domingo, 10 de octubre de 2010

Evocaciones


Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz1


Halaga ser invitado para hablar de Salvador Rodríguez Losa, cuya personalidad inagotable en acciones e ideas humanas, hace difícil un esbozo de su vida y su obra. En cambio, quizás puedo evocar alguna faceta de su pensamiento, desde la luz de los recuerdos que de él conservo y de sus enseñanzas perennes, a los que acudimos algunos de sus ex alumnos a la hora de surcar el difícil arte de la vida. Hace apenas unos días, por ejemplo, me tocó hacer una glosa a la conferencia de Miguel Limón Macías, director de la Comisión Nacional de Libros de Texto, acerca de la paternidad de la idea de los textos gratuitos en México, atribuida a Adolfo López Mateos, bajo consejos del poeta Jaime Torres Bodet. Como en otras ocasiones, precisé echar mano de uno de sus adagios favoritos, que dice: “los triunfos tienen muchos padres, pero las derrotas son huérfanas”. No entraré en los detalles de las acotaciones que expuse en esa conferencia, pero deseo advertir que si se desconoce la desbordante personalidad de Salvador, y su dominio pleno de la sabiduría popular yucateca, se puede pasar por alto que detrás de la sencillez de sus aforismos, subyace su fascinante mundo de la duda, el cual lo llevó a indagar cualquier verdad prefigurada. Alguna vez, en el café Sevilla lo escuché conversar y contrapuntear apasionadamente, con Clemente López Trujillo y Leopoldo Peniche Vallado, respecto al general Lázaro Cárdenas. Quedé sorprendido con los bien delineados rasgos de la personalidad del general Cárdenas que ofrecía Salvador Rodríguez a sus interlocutores, quienes figuran en una obra de Nicolás Guillén, como anfitriones de la visita de Cárdenas a Mérida, en abril de 1961. En cuanto se retiraron López Trujillo y Peniche Vallado, quise saber más cómo había conocido Rodríguez Losa a Lázaro Cárdenas, y entonces me fue detallando la asombroso historia de él y su primo Mario Renato Menéndez Rodríguez relativa a las investigaciones y la génesis de la obra, "Yucatán o el genocidio", cuyos resultados preliminares dieron a conocer en una entrevista que tuvieron con el general Cárdenas. Años más tarde, por voz de Menéndez me enteré que Salvador interpeló al mismísimo Lázaro Cárdenas, respecto a las dudas que aún tenía de la corrupción henequenera denunciada por Mario Renato, expresándole más o menos lo siguiente: “General, no vale la pena discutir con mi primo, todo lo que ha visto es verdad; a mí me consta que no dormía por ir al campo y verificar su trabajo”.

El corolario de ésta que da la impresión de ser una simple anécdota, fue en verdad una gran enseñanza que puso al relieve cuán auténtica y profunda era la vocación de Salvador Rodríguez por la duda, cuyos signos de interrogación guiaron su vida intelectual y política, actitud que, por cierto, contrastaba con la infinita bondad y tolerancia que lo caracterizó como amigo y como maestro. 

No deseo agotar su paciencia con adagios y anécdotas de una vida que bien merece elogios por haber obsequiado su nombre para el premio anual instituido por la Confederación de Profesionales de la Península, y que como en esta ocasión, se otorga a personalidades distinguidas del medio profesional. Me gustaría, sin embargo, reparar en la rara virtud que poseía Salvador para hacer sentir a cada uno de sus amigos, que era su mejor amigo y que confiaba en él, más que en cualquier otro amigo. Cuando falleció, recuerdo haber visto sollozar a comunistas, católicos, masones y políticos variopintos, asegurando cada cual que perdían a uno de sus mejores elementos, o a su militante más comprometido. Y no es que Salvador fuera ecléctico, nada de eso, él era un librepensador que hacía sentirse cómodos a sus adversarios, fue dueño de un humor incomparable y se autoproclamaba príncipe heredero del apodo de su padre. Amó como pocos la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY y a todos los que de ella egresamos, la sirvió desde su fundación hasta su sentida muerte y no tuvo claudicaciones de última hora. No cultivó enemistades, pero si a alguien le caía mal, y le decían que era por envidia, respondía sosegadamente con otro de sus adagios ejemplares: “Nadie es monedita de oro…”

Confieso que si bien sé que debo concluir pronto esta intervención, no encuentro la manera de hacerlo, porque al pensar en Salvador Rodríguez acuden a mi memoria, y desde luego a mi corazón, momentos prominentes de la vida en los que gocé de su compañía cálida, siempre alentadora y no por ello menos implacable, frente a cualquier dejo de injusticia, o contra las cosas absurdas en las que suele uno caer por las bajas pasiones humanas. Sirvan entonces estas sencillas palabras como resumen de su vida ejemplar, de su magisterio universitario, y acaso como un homenaje en este hermoso acto que celebra el talento de quien fue mi profesor más querido en el Alma Mater.


1 .- Palabras pronunciadas el 9 de octubre de 2010, en ocasión de la VI entrega del Premio Maestro Salvador Rodríguez Losa, conferido por la Confederación de Profesionales de la Península de Yucatán.

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