miércoles, 18 de abril de 2012

Martina Marín: primera profesora oficial de Yucatán

Por Cristóbal León Campos


La tradición pedagógica del Estado ha reconocido la invaluable labor que han desarrollado numerosos profesores, quienes a través de las aulas, escritos y conferencias, al igual que con su entrega y gestión, han contribuido a consolidar la educación como el mejor productor de bienestar social.

La Liseuse, (1776), Jean-Honoré Fragonard.


Nombres como los de Rodolfo Menéndez de la Peña, Eduardo Urzaiz, José de la Luz Mena, Santiago Pacheco Cruz, entre otros, destacan como las figuras de mayor representación en las labores educativas de la entidad. Sin embargo, aún faltan muchos nombres de Ilustres Maestros por revelar, que por distintos motivos no forman parte todavía de la memoria colectiva y, por ello, no han recibido el reconocimiento por sus aportaciones. 

Los avances que a nivel nacional va teniendo la historia de la educación han permitido ir desmitificando algunas premisas que se tenían como verdad incuestionable y, a la vez, han encauzado el reconocimiento que se había negado por décadas a los aportes que la mujer ha realizado en el campo educativo. 

En Yucatán, existen ejemplos de mujeres entregadas a la educación como Rita Cetina Gutiérrez y Ángela González de Menéndez, ambas destacadas maestras que contribuyeron a edificar escuelas y proyectos pedagógicos con grandes resultados, siendo pioneras en la educación de la mujer. 

Como se sabe, durante el período colonial no hubo en Yucatán escuelas de instrucción primaria para niñas, que fueran auspiciadas con fondos del Estado. Incluso a pesar de que la Independencia marcó el comienzo de una nueva etapa, aún para mediados del siglo XIX, las escuelas de varones ocupaban toda la atención y beneficios de los gobernantes. La mujer permanecía relegada de la educación pública. 

Los reclamos sociales de los grupos liberales progresistas y de las mujeres provocaron que los gobernantes realizaran modificaciones legales y sociales para alcanzar la igualdad. En este marco resalta la figura de una mujer cuya vocación para el magisterio le permitió convertirse en la primera maestra de instrucción primaria de Yucatán que dirigió una escuela oficial. Nacida en Mérida en los primeros años del siglo XIX, Martina Marín fue educada desde su infancia en el Convento de Monjas Concepcionistas de la capital yucateca. En sus estudios se acreditó como buena bordadora y florera, y tenía fama de ser hábil en los trabajos domésticos. Sus conocimientos se extendían a los ramos de lectura, escritura, doctrina, gramática castellana y latina. Conocimientos que demuestran su preparación y voluntad en una época muy difícil para la mujer y para su educación. 

En 1844 dejó el convento para vivir en casa de su hermano el Cura Vicente Marín, hogar en que estableció una escuela particular. El Alcalde Antonio García Rejón, en reconocimiento a las facultades y meritos de Martina Marín, tuvo la iniciativa de fundar un Liceo de Niñas bajo la dirección de la ameritada profesora, por lo que el 13 de enero de 1845 expidió el decreto de fundación de dicho Liceo. Tuvieron que pasar diecisiete meses para que se consagrara el proyecto, tiempo que fue utilizado para la adquisición del mobiliario (en su mayoría de Estados Unidos), se dispuso el local del nuevo centro de enseñanza y se dotó de material pedagógico y libros de texto. Finalmente, el 10 de junio de 1846, fecha de suma importancia para la historia de la educación en Yucatán, abrió sus puertas en acto solemne, el primer Liceo de Niñas establecido a expensas de fondos públicos, bajo la dirección de doña Martina Marín. 

En las memorias de gobierno escribió el 18 de septiembre de 1846, Joaquín García Rejón, Secretario General de Gobierno, que “se ha abierto últimamente en esta capital, con la mayor aceptación un Liceo de Niñas. Sostenido con fondos municipales, bajo la protección, cuidado y vigilancia del Ayuntamiento, y asimismo por su acreditada y celosa directora, ofrece la esperanza más lisonjera”. El Ayuntamiento invirtió 672 pesos para el establecimiento del Liceo, y 360 anuales para su sostenimiento. Asimismo, le otorgó vigilancia y protección. El Liceo debía impartir enseñanza a 40 niñas pobres, 10 de las cuales debían ser indígenas. En éste se debían impartir clases de Lectura, Escritura, Gramática Castellana, Aritmética, Geografía, Doctrina Cristiana, Costura y Bordado. Como resultado, doña Martina Marín y sus alumnas presentaban cada año escolar lucidos exámenes. En ellos demostraba sus aptitudes para la enseñanza, la suficiencia de sus conocimientos, su especial vocación y amor a las niñas y lo mucho que se afanaba por su escuela. Algunos periódicos y revistas de la época, como “El Fénix” y “El Mosaico”, conservan registros de los exámenes y exaltan los conocimientos y actitudes de las alumnas. 

Muchos años duró el prestigio del Liceo de Niñas. En cada certamen o acto público se manifestaba la calidad de enseñanza y entrega de la profesora Marín. Fue en 1854, cuando por motivos políticos y personales, se retiró a Ciudad del Carmen, donde desde su llegada, recibió invitaciones para dirigir diferentes establecimientos educativos, invitaciones a las que declinó por sus condiciones de salud. Al poco tiempo de su llegada falleció en el año de 1855. Su legado es vasto, pues a los pocos años muchas de sus alumnas, esparcieron las semillas de la sabiduría y la libertad en diferentes poblaciones del Estado, principalmente en el Oriente. 

Como muestra de reconocimiento y homenaje, el maestro Rodolfo Menéndez de la Peña propuso que el Liceo de Niñas de Progreso que se fundó en marzo de 1888, bajo la dirección de la profesora de origen cubano Ángela González de Menéndez, llevara su nombre, propuesta que se hizo realidad. Las nuevas generaciones de profesores, deben conocer la vida y obra de tan importante mujer, que sin hacer suyas las limitaciones de su tiempo, entregó la vida por la enseñanza, y se convirtió, en la primera maestra oficial en nuestra entidad.

Por esto!, 4 de abril de 2012.


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