miércoles, 13 de octubre de 2010

Vargas Llosa

Por Jorge Cortés Ancona

Decía el crítico marxista Gyorgy Lukács que aunque un escritor sea reaccionario en su vida y pensamiento, puede ser capaz de plasmar en sus novelas la dinámica cambiante de la realidad social. Tener la virtud de escribir ficciones realistas donde se historien narrativamente las contradicciones de una sociedad. Uno de sus ejemplos era Balzac, el monárquico adepto del Antiguo Régimen, pero en cuyas novelas –el vasto conjunto que conforma “La condición humana”- a través de vidas comunes y personajes de diversos sectores se percibe el vertiginoso ascenso de la burguesía a costa de la nobleza así como las transformaciones que produce la sociedad capitalista.

El punto de vista de Lukács es aplicable de lleno a Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nóbel de Literatura 2010, quien desde hace casi 40 años dio un giro hacia posiciones política y económicamente neoliberales, aun cuando en aspectos morales mantenga posiciones claramente progresistas. Sus novelas, en cambio, tienen la cualidad de plasmar personajes, situaciones, lugares y problemas que corresponden a Perú y otros países, pero susceptibles de ser extendidos a toda Latinoamérica e interpretables de manera universal.

Si Aristóteles decía en su “Poética” que la poesía es más verdadera que la historia porque ésta habla de lo que sucedió mientras que la otra habla de lo que podría suceder, con lo cual la poesía tiende a expresar lo universal en tanto que la historia expresa lo particular, encontramos esa condición de veracidad y universalidad en novelas que siguen siendo legibles, que no han perdido vigencia al paso de las décadas (algo que no podríamos decir de tantas novelas de Carlos Fuentes). Por eso, el también brillante ensayista y estudioso del género novelesco que ha sido Vargas Llosa habla de “la verdad de las mentiras”, la ficción que dice verdades perdurables más allá de su realización material o narrada.

En sus novelas despliega descarnadas disecciones del poder, sea la represión de una escuela militar en “La ciudad y los perros”, el terror y la ignorancia del fanatismo religioso en “La guerra del fin del mundo”, o las mañas con que se erige y se combate una dictadura en “La fiesta del chivo”.

Vargas Llosa emplea una técnica muy compleja en sus novelas, como en la impecable noveleta “Los cachorros” con la integración sintáctica y semántica de dos narradores en plural, donde uno habla en primera persona y el otro en tercera, o los tiempos que se superponen en “Conversación en La Catedral”, donde hasta tres conversaciones ocurridas en años distintos y con distintos personajes se van entrecruzando sin que ello evite al lector saber de qué conversación se trata (el pasado incide en el presente y en el futuro, se entrelazan y se superponen, como ocurre en la realidad).

Sin embargo, el escritor peruano no ostenta las costuras, no es de los novelistas que quieren impresionar con el uso de recursos inusuales que sólo terminan haciendo pesada una lectura y obligando a abandonarla luego de unas pocas páginas. En su caso, la técnica está al servició del relato narrado, es como un carril bien aceitado que hace fluir la novela y se integra al mismo tiempo al significado.

El conjunto de sus novelas ofrece una visión múltiple de la vida humana, incluyendo el erotismo, el arte, el humor, la cultura popular. A pesar de sus recelos hacia el indigenismo, ha sido incluso capaz de expresar un relato desde la interioridad mental de un indígena machiguenga en contraste con un narrador urbano, educado al modo hegemónico occidental, en “El hablador” y como novelista ha sabido ser congruente entre su reflexión sobre el género y su práctica novelística. Podemos sentirnos muy distantes de sus actuales ideas políticas y económicas, pero como lectores no lo estamos respecto a su condición forjadora de un amplio y rico universo novelesco.

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