jueves, 21 de octubre de 2010

Mutilaciones y cosmética


Por Jorge Cortés Ancona

¿Llegará el día en que la cosmética masculina y femenina incorpore las mutilaciones corporales? Al paso en que vamos, con la aceptación social de las perforaciones y los tatuajes, no sería raro que también se hagan amputaciones a capricho de miembros naturales para ser sustituidos al gusto por otros postizos.

Hace unos meses la revista Time publicó en su portada el doloroso retrato de una joven afgana a quien el marido talibán le había amputado la nariz y las orejas. En la foto el cabello disimulaba la ausencia de éstas, pero la falta de nariz sobresalía de manera imperante en el rostro. Más perturbador aun es que la belleza de la muchacha se haya podido sobreponer a esa carencia. Incluso, escuché a alguien decir con timidez que le parecía excitante ese rostro mutilado. Creo que al talibán que la mayoría de los varones llevamos en nuestro inconsciente le ha de remover el sedimento sexual milenario de los sacrificios y las laceraciones.




Días después de la salvaje agresión del depravado fanático, la muchacha huyó de su casa y logró asilarse en un refugio clandestino en su país, para de ahí ser transportada a California, donde hace unos días le implantaron un apéndice nasal artificial. De acuerdo con las fotos, su alegría fue desbordante.

El asunto de perder las narices no es nada nuevo. Según Fernando Benítez, en la época colonial se tiene noticia de un embarque de narices de madera que un comerciante extremo-oriental envió a la Nueva España a través de la Nao de la China. Al parecer, el oriental había hecho por encargo algunos apéndices nasales de madera a soldados españoles establecidos en Filipinas y quizá por ello creyó cosa común que los belicosos cristianos peninsulares y criollos anduvieran por el mundo con la cara lisa. Se desconoce cuál fue el destino de tan singular producto importado, pero es de suponerse que fue un total fracaso de ventas.

Una nariz de madera tal vez hubiera podido pintarse de colores. Ahora es un implante que a la larga posiblemente permita a los vanidosos lucir, según el antojo del día, apéndices chatos, aguileños, respingados y de gran calibre. Con colores o sin ellos, además de piercings y una que otra arracada o nariguera colgando de las fosas nasales. Total, que así ni duele.

En tiempos prehistóricos eran usuales, al parecer, las mutilaciones de falanges, tal como se ve en los dedos de muchas manos “en negativo” de la pintura rupestre, en las que se apoya la palma sobre una pared de la cueva y se sopla el pigmento alrededor, dejando de ese modo impresa la huella de la mano en un entorno coloreado.

Entre pueblos indígenas sudamericanos que vivían como cazadores-recolectores eran también comunes las amputaciones de falanges en señal de duelo a la muerte de familiares varones muy cercanos, tal como entre otros señaló el navegante portugués Pedro López de Souza en 1531: “cuando muere alguno de ellos según el parentesco, así se cortan los dedos: por cada pariente una articulación; vi que muchos viejos no tenían más que el dedo pulgar”. Hace uno o dos años, en una de esas noticias de agencia que circulan por internet, se habló de un experimento a base de células madre que permitió regenerar la falange mutilada de un individuo. Desconozco la veracidad de la información y si fue un éxito comprobado.

Por supuesto que la prueba mayor de todas estas sustituciones es la de los implantes de pechos, que en algunos países ya son incluso regalos para las quinceañeras. Fuera del dudoso criterio visual que pretenda verlos bellos, los senos postizos son rígidos e insensibles. Prefiero la suavidad y el estremecimiento de las turgencias naturales, en las que de verdad –virilmente hablando- el tamaño no importa.

Hay tanta irracionalidad en el voraz mundo comercial de la cosmética y la moda de uno y otro género, con tanta sumisión colectiva a sus dictados, que así como ahora abundan las tetas postizas no se ve lejano el día en que por razones estéticas del más puro capricho personal y no por causa de enfermedades o accidentes, se presuman narices, orejas, labios, manos, brazos, piernas y hasta penes y testículos artificiales. Aunque no sientan ni produzcan nada.


2 comentarios:

Mario A. Carrillo R.-Valenzuela dijo...

Muy buen artículo, Jorge! Concordamos contigo.

saludos cordiales de parte de Lilia y mía!

LLIRED dijo...

Me ha gustado mucho este artículo, felicidades.
He tomado nota de los datos históricos respecto alas mutilaciones.
Y comparto la preocupación por la manera en que se ha insertado en la estética cotidiana, no sólo los implantes, sino las mutilaciones.

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