jueves, 26 de enero de 2012

Dos Naufragios


Por Emiliano Canto Mayén

Después de la tormenta, un viejo navío oxidado fue expulsado del océano y, pocos días después, los curiosos invadieron la playa para conocer el naufragio. Caminaban sobre la escotilla, entraban a sus camarotes, a través de las ventanas despojadas de cristales, y buscaban tesoros en su interior. Se preguntó a los ancianos de la aldea que habían sobrevivido a la Gran Guerra, pero ninguno pudo responder.




Con el tiempo, la leyenda cubrió el naufragio y los adultos dejaron de visitar aquel sarcófago que, poco a poco, fue enterrado por las arenas. Solo los niños –a los que el pasado de aquel gigante nunca les importó- siguieron visitándolo asiduamente, para ellos, aquel acorazado se hizo su castillo, su trinchera y escondite.

Cuando al fin pude visitar aquel navío, muchas décadas después del huracán que lo había arrancado de las profundidades, no era más que una masa retorcida y horrorosa de acero, cuyas costillas se alzaban hacia el cielo, con el afán de estrangular la luz del sol. Para entonces, era imposible ya calcular el calaje, averiguar el nombre de la embarcación o deducir su función en aquella antigua guerra.

Al ver que no podría escribir en las tablas del recuerdo el nombre de las víctimas del naufragio, regresé con los pescadores. Ahí pregunté a los mayores y los ancianos que, al salir a la superficie el naufragio no eran más que niños, me narraron una historia amable y sencilla; para ellos, el vestigio de sus playas no representaba la tumba de muchos hombres, sino el bastión de su infancia, el cómplice de sus travesuras y, más tarde, en el escondite de sus primeras delicias juveniles. El acorazado había perdido su pasado trágico, su carácter de maquinaria guerrera y, bajo el anonimato, los hombres le hicieron una nueva historia.

Luego de esta búsqueda infructuosa, descubrí que el mar del tiempo se mueve en dos velocidades distintas: una rápida y poderosa en cuyas turbulencias emergieron, explosivos, nuestros países y otra que va a un ritmo menos acelerado, tan lento que su duración hunde sus raíces en nuestro ser. Rescatar ambas historias, la veloz de nuestros episodios nacionales y la estática de las leyendas ancestrales, evita que se deteriore nuestro conocimiento del pasado y garantiza que, en un futuro, nuestros nietos sepan quiénes son ellos y quienes fuimos nosotros.a playa. a.

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