jueves, 16 de febrero de 2012

En blanco

Por José Castillo Baeza


La imagen del escritor sentado frente a su computadora, envuelto en un remolino invisible —donde, a giros, le golpea lo que ha hecho y lo que debe hacer—, al tiempo en que la mirada se pierde en el teclado impaciente, se constituye en ese lugar común que se traduce en la frase: “el terror frente a la página en blanco”.

Para muchos escritores un período de sequía es intolerable, un verdadero sufrimiento que llega a convertirse en crisis existencial, como si de la pluma lloviera una fertilidad necesaria para una tierra en crisis. No sé qué sucede, no puedo escribir. No he podido superar lo que he escrito. Estoy buscando decir algo nuevo. Estoy explorando caminos. Debo tener conciencia social y escribir porque es necesario, porque estos tiempos lo hacen necesario. No puedo quedarme callado…







Ante este escenario, la acción de escribir (no digo oficio) significa todo menos una pasión personal y gustosa. La concepción de la escritura creativa, bajo esta concepción, se vuelve utilitaria, fin y no medio, destino y no búsqueda; una herramienta para legitimar innecesariamente una vida. Desde el momento en que uno se nombra escritor, la pasión se transforma en oficio, y el oficio en responsabilidad social, como si la acción de escribir fuese una novia a la que el matrimonio ha consumido a una rutina necesaria.


El terror a no tener nada qué decir no tendría que asustarle a nadie, aun cuando haya mucho qué decir. La boca del mundo no necesariamente nos invita a hablar siempre, al menos no en términos estéticos. Los que manifiestan un terror a la página en blanco, es porque el disfraz del oficio o a la disciplina han tergiversado lo que en primera instancia es una necesidad individual. Nunca he creído que un escritor deba profesionalizarse como sucede con otros oficios, no a la manera de otros oficios. Y con ello no refiero el conformismo o la pereza, mucho menos la necesidad imprescindible de mejorar día a día. Pero de ahí a querer exprimir motivos inexistentes hay un gran trecho, puesto que la satisfacción de calmar nuestras necesidades de expresión no necesariamente tienen que seguir los caminos de la escritura creativa.


¿Por qué concebir el oficio como una carrera que se legitima mediante los libros publicados (sin que pase por supuesto mucho tiempo entre uno y otro) o los premios o el reconocimiento social? ¿Hay que sentir presión o sentido del deber ante un público que exige la próxima novela? ¿Debe responder la literatura a las leyes de los mercados o las becas? ¿Realmente escribimos desde la autenticidad de nuestras preocupaciones? ¿Es válido inventarse esas preocupaciones?


Otra cosa muy distinta es tener algo qué decir y no encontrar las maneras. He ahí el verdadero terror de la página en blanco, nunca en la sequía que produce el silencio natural.


Consagrar una vida a la literatura, así, sin concesiones, es olvidarse, precisamente, de que la literatura es vida; olvidarse de que también se escribe encima de los actos y las vivencias diarias; olvidarse de que el escritor es un hombre que vive pero, sobre todo, escribe todo el tiempo. Garabatear a nuestros amigos o a la familia es otro modo de ejercer la pluma. Llenar de signos invisibles a nuestros hijos o hermanos es la verdadera transformación de la pasión en oficio: una manera de ejercer la autenticidad de lo que somos. El escritor cabe en la persona, pero no es más que ella. La página en blanco es la falacia detrás de la cual se esconde el ego, la pobreza espiritual del que se cree completo por poseer una pluma que sólo pinta sobre papel.


josecastillobaeza@gmail.com




Por esto!, 15 de febrero de 2012.

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