jueves, 15 de septiembre de 2011

México Ifigenia



Por José Castillo Baeza

…te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el
gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro.

Aquiles dirigiéndose a Agamenón (Ilíada).


Y eligió vestirse de gloria. Contra todo y contra todos tenía que ir a ganar su guerra, sin importar el costo. Más allá de la heroicidad que desde luego buscaba, estaba el anhelo personal, la necesidad imperiosa de saciar su “hybris”, término con el que los griegos designaban la soberbia. Decidió entonces que el sacrificio valía la pena, que el derramamiento de sangre era necesario, que la mentira justificaba el fin último, el más grande y noble de los fines. A estas alturas del párrafo ya no sé si estoy hablando del rey de Argos, Agamenón, o de Felipe Calderón.




No logro ya diferenciarlos. Ambos se me confunden entre las líneas, forcejean sobre la hoja en blanco, resbalan, ruedan hasta el final de la hoja. Uno de los dos quiere sobrevivir, quiere quedarse. Pero de pronto han dejado de pelear, están escalando hasta aquí arriba. Intuyo el acuerdo; no tienen porqué ser enemigos, la historia de uno es también la del otro. El verdugo también es el mismo. Por eso a don Felipe no le importa que yo prefiera relatar la tragedia de Agamenón, total, hablaré de lo mismo.

Y decidió vestirse de gloria cuando Artemisa planteó la disyuntiva de su vida. Los aqueos no podían continuar su viaje hacia Troya pues una tormenta enviada por la diosa mencionada les impedía el paso. La propia Artemisa, quien no quería que los aqueos llegasen a la ciudad de Príamo, propuso al rey de Argos que si quería llegar a Troya para conquistarla, era necesario que sacrificar a su hija Ifigenia.

Agamenón mandó a por su hija, haciéndole creer a Clitemnestra (su esposa) que él había logrado casar a su hija en común con el gran Aquiles. Así, bajo el engaño de una futura boda que jamás existiría, Ifigenia llegó hasta donde su padre y fue sacrificada, como bien nos cuenta Esquilo. El resto de la historia es conocida: gracias al sacrificio que hizo Agamenón, los aqueos dejaron Troya hecha cenizas. El sacrificio, la sangre, el dolor fueron los móviles, la justificación. Agamenón tuvo su guerra, Calderón también.

Justo en el momento preciso en el que escribo esto, ambos personajes comienzan a pelearse de nueva cuenta, arrugan la hoja con sus golpes. ¿La razón? Agamenón se convirtió en gloria épica, Calderón en lodo. La historia del rey fue contada por un brillante dramaturgo, la de Calderón la tratan de justificar comerciales estúpidos e insultantes como en el que plasma la llegada de unos soldados a una comunidad campesina. La gente deja sus labores para aplaudirle a los miembros del ejército quienes son dibujados como grandes héroes que abrazan a los hijos de los campesinos. El comercial termina con un “gracias” al cual no puedo ponerle adjetivo.

Así las cosas con nuestra tragedia griega. Así las cosas con nuestro México Ifigenia y con nuestro drama cotidiano en el que, a diferencia del antiguo teatro griego, nuestro “Deus ex machina” está atrofiado, alguien cortó el alambre de la polea que además está oxidada por la aridez de estas tierras desoladas. En nuestra tragedia ninguna fuerza mágica intervendrá. No hay lugar para dioses benévolos.

Cuando Agamenón estaba a punto de matar a su hija Ifigenia, Artemisa impidió que la hiriera y la transportó a su lado. Pero en nuestra versión, la que vivimos todos los días, la tragedia de este país y sus “héroes”, Ifigenia no solamente sangra, sino que agoniza lentamente entre el sufrimiento y el llanto. Asfixiándose en su propia sangre, México Ifigenia no grita ni piensa en la muerte.



Por esto!, 15 de septiembre de 2011.

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