sábado, 8 de enero de 2011

En el siglo XXI sin salir del XIX



Por Jorge Cortés Ancona

Ante situaciones tan crueles e incomprensibles como la del individuo cincuentón que violaba y maltrataba a un niño de tres años, para colmo con la complacencia de la abuela de la criatura, es acuciante preguntarnos qué está ocurriendo en la sociedad. Por qué tanta violencia contra los niños, sin que haya estudios y medidas para combatir esa situación.

Sería indebido dar una explicación única de ese problema. Pero hay comparaciones que pueden marcar rumbos de explicación. Encuentro algo de eso en el número de diciembre de la revista National Geographic, no sólo recomendable por el reportaje sobre el uso político de la arqueología israelí (en este caso, en relación con el rey David) y por su acostumbrada espectacularidad fotográfica, sino por el reportaje sobre las mujeres en Afganistán. Dejo de lado la belleza de los landays, poemas brevísimos compuestos por las sufridas mujeres pashtunas y las elocuentes fotos de la vida diaria de ese país, para referirme a dos frases a destacar respecto a la violencia:

“¿Por qué los esposos, padres, los cuñados e incluso las suegras tratan de manera tan brutal a las mujeres de su propia familia? ¿Son estos actos violentos consecuencia de una sociedad tradicional que repentinamente, luego de años de aislamiento y demasiada guerra, es arrojada al siglo XXI?

La otra, una frase de la parlamentaria Sahera Sharif: “Mucha de la violencia y la crueldad que ves ahora se debe a que la gente quedó loca por todas estas guerras”.




Me centraré sólo en la primera frase, considerando cómo nuestra sociedad mexicana y yucateca no ha podido resolver problemas ancestrales, de tiempos mayas antiguos y coloniales. Cómo coexisten una marginación que hace a mucha gente vivir como si todavía nos encontrásemos a mediados del siglo XIX, con un poderoso e inaccesible mundo tecnologizado: computadoras, lap-tops, cajeros electrónicos, tarjetas bancarias, mini-splits, teléfonos celulares, hornos de microondas, a los cuales mucha gente, sea por motivos económicos o generacionales, no logra acceder. Incluso, para muchas personas mayores de 40 años la televisión aún es percibida como un objeto mágico, costoso, difícil de asimilar, a pesar de las décadas que lleva imperando dictatorialmente en los hogares domésticos.

Pienso en una escena frecuente, en este caso, de hace pocos días cuando una mujer joven, vestida humildemente, acompañada de dos niños muy pequeños, pedía ayuda con voz angustiada en un cajero automático, por no saber cómo debía proceder para efectuar su operación. Alguien de los primeros en la fila, le brindó ayuda, pero la situación da un indicio del analfabetismo tecnológico que amplios sectores de la sociedad todavía padecen y el modo brusco en que se ha metido a una sociedad marginada en los avances de las últimas décadas.

Confrontación de costumbres y tradiciones ancestrales con cambios vertiginosos en la moda, en los materiales de los utensilios, en el crecimiento de la ciudad. Un mundo de inagotable ofrecimiento de productos, muchos de los cuales no sabemos cómo comer, o cómo manipular, o peor aún, para qué usar. Como el caso de una señora de ingresos modestos que preguntaba para qué servía una cafetera eléctrica recibida como obsequio hacía meses y que nunca había usado. Me atrevo a imaginar que quien se la regaló tampoco había sabido qué hacer con el aparato, que implica el uso de filtros y de café molido, no necesariamente accesibles en los sitios donde acostumbran hacer sus compras (y sin que, por cierto, sea el del café un sabor del cual todos sintamos el mismo disfrute).

Lo inalcanzable para millones de personas de ese avance vertiginoso de la tecnología, de esa compulsión de ofrecimientos para comprar productos, la saturante maraña de objetos, anuncios, marcas y comercios en que nos movemos, sobre todo con la insuficiencia del dinero y los consiguientes endeudamientos, nos están llevando a una especie de locura colectiva.

No hemos resuelto problemas ancestrales pero estamos forzando a amplios sectores de la sociedad a vivir en otro tiempo, en otras costumbres y modos de vida que no logran ser asimilados. A vivir en una desquiciante guerra de consumo. La gente tal vez proyecte su impotencia, su incomprensión, en gente más débil. De ahí tanto maltrato físico y moral, tanta violación, tanta violencia colectiva.

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