viernes, 3 de diciembre de 2010

Una educación que niega la noche



Por José Castillo Baeza

Puesto que estamos inmersos en la llamada Sociedad de la Información ya no es necesario que la escuela sea el lugar donde el alumno acude a recibir un cúmulo de conocimientos, dado que a éstos se puede acceder, hoy en día, con facilidad desde cualquier parte y en cualquier momento. Lo que debe hacerse entonces es formar competencias en el alumno para que éste sepa cómo buscar el conocimiento que necesita y cómo canalizar esa información. El “saber hacer” más que el “saber en sí”. Tal parecer ser el planteamiento de los nuevos enfoques educativos que, además de lo mencionado, parten de la idea de que la escuela no ha enseñado a resolver problemas porque históricamente se ha centrado en proporcionar “saberes” que muchas veces se muestran distantes de la realidad cotidiana. Ante un mundo heterogéneo y cambiante donde lo que hay por todas partes es precisamente información, el alumno debe contar con herramientas para encarar esa realidad. A estas herramientas les han llamado competencias.




El planteamiento es seductor y quizá hasta potencialmente eficaz puesto que en realidad necesitamos que el estudiante aprenda a resolver problemas y que lo que aprenda le sirva en su vida cotidiana, que sepa y que sepa hacer; en realidad necesitamos “cabezas bien hechas” más que “cabezas llenas” como dice Perrenoud tomando como referencia a Montaigne. Sin embargo también es, el planteamiento digo, peligrosamente utilitario. Habría que preguntarse ¿Qué estamos entendiendo por conocimiento? ¿Qué hemos entendido por conocimiento?

En su maravilloso libro Antropología simbólica y acción educativa, Joan Cales Mèlich hace una crítica feroz a la educación en occidente, misma que fue labrada en los talleres de La Ilustración. Según Mèlich, la educación occidental posicionó a la razón como el único instrumento que tenemos para conocer la realidad. Logos por encima de Mythos. El signo por encima del símbolo. “… pero todavía hay algo más grave: identifican ‘conocimiento’ con ‘conocimiento científico’, con la racionalidad científica, y niegan el arte, a la literatura, al mito, a la religión o a la filosofía capacidad de conocer”. Sólo se abordaba la claridad del fenómeno humano, pero se escapa el lado oscuro, la noche múltiple, el silencio. Es como si desde el siglo XVIII el ser humano hubiese estado avanzando en la historia saltando en un pie. Y no sólo eso, sino que la educación ha centrado su atención en perfeccionar esos saltos; en depurar las técnicas para no cansar la pierna, en afinar las estrategias para brincar de puntitas o con el talón, según sea el caso… pero ¡nunca a caminar con ambas piernas!

Lo interesante de la propuesta del autor catalán es que no busca desdeñar el conocimiento científico y racional para darle lugar a Mythos sino más bien mostrar que el ser humano se expresa en ambos órdenes al mismo tiempo, y que la racionalidad no es propia de Logos. Al final se trata de entender que no hay nada que no sea real y que “todo lo real es simbólico y todo lo simbólico es real”.

A partir de las ideas de Mèlich cabría preguntarse: ¿Los nuevos enfoques educativos son lo suficientemente abiertos como para permitir “una educación del mito, que no es otra cosa que una educación de las formas diversas de la racionalidad”? ¿Todavía alcanza lugar la poesía o habrá llegado tarde? ¿Se está tomando en cuenta el valor epistémico del arte?

En la Era de la Información ¿podemos formar una competencia para decir la noche, para tocarla?

josecastillobaeza@gmail.com


Por esto!, 23 de noviembre de 2010.


1 comentario:

Ego dijo...

Repito lo que puse en FB:

Me parece muy bien tu crítica del sistema de competencias, en cuanto a que parece marcar la muerte del ideal renacentista de formar humanos con aplios conocimientos.

Pero en la segunda mitad de tu artículo criticas que se privilegie la enseñanza de las ciencias y de la razón sobre otras áreas del conocimiento humano, lo cual me parece que no viene al caso.

El sistema de competencias, producto de la ideología burguesa, es utilitario. Por lo menos en la educación en México, este sistema no privilegia las ciencias, ni proviene de que se le prioridad a éstas. En su utilitarismo desedeña tanto el conocimiento científico, como el humanístico. Para el burgués, que quiere que sus hijos sean empresarios y que los hijos de sus empleados sean empleados, es igualmente inútil que los alumnos sepan químca o física, como literatura y filosofía.

No es que en México se identifique el "conocimiento" con "conocimiento científico", simplemente se desdeña todo el conocimiento que no tenga relación directa e inmediata con la actividad económica.

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