viernes, 12 de agosto de 2011

Una forma evidencial de visión y audición en el español yucateco

 Por Martín Sobrino

En términos generales, evidencialidad es la naturaleza de la evidencia de una cláusula, es decir, si existe evidencia de la enunciación, y en ocasiones, qué clase de evidencia existe (Aikhenvald 2004), esto es, que los evidenciales indican la fuente de la información que contiene una cláusula (Payne 1997).

En el caso del español yucateco observo que el adverbio locativo ahí, en su forma fonética ái, que es común en muchas otras variedades del español, ha tomado características semánticas y aún sintácticas del adverbio je’el del maya yucateco en su uso con los clíticos =o’ para el distal y =a’ para el proximal, que lo están llevando a ser un adverbio evidencial pleno.

En maya yucateco, tradicionalmente se le ha asignado una función demostrativa a la forma je’el en su uso con los clíticos distal y proximal al final de las frases:

(1)
a.        je'el k-u=taal le cháak=o'
          ´Ahí viene la lluvia’

 b.      je'el k-u=taal=o'
          ‘Ahí viene’

 c.      je’el=o’
         ‘Está ahí’

d.     je’el=a’
       ‘Está acá’

Sin embargo, observo un valor evidencial en estas construcciones en maya porque para expresar que una persona se va a un lugar específico se utilizará el locativo te’ al inicio de la cláusula con el clítico distal =o’:

(2)
a.    te’ k-u=bin le máak=o’
      ‘Allá va esa persona’

 b.   te’ k-u=bin-o’
      ´Allá va’

El valor evidencial que propongo para je’el, al menos en las construcciones con el verbo taal ‘venir’ y bin ‘ir’, se debe a que no se está entendiendo que viene de un lugar específico, sino que se está evidenciando la acción de que alguien o algo está viniendo o se está yendo. En el español yucateco el adverbio ái parece tener esta misma función y de cierta manera los hablantes saben que la fuente de la información de estas construcciones puede ser visual o auditiva. Con este adverbio, las cláusulas se construyen con el verbo en presente o en pasado simples. El uso de ái con el verbo en pasado simple es una característica que no he escuchado en otras variedades de español. En español yucateco, las formas simples del presente y del pasado nunca se usan (en estos contextos) sin este adverbio:

(3)
a.    ái viene Juan
      ‘(Veo o escucho que) Juan está viniendo’

 b.   ái vino Juan
       ‘(Vi o escuché que) Juan está viniendo’

c     ái llora el niño
      ‘(Escucho que) el niño está llorando’

d.   ái lloró el niño
     ‘(Escuché que) el niño está llorando’

A mi parecer, la mejor prueba de que el ái tiene una función evidencial en español yucateco se encuentra en las cláusulas que aparentemente tienen dos adverbios locativos, al principio y al final, cuando se señala la ubicación de una entidad; no obstante, el que se encuentra al inicio está funcionando como un evidencial (que incluso se contrae con el verbo ‘estar’) y el que se encuentra después del verbo sí es propiamente un locativo, que parecen tener la misma función que los clíticos distal y proximal del maya:

(4)
a.    áistá allá/ahí
       ‘Allá está’
      
       áistá acá/aquí
      ‘Acá está’

Cuando se forman cláusulas con verbos de actos del habla, o cualquier otro que implique sonido, la información que evidencia este adverbio será obviamente auditiva, como en (5). Para la ubicación de entidades, la información que evidencia el ái es visual, y suele reforzarse con una pregunta retórica, como el ejemplo en (6).

(5) ái te hablan ¿no lo oyes?

(6) áistá allá ¿no lo ves?

Para concluir, podemos decir que el uso del adverbio ahí, en estas construcciones gramaticales, se trata de una influencia del maya sobre el español yucateco que acelera su evolución a una forma evidencial con una forma fonética propia.

Referencias
Aikhenvald, Alexandra Y. (2004). Evidentiality. Oxford: Oxford University Press.

Payne, Thomas E. (1997) Describing Morphosyntax, A Guide for Field Linguists. Cambridge: CUP. Traducción y adaptación de Zarina Estrada. Universidad de Sonora.

Santiago Pacheco Cruz, ilustre educador y mayista


Por Cristóbal León campos

Se cumplen 41 años del fallecimiento del Ilustre Maestro Santiago Pacheco Cruz, personaje que destacó por su entrega a las mejoras educativas impulsadas por la Revolución y por su incansable defensa y estudio de la cultura maya.


Santiago Pacheco Cruz, ilustre educador y mayista.


