses y los días nativos. Además, en el segundo volumen podían leer el original maya y una traducción al inglés de una importante crónica de la ciudad de Maní, en la que aparecían ciudades antiguas como Chichén Itzá y Mayapán. De ese modo, por vez primera, los estudiosos aplicaban documentos mayas de la época colonial a la comprensión del pasado prehispánico.1

La Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa, descubierta por el abate Brasseur de Bourgbourg en 1862, ha sido de los más importantes documentos históricos para el estudio y comprensión de la vida de los mayas en la época prehispánica. La cultura maya yucateca es la que el religioso describe en la Relación.

Sin embargo, en otros documentos podemos encontrar referencias a otras variedades del maya e incluso a otros idiomas. El fraile Antonio de Ciudad Real, en su Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España (un tratado de la época colonial sobre temas como historia, ceremonias, dioses y demás), hace mención de las diferencias que podían encontrarse en la lengua maya en aquella época y aun menciona a la lengua chontal de Tabasco:

Todos los indios de aquella provincia... hablan una lengua que se llama mayathan o lengua de Maya, excepto los de Campeche que difieren en algunos vocablos y llámase su lengua canpechthan o lengua de Campeche, y los de Tixchel que tienen otra lengua más diferente, llamada putunthan o chontal; pero los unos y los otros son muy pocos respecto de los de Maya, y sabida la lengua déstos (sic) fácilmente se sabe la de los otros.

En la misma Relación de las cosas de Yucatán se proporciona cierta información sobre la variación del maya:

Que la lengua de esta tierra es toda una, y que esto aprovechó mucho para su conversión aunque en las costas hay alguna diferencia en vocablos y en el tono de hablar; y que así los de la costa son más pulidos en su trato y lengua...

Desde el siglo dieciséis, al menos con respecto a los vocablos y a la prosodia, se han señalando las diferencias entre los hablantes de maya. Así por ejemplo, en el Calepino de Motul algunos de los vocablos registrados se presentan como característicos del maya que se hablaba en la región de Campeche, puesto que antes de dar el significado de la palabra se hace notar que “en lengua de Campeche” tiene un significado especial o que sólo ahí se usaban tales vocablos.2

El chontal de Tabasco, que en la referencia de Lizana se le nombra con una denominación propia de los hablantes de maya para referirse a este idioma lejano (putunthan), sabemos hoy día que desde ese entonces era una lengua perteneciente a otra rama de la familia distinta al maya de Yucatán. En cambio, la variedad del maya de Campeche que se pone de relieve en los documentos históricos en contraposición al maya de Yucatán es, al igual que este último, un dialecto del idioma que los lingüistas de hoy llaman maya yucateco y se considera como lengua distinta del itzá, del mopán y del lacandón.3

Para el caso del maya yucateco, idioma original de la península de Yucatán, encontramos hoy en día dialectos o variedades regionales donde en un primer acercamiento notamos ciertas diferencias entre el Oriente, el Sur y el centro de Yucatán o entre diversas regiones de Campeche y Quintana Roo. Al sur de Belice y en el Petén guatemalteco nos topamos ya con los idiomas mopán e itzá respectivamente.



Notas al pie

[1] Coe, M. El desciframiento de los glifos mayas, p. 101.

[2] Este diccionario de maya se ha fechado perteneciente al último cuarto del siglo dieciséis y se piensa, por una referencia hecha por el autor, que fue confeccionado en la ciudad de Motul.

[3] La etiqueta “yucateco” también se emplea ya por tradición para designar al maya de Yucatán, Campeche y Quintana Roo.



Referencias y obras consultadas

ANCONA, Eligio. Historia de Yucatán. Cuatro tomos. Impresión facsimilar. Universidad de Yucatán. Mérida. [1878] 1978.

Calepino de Motul 1995 Edición de Ramón Arzápalo Marín, México: UNAM, IIA, 3 tomos.

CIUDAD REAL, Antonio de. Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España. Edición de Josefina García Quintana y Víctor M. Castillo Farreras. UNAM. Instituto de Investigaciones Históricas. México. 1993.

COE, Michael D. El desciframiento de los glifos mayas. Fondo de Cultura Económica. México. 2001.

KAUFMAN, Terrence. “Algunos rasgos estructurales de los idiomas mayances con referencia especial al k’iche’”. En Nora C. England y Stephen R. Elliot (Comps.) Lecturas sobre la lingüística maya. Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica. La Antigua Guatemala. Plumsock Mesoamerican Studies. South Woodstock. Vermont. Guatemala. pp. 59-114. 1990.

LANDA, Diego de. Relación de las cosas de Yucatán. Introducción de Ángel María Garibay. Editorial Porrúa. México. 1978.

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