Por Jorge Cortés Ancona
No sé por qué hablan de un complejo de malix, si los malixes no tienen complejos. Son leales a sus amos y defienden con firmeza sus casas, pero prefieren andar sueltos por la calle, les son innecesarias las correas y saben lo que tienen que hacer en el momento oportuno. Pueden manejarse solos por las calles, sorteando la enajenación de los vehículos y las perfidias de determinados transeúntes.
Saben lo que tienen que hacer. Yo tuve una perra malix, discapacitada, y unos vecinos también se encariñaron con ella cuando sin que le dieran ninguna orden correteó furiosamente a unos inspectores de Hacienda. Por supuesto que no les gustan los fiscales, los modernos inquisidores, que creen que lo único que vale son las finanzas.
Se ríen de los perros lambiscones, de los falderos y de los ladradores aparatosos; en cambio, pueden convivir con gatos, gallinas y pájaros, sin causarles molestias injustificadamente.
También saben comunicar sus inconformidades elocuentemente. Mi perra, por ejemplo, soltaba su caca en la terraza, en vez de hacerlo en tierra como acostumbraba, dentro de un hueco que luego tapaba a la manera gatuna. En lugar de enojarnos irracionalmente, entendíamos que la plasta puesta ante nuestros ojos era un indicador de que teníamos que corregir algo.
Los malixes saben lo que tienen que hacer. Su honestidad rebasa la de cualquier perro, aguantan las impertinencias del amo, las ofensas que injustamente reciben, los olvidos. Aguantan el hambre y no se quejan. Pero también saben dar mordiscos de advertencia y defender su territorio.
Muy mal usar el término “complejo de malix” para pretender denostar a los semejantes. No debemos usar esta frase en ningún momento, y menos en este año dedicado a la cultura maya, que es una buena razón para difundir ampliamente todo lo valioso que los mayas aportan y han aportado a lo largo de milenios.
Un malix no está pidiendo que lo asciendan a buldog, afgano o doberman, porque, en esencia, nada de ello equivale a una elevación. Por el contrario, quiere ser lo que siempre ha sido y hacer lo que tiene que hacer en su calidad de perro leal. No quiere ser gallinazo que kikirikea cuando ya anocheció, ni ser un lirón que procura que todos amasen los trozos de pan para juntarlos y formar una baguete que alucine al amo, ni un suricato que se mueve para todos lados sin llegar a ninguno, ni tampoco una abubilla perdida en el desierto. No quiere ser un animal exótico, sólo un modestamente orgulloso malix.
Los malixes son parte importante de los pueblos y las calles yucatecas. Un ser que llena de vida nuestros lugares públicos. Por eso, quizá de tan visibles no los sabemos apreciar, pero su ausencia sí que produciría un vacío descorazonador en estos tiempos donde la vida se está volviendo una mercancía en remate.
Aunque no les hemos dado voz ni voto, los malixes son los más fieles guardianes del orden del mundo.
Por esto!, 13 de enero de 2012.

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