Nació en Tinún, Campeche, el 1 de enero de 1885, siendo hijo de Juan Bautista Pacheco y Arcadia Cruz. Desde muy pequeño su familia se trasladó a Yucatán. Estudió la primaria en la escuela Manuel Cepeda Peraza, continuando en el Instituto Literario para Varones y en la Escuela Normal de Profesores. En 1906 contrajo matrimonio con Fidelia Pérez Vera, con quien procreó ocho hijos: Ramonita, Juan Bautista, Concepción, José H., Víctor Manuel, Sara Adelina, Fidelia Elidé y Francia Eloína.

Entre 1907 y 1912, tuvo bajo su cargo la dirección de la Escuela para Varones de Bolón, Campeche. En 1913 fungió como director de las Escuelas de Ixil, Mocochá, Ucú y la Escuela Narciso de Mendoza de Mérida. Participó activamente en la Revolución de 1914 a 1918, llegando a obtener el grado de Coronel de Infantería. Fue miembro de la Liga de Profesores del Estado y del Partido Socialista de Yucatán. De 1918 a 1931, se ocupó de la inspección de zonas rurales dependiendo del Estado de Yucatán, de 1932 a 1940, fue inspector de la zona maya del Estado de Quintana Roo. Entre los años de 1941 a 1960 ocupó los siguientes cargos: Director de Educación Federal en los Estados de Quintana Roo y Yucatán; Jefe de la Campaña Alfabetizante en Yucatán y Campeche y Director de Educación en el Territorio de Quintana Roo.

Se le considera pionero en la educación del Estado de Quintana Roo, entidad a la cual consideró a lo largo de su vida como un territorio en el cual era necesario brindar todo el apoyo para lograr alcanzar la justicia social y el desarrollo, dejando muy en claro que la única forma de lograrlo era mediante la educación, misma que impulsó incansablemente.

Como investigador social escribió importantes obras en sus años de servicio en este territorio, entre ellas, podemos mencionar: “Usos y costumbres, religión y supersticiones de los mayas (1947), “Estudio etnográfico de los mayas del Ex-Territorio de Quintana Roo” (1934), la cual aún en nuestros días es imprescindible en los estudios de esta temática. También es autor de “Geografía del Territorio de Quintana Roo” (1958) para la cual recorrió casi todas las comunidades de dicho estado, Esta obra obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Geografía e Historia de 1958. De igual forma se pueden mencionar: “Campaña alfabetizante y educación indígena en el territorio de Quintana Roo” (1956) y “Diccionario de Etimologías y Toponímicas Mayas” (1959).

Santiago Pacheco Cruz es conocido por sus estudios del idioma maya, tradujo varios artículos de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos al maya para que fueran conocidos los derechos sociales entre la población marginada. Escribió 82 títulos, algunos de ellos se han editado varias veces. Entre sus obras más notables mencionamos el “Compendio del idioma maya” (1912); “Léxico de la Fauna Yucateca” (1919); “En Defensa del último maya” (1939), trabajo por demás polémico; “Hojas dispersas” (1914) en el cual reúne en tres tomos artículos literarios, costumbristas y filosóficos; “Cuestiones de enseñanza y educación social” (1914); “Reseña histórica de la sociedad Progreso y Recreo de Espita” (1925); además de por lo menos 20 obras de teatro maya y artículos en periódicos y revistas de su época.

Es apreciado como uno de los primeros mayistas de Yucatán por sus valiosas obras para el estudio de la lengua maya. Los investigadores de la cultura maya consultan los libros de Santiago Pacheco Cruz como fuentes básicas.

Escribió la obra de carácter histórico-político “Recuerdos de la Propaganda Constitucionalista en Yucatán” (1953) con una semblanza de la vida, actuación y asesinato del Gobernador Felipe Carrillo Puerto. En esta obra, cuenta su papel como propagandista de la Revolución bajo el mandato del General Salvador Alvarado.

Fue miembro del Instituto de Investigaciones Lingüísticas de América, de la Sociedad Progreso y Recreo de Espita, de la Asociación Mexicana de Geografía y Estadística y de la Sociedad de Geografía e Historia de Guatemala, en las que sostuvo polémicas con otros investigadores sobre la lengua maya, por lo cual, publicó en 1966, el folleto “Algo sobre filología maya” como respuesta a todas estas disputas. En 1956, fue reconocido como Veterano de la Revolución, siendo miembro de la Confederación y Unificación Nacional de Veteranos de la Revolución.

Al cumplir 50 años de servicio recibió la Medalla Ignacio Manuel Altamirano por su entrega a las causas de la educación. Falleció el 11 de agosto de 1970, su labor incansable y entrega a la educación y la cultura maya hace que sea recordado con cariño y admiración.

