domingo, 22 de enero de 2012

Las haciendas de mi infancia


Por Emiliano Canto Mayén

Lejos de presentárseme como activas plantaciones en las que centenares de peones empuñaban el machete, las haciendas de Yucatán me mostraron, en mi infancia, sus ruinas.




Me han contado que los plantíos del henequén cubrían extensiones tan vastas que, en ocasiones, se elevaban torres para vigilar de los incendios a este océano inmóvil. Nada de eso vi y, en mis recorridos, las parcelas destinadas a este cultivo podían abarcarlas en un breve paseo.

En torno a las haciendas que conocí, recuerdo un matorral espinoso de ramas intrincadas. Los senderos de estos montes eran rocosos y, a veces, un gris correcaminos cruzaba en dos saltos la vía o un reptil zigzagueante avanzaba trazando eses interminables en la tierra seca.

Los cascos o casas principales me parecían unos esqueletos en cuyos huesos destacaban el moho y el hollín. Tenues rastros de color amarillo o rojo delataban que, en el pasado, aquellos muros llevaron pinturas de tonos pasteles.

Los tanques en donde se almacenaba el agua para llenar los abrevaderos y aquellos ingeniosos canales que irrigaban a las quintas frutales, en muy raras ocasiones, se me presentaron como un espejo cristalino. Más bien, sus líquidos se me mostraron viscosos, con infinidad de hojas de tamarindo y cientos de insectos acuáticos remando en su superficie.






En el centro de los secaderos no faltaba un gigantesco árbol cedro o de ramón, a lo lejos el chirriar de una veleta antecedía al flujo de un chorro intermitente y, cuando amanecía, no era extraño despertar bajo la mirada bestial de un cebú que introducía su cabeza a través de una ventana abierta.

Los caminos de las haciendas de mi niñez tenían millones de guijarros, unos me llamaban mucho la atención y los coleccioné por años. Eran pedazos de tejas con palabras, anclas y dibujos; también recolecté multitud de tuercas y tornillos que extendían una constelación de hierros oxidados. Supe, con el tiempo, que estos vestigios se habían desperdigado cuando se dinamitaron las máquinas desfibradoras con el afán de venderlas como chatarra.

Las albarradas de los ex planteles tenían largos trechos derrumbados y, recuerdo haber visto, acurrucado entre las rocas, el cadáver de un pájaro que parecía dormido.

Nunca olvidaré a los ancianos que habitaban en esas ruinas. Hombres flacos y prietos con brazos huesudos y venas poderosas, vestían viejas camisas de algodón, llenas de remedos y que el sudor volvía transparentes. Uno de estos sujetos, un tuerto, me contó los más terribles cuentos de espantos.

Toda esta decadencia germinó en mi imaginación el deseo de rehabilitar una hacienda. Una vez quise plantar un colorín cerca de un casco abandonado, excavé, sembré este arbolito y lo rodeé de rocas para protegerlo, sin embargo, el peligro de que me picara una cascabel motivó que se me detuviera en plena faena.

Me dijeron que poco después murió mi verde esperanza de sed y que también llegó el final de la agonizante industria de Yucatán. Ahora que ciertos banqueros han vuelto hoteles de lujo aquellas fincas donde acampé me pregunto cuántas haciendas serán todavía como aquellos escenarios fantásticos de mis memorias.



4 comentarios:

Ava María dijo...

Que bellas sus historias es un lujo poder leerlo, gracias

Emiliano Canto Mayén dijo...

Muchas gracias Ava María, es un honor recibir sus comentarios. Emiliano Canto

Emiliano Canto Mayén dijo...

Muchas gracias Ava María, es un honor recibir sus comentarios. Emiliano Canto

Little Miss K dijo...

Excelente historia!
En donde se tomaron las fotografías?

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