miércoles, 17 de noviembre de 2010

Celebrar la vida

Por Karla Marrufo

Pero lo que existe y no se puede contar y se siente aquí dentro, exige una palabra para decirlo […] Es como una palabra húmeda de misterio. Con ella no se necesita contar ni las estrellas ni los granos de arena. Hemos cambiado el conocimiento por la emoción: que es también una manera de penetrar en la verdad de las cosas.

Canek, de Ermilo Abreu Gómez

Más que en una sustitución, creo en las diversas maneras en que a veces se complementan el conocimiento y la emoción, así como en los instantes justos en que logramos advertir algo de la verdad que reside en las cosas. Creo también en los tiempos y en los ciclos, en las líneas invisibles que se van trazando año con año hasta dar forma a alguna pequeña certeza.




Los primeros días de noviembre tienen la cualidad de prefigurar el orden que la vida adquirirá para finalizar el año, y creo que esta organización tiene mucho que ver con la voluntad generalizada de recordar a nuestros muertos y de hacerlos presentes a través de rezos, altares, representaciones o la sola memoria personal. La celebración por sí misma implica dedicar pensamiento, acción, sonrisa o lágrima, espacio y tiempo al objeto del festejo y en más de un sentido, estos días dedicados a los difuntos suelen llevarnos –incluso involuntariamente– a esa emoción que penetra en la verdad de las cosas.

El poder del mes de noviembre sobre el curso de los días me llevó el domingo pasado (31 de octubre) a participar de la celebración del Día de Muertos en el CERESO. Como cada domingo -día destinado a la recepción de visitas a los presos-, el patio y los arriates se encontraban llenos de familias. Las sillas dispuestas en torno al auditorio estaban todas ocupadas y, a un lado, un amplio sector del jardín albergaba 18 casitas de paja con sus respectivos altares en el interior. En todas ellas había una cruz de cal o de ceniza para darnos la bienvenida y un par de buenos anfitriones que se encargaba de dar la explicación en maya y castellano.

Más allá de los dulces para las almas de los niños, las jícaras con atole, sal y agua; los platos de comida regional, los rosarios, los pibes, los pozos, las fotografías de los difuntos, los granos de maíz, el estoraque, las cruces en el altar y la tierra, me sorprendió esa vitalidad tan generosa con que familias enteras se reúnen para reivindicar las tradiciones y significados que cada año escucharon de la voz de sus padres y abuelos. Más que un concurso de altares, recorrer cada casita vino a ser palabra genuina y llena de misterio, mirada de gratitud desde las imágenes protagonistas de cada altar y desde la mesita siempre lista para el ánima sola.




Si la reiteración de las tradiciones es por sí misma un motivo para la celebración, no lo es menos el poder tocar con el teatro esas pequeñas cosas que importan. Por eso, luego del concurso de altares, asistimos a la presentación de la obra de teatro “Muerte por fermentación”, de la maestra Conchi León, quien desde hace un par de meses ha estado dirigiendo al grupo de teatro “Libertad” conformado por internos del penal y que dos semanas antes presentó su primera obra, “Los caídos del Bicentenario”.

Mirar a hombres que hasta hace muy poco tiempo no habían tenido un sólo contacto con el teatro desenvolverse en escena, crear sus propios vestuarios, trabajar/jugar ante sus familias y amigos, y asumir el compromiso de participar en una obra de teatro, es también acceder a esa palabra húmeda de misterio que entiende la verdad con la emoción y que se reitera al ver cómo ese público se involucra de la misma manera con ellos, siguiendo sus pasos, sus palabras y equivocaciones, el curso de sus acciones en escena, el gesto de gratitud, la gran sonrisa ante el aplauso final y los ánimos para emprender el siguiente proyecto que estará dedicado a las fiestas de diciembre.

Más allá de la muerte, me parece que tradición y teatro se han unido en el CERESO para celebrar, ante todo, la vida.

Por esto!, jueves 4 de noviembre de 2010.

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