En su honor el municipio de Tenabo, Campeche, otorga desde 1991, la Medalla al Mérito “Prof. Santiago Pacheco Cruz”, a los tenabeños más destacados en la cultura. En la península varias escuelas llevan su nombre y, en la actualidad, la SEGEY, a través de la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán, tiene programado como parte del rescate de la memoria histórica del magisterio yucateco, la colocación del busto de Santiago Pacheco Cruz en la “Rotonda de los Maestros Ilustres” y la difusión de algunas de sus principales obras.


Por esto!, 11 de agosto de 2011.


jueves, 11 de agosto de 2011

Felicitaciones, Marco Antonio Rodríguez


La Red Literaria del Sureste felicita a Marco Antonio Rodriguez Murillo, poeta y miembro de la RLS, por ser uno de los ganadores del concurso de crítica literaria universitaria organizada en el marco del III Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes en Monterrey, Nuevo León.

Por ello, Marco leerá su ponencia en esta ciudad en el encuentro, que se realizará del 10 al 14 de agosto en esta ciudad.

Enhorabuena, Marco Antonio.





miércoles, 10 de agosto de 2011

Arte neostálgico


Por Raúl H. Pérez Navarrete

En un artículo sobre series animadas de la década de los 80’s, el escritor Miguel Ángel Civeira asegura que nuestra generación, “los nacidos a finales de los 70's y en los 80's”, somos una generación nostálgica, es decir, “una generación inusualmente apegada a los productos de cultura popular de su época, principalmente a las caricaturas con las que crecimos. Somos una generación nostálgica; ‘neostálgica’, me dijo alguien, queriendo decir que somos jóvenes que prematuramente se pusieron a añorar mejores tiempos, algo que antes sólo hacían los viejitos.”



"Kimbal" (México, DF, 1979), Deus ex monitor, 2011.


Thundercats, Bravestarr y He-Man son algunos nombres de caricaturas que permanecen en la memoria de quienes crecimos en esos años. Junto a estos, consolas de videojuegos (Atari, Nintendo) y cintas como Volver al futuro, Beetlejuice y La guerra de las galaxias forman parte de un mundo de fantasía que moldeó y marcó en gran medida nuestro inconsciente. Para algunos otros, dedicados al arte, este universo les proporcionó además un estilo, un acercamiento a la creatividad, un pretexto para la creación.

Volviendo a Miguel Ángel Civeira, sus dos obras publicadas hasta el momento, la colección de relatos Las siete formas de combate (Instituto de Cultura de Yucatán, 2009), y el poemario Poeta que jugó videojuegos (Universidad Modelo-Ayuntamiento de Mérida, 2010) son un ejemplo de lo anterior pues ambos libros se nutren de cintas de horror (King Kong, Frankenstein, La noche de los muertos vivientes), juegos de video (Super Mario Bros., La leyenda de Zelda), series animadas (Dragon Ball) e historietas (Los 4 fantásticos, La liga de la justicia de América).



Sergio Neri (México, DF, 1980), Los malos, 2011.


Otro ejemplo inmediato es la exposición colectiva Technicolor, actualmente en el Museo de la ciudad, en donde Batman, Los Simpson, Mickey Mouse, He-Man, Betty Boop, La pantera rosa, entre otros, son reinterpretados por artistas plásticos a través de diversas técnicas como el grafiti y el óleo. Junto a cada obra, los artistas explica el por qué eligieron determinada serie o personaje, revelando cómo de una u otra manera marcó su estilo y, en general, su infancia.


Luis Briceño (Mérida, 1979), Afrodita A, 2011.


En el ámbito internacional, encontramos que la música también forma parte de esta tendencia, como las agrupaciones Powerglove, banda de speed metal de origen estadounidense, y Pornophonique, dúo alemán de música electrónica. Ambas mezclan desde sus respectivos géneros elementos de los videojuegos de la década de los 80 y principios de los 90 como las bandas sonoras en 8 bits así como los temas y aspectos visuales de dichos videojuegos.

¿Tendencia?, ¿estilo?, ¿subgénero?, la neostálgia -propone Civeira en su artículo- “es producto del ritmo vertiginoso con el que cambia el mundo. Generaciones anteriores sentían que el mundo de su vejez era muy distinto al mundo de su juventud. A nosotros nos tocó experimentar la sensación de que el mundo de nuestra adolescencia era muy distinto al mundo de nuestra infancia.”



Jazmín Rivera (Villahermosa, Tabasco, 1987), Gropo de Trolla, 2011.


Mientras que los artistas de la exposición Technicolor rinden culto a los mundos oníricos que emanaban del televisor durante su infancia, Civeira atribuye a ese mismo aparato la transmisión de nuestras fábulas, fábulas con las que crecimos y “luego nos fueron arrebatadas de golpe.”

