viernes, 19 de noviembre de 2010

El gigantismo y el poder

Por Jorge Cortés Ancona

En los años de las fuertes dictaduras del siglo XX europeo se proyectaron enormes monumentos que no se concluyeron o quedaron a nivel de maqueta. Sus dimensiones iban de la mano con el poder omnímodo que se arrogaban los gobiernos respectivos.




Un antecedente de ello, por demás uno de los más fascinantes por la integración de arte y ciencia dentro de una concepción estética netamente de vanguardia, fue el Monumento a la Tercera Internacional proyectado por Vladímir Tatlin, en Rusia, alrededor de 1920. Se trataba de una torre formada a base de una estructura en espiral de hierro y acero, que incluiría en su interior un cubo, una pirámide, un cilindro y una media esfera —todo ello en vidrio— que rotarían a distintas velocidades, con una inclinación en conjunto similar a la del eje de la Tierra y una medida que era una porción exacta del meridiano en que se ubica esa región del mundo. Este monumento dinámico alcanzaría con sus 400 metros mayor altura que la Torre Eiffel y a diferencia de ésta, incluiría servicios como una estación de telégrafos, un centro de reuniones y varias oficinas.

Con todo y su cientificismo, este proyecto abstracto-geométrico celebraba el desarrollo tecnológico alcanzado por la sociedad humana, pero los otros en cambio servían de legitimadores del poder y entronización del Estado como un hombre artificial, un Leviatán, como la estatua de Lenin que habría de medir cien metros y se colocaría sobre el Palacio de los Soviets en Moscú. En similares condiciones se proyectó la estatua de Benito Mussolini para ser colocada en un sitio que le permitiera dominar las Siete Colinas de Roma.

En el estudio “Guillermo Ruiz: estoicismo y heroicidad”, dentro del libro relativo a la obra de Guillermo Ruiz y la Escuela de Escultura y Talla Directa, de publicación reciente, el investigador Agustín Arteaga hace referencia a esas proyectadas estatuas de Lenin y Mussolini, pero también a la del héroe insurgente José María Morelos, en la isla de Janitzio, dentro del Lago de Pátzcuaro, Michoacán. Esa obra de Ruiz fue realizada de 1933 a 1935 y con sus más de 40 metros de altura presenta al prócer con el puño en alto, en un saludo de poder muy de la época. Arteaga señalaba que en principio podía pensarse como una influencia de la Estatua de la Libertad, de Bartholdi, pero que en realidad deriva de las estatuas de corte fascista como la de Mussolini, respecto a lo cual presenta algunos ejemplos con ese mismo saludo, sean monumentos o esculturas de caballete.

Fueron cinco proyectos de índole megalomaníaca en el mundo relativos a personajes y es curioso que sólo tres se hayan llevado a cabo: la mencionada de Morelos y dos de índole religiosa, que son el Cristo Rey (concluido en 1940), de Fidias Elizondo, sobre un edificio en el Cerro del Cubilete del estado de Guanajuato, y la del Cristo Redentor, en el Cerro del Corcovado (1931), en Río de Janeiro. Obsérvese que la estatua del primer Cristo se ubica en el corazón de la Guerra Cristera y cuna del sinarquismo, tendencia de ultraderecha vinculada al fascismo. El otro Cristo, ahora declarado una Maravilla de la Humanidad, se empezó a construir durante el período final de los gobiernos encabezados por la oligarquía cafetalera brasileña y es una demostración del poder de la Iglesia Católica en Latinoamérica.

La tendencia a esta gigantomaquia —término empleado por Carlos Mérida y retomado por Arteaga en otro escrito, en ese caso relativo a la escultura pública de la ciudad de México— se manifestó de otras maneras como con el Monumento a los Niños Héroes, obra de Ernesto Tamariz en Chapultepec calificada de fascistoide (sic) por Diego Rivera, así como otros monumentos con pretensiones de gigantismo. La relación proporcional de las dimensiones de esos monumentos con el poder cerrado y centralizado que los originó es más que evidente.

Por esto!, 4 de noviembre de 2010.

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