jueves, 20 de enero de 2011

“Ah Kin Chi”, texto y escena

Por Jorge Cortés Ancona


Respecto a “Ah Kin Chi”, de Hernán Lara Zavala, tenemos que hacer el comentario en dos aspectos generales: primero respecto al texto dramático y después en relación a la puesta en escena.

La obra, producida por el Grupo Teatro Hacia el Margen A.C., tuvo su estreno mundial la noche del pasado viernes 14 de enero, en el Auditorio “Silvio Zavala Vallado” del Centro Cultural Olimpo, dentro del Festival de la Ciudad 2011, que organiza el Ayuntamiento de Mérida, a través de su Dirección de Cultura.






Como texto nos encontramos en Ah Kin Chi con una percepción sesgada de los mayas, al analogarlos a los aztecas y su visión de los vencidos. Los dioses advierten que es inútil luchar, que inexorablemente las ciudades, la religión y el pensamiento mayas habrán de desaparecer para dar paso a las ciudades, la religión y el pensamiento del invasor. En los hechos esta sustitución ocurrió materialmente, pero de ninguna manera sin que gran parte del asolado mundo prehispánico persista de múltiples maneras, filtrándose, transformándose, manifestándose abiertamente, en todos los campos de nuestra realidad viva del Sureste mexicano.

Siempre agradeceré a la compañera de maestría que nos dio sustentados ejemplos de cómo mientras los aztecas asumieron una visión fatalista, definitiva, de su derrota ante los invasores, los mayas frecuentemente han opuesto resistencia a la opresión y día a día evidencian su voluntad por persistir culturalmente. Los mayas dicen “perdimos ahora, pero volveremos a recuperar el poder”.

Que hubo violencia bélica entre los propios mayas es un hecho demostrado. Pero en relación a la Conquista no se puede hablar de ello sin aludir siquiera a la otra cara, que es la de la violencia de los españoles.

No es asunto de que la ficción del texto se sujete o no de manera servil a las fuentes históricas, sino que se trata del propósito del texto en sí mismo. Aun cuando todo lo que se presenta en el escenario careciera de base real, y Tutul Xiu y Nachi Cocom fueran puramente entes de ficción como La Celestina y Tartufo, el texto sería para nosotros igual de injustificable en sus aspectos ético e ideológico.

La obra presenta una visión plana del mundo maya prehispánico y en desajuste con estos tiempos. No basta con decir que uno de los estandartes (“banners”) que conformaron prácticamente la escenografía incluía una pequeña foto relativa al neozapatismo y de que se mostraban collages con imágenes de gente de origen africano y de la esclavitud.

Esta obra parece una apología del mestizaje, muy a lo “500 años del Encuentro de dos mundos de 1992”, como la única manera posible de que los mayas siguieran vivos. Didáctica del sometimiento: mayas de ahora, entiendan que los dioses señalaron que no tenía caso enfrentarse a los invasores, y que sin embargo el violento Nachi Cocom y los de Sotuta decidieron contravenir el mandato divino y pelear. Pero el señor de Sotuta, que deja ciego a su huésped Ah Kin Chi, será derrotado, castigado y luego humillado al ser objeto de la piedad de los Xiues y de los españoles que lo dejan vivo y cristianizado. Así les va a pasar a ustedes si no se someten al dominio de los poderosos, por brutales que éstos sean.

Aunque parezca ser la intención, la obra no se abre interpretativamente en su conclusión, a pesar del doble juego final de hablar para la escena e interpelar al público. El hecho de que esta historia, aun siendo propia de la región, sea desconocida para amplios sectores de la sociedad yucateca influye también para que no se logre la pretendida apertura de sentido.

Es evidente que a Lara Zavala le es difícil entender la realidad indígena de otros tiempos y de hoy. Su celebrada novela “Península, Península” es loable por varias razones, pero tiene como una de sus partes débiles justamente la obtusa percepción acerca de los indígenas rebeldes en cuanto su mentalidad y su vida cotidiana.

¿Por qué montar ahora “Ah Kin Chi”, sobre todo cuando se está en medio de la polémica acerca del monumento a los Montejo, como manifestación del racismo ancestral y la maldad de las élites hispanoides de Yucatán? En el escrito de José Ramón Enríquez incluido en el programa de mano se celebra la obra por su significado anticolonialista, pero en realidad hay cuestiones sutiles del texto dramático que traslucen demasiada ambigüedad. Las palabras no siempre dicen lo que parecen decir.

Respecto a la puesta en escena, nos encontramos con un problema reiterado desde el siglo XIX, que es el del narrador metido a dramaturgo. En la gran mayoría de los casos encontraremos sujeción al aspecto verbal en detrimento de la expresión corporal y gestual, abuso de los parlamentos largos, lentitud en las acciones, dificultad para sintetizar con eficacia los hechos, escasa tensión derivada de la insuficiente concreción de escenas agónicas. Una narración dialogada sobre el escenario, más que una obra dramática. La lectura en silencio de ese tipo de textos puede en muchos casos ser disfrutable, pero su puesta en escena, por lo general, es insufrible.

En este montaje se notaron la pericia del director y las capacidades dramáticas de los actores para atenuar la pesantez de la obra con la conjunción de movimientos. El vestuario es contemporáneo, con ropa urbana informal, y se evita caer en los clichés escenográficos mayas y seudo-mayas. Todos los actores cumplen con su encomienda, con buena proyección de voz, control del espacio, manejo de cuerpo, todo lo cual, junto con las voces en off y las gradaciones de la iluminación a media luz, logran el cometido de mantener la atención del espectador, que de otro modo, muy probablemente se hubiera extraviado en los surcos de este monolito dramático. Lo bueno es que la obra dura solamente una hora y poco más.

El reparto se compone de Ligia Aguilar (Ix Kukil, hija de Tutul Xiu, que ha destacado como bailarina y aquí se integra sin complicaciones a la acción teatral; Miguel Ángel Canto (Nachi Cocom), con fuerte presencia escénica en su esfuerzo de voz y expresión; Sebastián Liera (Ah Kin Chi, sacerdote de Maní), quien cumple con creces la función de ser el eje actoral de la obra, además de servir de enlace entre las partes discordantes; Pablo Herrero (Tutul Xiu), que demuestra capacidad para un papel más solemne, donde el hieratismo es indispensable; y el adolescente Adis López Rodríguez (Francisco de Montejo Xiu), que carece de parlamentos y cuya presencia simbólica se expresa a base de movimientos.

En la dirección de este montaje, el poeta y hombre de teatro José Ramón Enríquez contó en diversos aspectos técnicos y escénicos con la colaboración de Ulises Vargas, Christian Rivero, Socorro Loeza, Cibele Rosa y los propios actores.


Por esto!, lunes 17 de enero de 2011.

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