Tal vez en el fondo muchos somos simplemente el producto de la añoranza y de la tecnología.


lunes, 8 de agosto de 2011

Una hazaña de Quirinito

Por Jorge Cortés Ancona

Hoy, Quirinito Virreina, acometería una aventura, la aventura más grande que haya realizado un joven meridano: subirse a un autobús urbano. Nadie se lo creería. Todos sus amigos quedarían boquiabiertos. Se subiría a un camión y después escribiría la crónica con un preciso titular: “Ascenso al inframundo”, porque en el autobús urbano se codearía con la delincuencia y con la miseria extrema.


Eran las 2 de la tarde. Se levantó de la cama, se puso un pantalón Versace, una Chemisse Lacoste y sus Nikes para pasar inadvertido entre la masa delincuencial que anda en los autobuses urbanos. Salió a la calle y respiró profundamente para llevar a cabo una de las acciones más arriesgadas que se pueden hacer en la vida. Tenía muy claro lo que habría de hacer: la cosa más novedosa que se haya hecho en Mérida, que es cantar en un autobús. Se subiría y todos habrían de quedar sorprendidos ante su atrevimiento. Tres canciones hasta el paradero, que dejarían a todos anonadados, y se bajaría en el centro para gozar de su hazaña.



Llegó a una avenida y estacionó su automóvil. Vio venir un camión y levantó el brazo para pedir parada, tal como observaba que hacía la gente. Palpitando de emoción, vio cómo se detenía el autobús y decidió abordarlo igual que como entra un cowboy en una cantina, con los dedos pulgares en ambos bolsillos. Al subir el primer escalón, en nada estuvo de salir disparado hacia el pavimento, luego del furioso arrancón del autobús. Los buenos reflejos de Quirinito le ayudaron a sostenerse de uno de los tubos verticales y llegar dolido y arrastrado junto al chofer.

Se levantó con dificultad y pagó con un billete de 200 pesos. El terror lo estaba invadiendo cuando el chofer le dio de vuelto un kilo de monedas que le aporreó en las manos, a la vez que lo insultaba entre dientes. Algunas de las monedas salieron disparadas en distintas direcciones y por ello se apresuró a guardar las demás en su pantalón. Luego, de nuevo, trató de caminar con las manos en los bolsillos, pero un brusco frenón para subir gente lo arrojó al otro extremo del pasillo.

Era terrible todo eso que le estaba pasando, pero Quirinito no era de los que se amilanaban. Se levantó y para olvidar el dolor se decidió a cantar en medio de toda esa horda de delincuentes y moralinos, a los que habría de asombrar con su atrevimiento. Abrió la boca pero la sobaquina que emanaba de los albañiles que subieron le ahogó la voz. “¡Oigan, voy a cantar! ¡Bajen sus brazos, bajen sus brazos!”.

Furioso porque no cooperaban a su acto subversivo, se tapó la nariz y, como pudo, trató de cantar piezas de Lady Gaga. Pero el estruendo permanente del motor no dejaba escuchar nada. “¡Oye, tú, camionero!” –le gritó con voz nasal al chofer- “¡Baja el volumen del motor para que yo pueda cantar!”. Pero un nuevo frenón y el ascenso de más gente, de pie, en el pasillo, ahogó toda posibilidad.

Demasiada gente, ruido, calor. Mucho frenar y arrancar. Quirinito estaba que se moría. Le gustaba eso de la aventura, pero era demasiado. Ya tendría muchas novedades que contar de su acto subversivo. De súbito, se dio cuenta de que no sabía por dónde andaba: “¡Camionero!, ¿cuánto falta para llegar al centro?”. “Esto es Circuito Colonias, hija. No llego al Centro”. “Pues llévame a donde dejé mi carro. ¡Te doy el vuelto de mis 200 pesos, pero llévame!”. “’Tá bien, hija, dame la lana. A te llevo ahí donde te trepaste. En un ratito llegamos”.

Recia aventura la que vivió Quirinito en las tres horas que el autobús tardó en volver a donde había dejado su coche. En el trayecto se había orinado dos veces, había sudado hasta su leche materna y los lagrimones no habían dejado de fluir de sus tiernos ojitos. Sin embargo, aún temblando de miedo y ya cobijado por el aire acondicionado de su auto, pensaba en la grandiosa hazaña que había vivido. No lo volvería a hacer, pero tendría que escribir en seguida su increíble crónica, para constancia de su osadía intelectual, tan moralmente subversiva.

Por esto!, 3 de agosto de 2011.

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