sábado, 27 de noviembre de 2010

Por un beso en la boca



Por Jorge Cortés Ancona


Cuántos terribles crímenes no han provenido de haber intentado o logrado dar un beso en la boca a quien le puede parecer repugnante esa práctica. Puede parecer raro que muchas personas no tengan problemas en cuanto a tener relaciones sexuales con desinhibición y libertad pero que, sin embargo, sienten hondo rechazo a los contactos interbucales.

Desde hace años escuchaba testimonios de extrañeza de insignes putañeros por el hecho de que prostitutas con las que tenían trato frecuente y plena confianza no tuvieran problema en realizarles felizmente prácticas como el sexo oral, pero que mostraran una férrea resistencia a los besos en la boca. Jóvenes o maduras, podían aceptar el contacto bucal con un pene pero no con unos labios y una lengua ajena. En ellas no contaba para nada el razonamiento expresado con sinceridad por una amistosa prostituta, de que no besaba bocas porque acostumbraba besar penes y ello era una forma de ser derecha con sus clientes. El rechazo de aquellas prostitutas estribaba sólo en que, de plano, aborrecían los besos húmedos.




En muchas mujeres este rechazo ha de tener un origen cultural, ya sea por regiones o por etnias, como ciertas culturas amazónicas donde no hay repulsión por el sexo anal pero donde tanto a mujeres y varones les parecen asquerosos los besos de cualquier índole que sean.

Me atrevo a suponer que ese es un problema mayor en el mundo homosexual y uno que otro crimen (porque no me trago el rutinario y simplón cuento policiaco de que se deban a resistencia a un mero cambio de activo a pasivo y viceversa) pudo haber provenido de forzar un beso a la misma persona que no tuvo reparo en realizar otras prácticas homoeróticas. Como que el beso es algo íntimo, personal, que no se otorga ni se recibe fácilmente. Los besos son una extrema cercanía afectiva cara a cara, indicadora de un lazo más fuerte, que no necesariamente conllevan otras prácticas homosexuales.

Mis sospechas provienen de fuentes literarias, en específico de dos novelas setenteras de Hispanoamérica: “El lugar sin límites”, de José Donoso, y “El beso de la mujer araña”, de Manuel Puig, ambas llevadas al cine.

En la primera, La Manuela, personaje homosexual y trasvestido, está de parranda con dos parroquianos del burdel que administra. “La Manuela se inclinó hacia Pancho y trató de besarlo en la boca mientras reía. Octavio lo vio y soltó a la Manuela”. “-Ya pues, compadre, no sea maricón usted también…” (…) “-Qué me voy a dejar besar por este maricón asqueroso, está loco, compadre, qué me voy a dejar hacer una cosa así. A ver, Manuela, ¿me besaste?”. “La Manuela no contestó. Siempre pasaba cuando había un hombre tonto como el tal Octavio, que maldito lo que tenía que ver con el asunto y mejor sería que se largara. Comenzó a zamarrearlo”. “-Quiubo, maricón, contesta”.

Más adelante la aseveración de Pancho resume el problema: “-Una cosa es andar de farra y revolverla, pero otra cosa es que me vengái a besar la cara”. El desenlace tiene mucho que ver con este conato de beso del homosexual a su compañero de parranda.

En “El beso de la mujer araña”, donde Molinita, homosexual, cumple funciones de espía en calidad de compañero de celda y de sexo de Valentín, un activista político, el hecho se da de un modo afectivo y simbólico: “-Bueno, pero de despedida, querría pedirte algo…”. “-¿Qué?”. “-Algo que nunca hiciste, aunque hicimos cosas mucho peores”. “-¿Qué?”. “-Un beso”. “-Es cierto”. “-Pero mañana, antes de irme, No te asustes, no te lo pido ahora”. “-Bueno”.

Luego de una pausa silenciosa, Molinita le pregunta a Valentín: “-Tengo una curiosidad… ¿te daba mucha repulsión darme un beso?”. “-Uhmmm… Debe haber sido de miedo que te convirtieras en pantera, como aquella de la primera película que me contaste”. “-Yo no soy la mujer pantera”. “-Es cierto, no sos la mujer pantera”. “-Es muy triste ser la mujer pantera, nadie la puede besar. Ni nada”. “-Vos sos la mujer araña, que atrapa a sus hombres en su tela”. “-¡Qué lindo! Eso sí me gusta”.

La farra con homosexuales se permite, pero los miedos a contactos provenientes de ellos son otra cosa. Se da una pugna entre la autocompasión del que no puede dar ni recibir besos y el asco de quien los recibe. Sobre todo, el temor a una metamorfosis no sólo de quien besa sino, sobre todo, del besado. Tal vez de ahí la puerta de ciertos crímenes.

Por esto!, 15 de noviembre de 2010.

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