lunes, 13 de febrero de 2012

Hipocresía en la educación

Por José Castillo Baeza* 

¿Desde dónde se diseñan los diferentes programas “educativos” que convierten a nuestros hijos en personas sumisas, obedientes, ansiosas de una medalla o de un “algo” que los haga sentir importantes? 

Gaspar Baquedano 


 La razón ilustrada por un lado y el capitalismo desilustrado por el otro son los cimientos sobre los cuales descansan los principios éticos que edificaron nuestras sociedades contemporáneas que, a su vez, construyeron también una determinada forma de ver el mundo que casi siempre privilegia la apariencia y la imagen por encima de las realidades concretas. Esto no es, desde luego, ninguna novedad. La banalización de la vida humana a todos los niveles y la promoción de valores mercantiles en detrimento de la cultura es ya una tónica bien marcada en nuestro tiempo. Sin embargo es triste que ámbitos como la educación también se vean alcanzados por este lastimoso modus vivendi. 

Y menciono esto porque hoy en día la escuela está fomentando el cuidado de una determinada imagen a proyectar, no la construcción de un espíritu crítico. Al menos ello se concluye después de observar cómo lo que se entiende por “educación” suele ser más bien el fomento de una disciplina que si bien antes era una especie de brújula creada para perseguir sueños, ahora se ha vuelto rancia y encuentra su razón en lo superfluo. 



Parece que la escuela ha desviado sus intereses hacia otros terrenos donde no importa tanto esculpir en el estudiante un corazón infatigable, sino más bien cuidar que los pies estén calzados y que los cuellos reluzcan enmarcados en una blanquísima camiseta tipo polo. 

Fácilmente podemos observar cómo en diversas instituciones educativas, públicas y privadas, las voces de profesores y autoridades no están encaminadas a promover la educación integral del espíritu o, por lo menos, a lograr la eficiencia académica, sino a promover una imagen que cumpla más con el exterior que con lo verdaderamente significativo. Que los alumnos estén en clase, que las sillas estén ordenadas, que el silencio impere en las aulas y la autoridad se respete; si los alumnos no están gritando, entonces están trabajando. ¿En qué cosa? No importa, es lo de menos: están trabajando. 

Lo que menos interesa es el contenido de las asignaturas y las competencias que tendrían que estarse fomentando, la sola imagen de que se está haciendo basta y sobra. Los días de exámenes siguen siendo sagrados y, como en la Semana Santa, nada importa sino el sacrificio; calvario de los alumnos mientras las autoridades educativas vigilan desde las alturas. 

Nos seguimos preocupando en demasía porque los alumnos saluden a la bandera y canten el Himno Nacional con rostro solemne mientras miran al horizonte. Los regaños siempre están en función de la imagen, de lo que se pretende proyectar. “¡Siéntate bien! ¡Los pies no se suben al mesabanco! ¡Una señorita no debe jugar así con los varones! ¡Perdiste tu derecho a presentar examen por no venir con el uniforme completo! ¡Tu libro no está forrado! ¡Te dije que subrayaras con rojo, no con azul! ¡Hagan silencio, por Dios, hagan silencio!” En otras palabras, la labor importantísima del docente, se ha banalizado.

¿A dónde se ha ido el verdadero rostro de la disciplina, aquél que le enseña al espíritu a perseguir rabiosamente un sueño? ¿Dónde está la brújula cuya Ítaca no se mueve ni porque el mundo se ponga de cabeza? Hoy no importa enseñar a los estudiantes qué deben llevar para su viaje, sino a doblar muy bien la ropa en la maleta. Y además de la ropa, han de llevarse un séquito de resúmenes, síntesis, cuestionarios, mapas conceptuales, cuadros sinópticos y demás tareas que siguen siendo el pan de cada día de la enseñanza. 

El docente está muy cómodo en su posición porque se ha instalado en la mediocridad y el facilismo. Convertido en un supervisor, un prefecto, un repetidor oral de los libros de texto, en sus clases no hay espacio para el análisis crítico porque ello lo pone a prueba ( y lo evidencia muchas veces). 

A esto habría que sumarle las supervisiones de las autoridades académicas cuya labor consiste en verificar que los objetivos de aprendizaje estén redactados con tal o cual verbo en vez de este o aquel; verificar que un formato esté bien llenado, no que la enseñanza se cumpla de forma cabal. “Maestro, en este formato, sus estrategias de enseñanza van en el siguiente recuadro, tómelo en cuenta”. Son muy cómodas las trincheras del no pensar. 

Parafraseando a Octavio Paz (quien plantea esto con respecto al poeta y la poesía) cabría decir: el profesor, el coordinador académico, el supervisor ya tienen un “lugar” en la sociedad. ¿Lo tiene la educación? 


*Originario de Chetumal, Q.Roo. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Modelo. Ha publicado la novela “Hojas recicladas” (2005) y el libro de relatos “A la espera” (2008). Profesor de literatura en el nivel medio superior y superior. josecastillobaeza@hotmail.com



Tomado de: http://educacionadebate.org/2012/02/10/hipocresia-en-la-educacion/

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