lunes, 20 de septiembre de 2010

Emilio Vera Granados, en primer plano (*)


Por Jorge Cortés Ancona

En una ocasión, uno de nuestros más conocidos escritores brindaba una charla acerca de los artistas plásticos que habían plasmado el tema del henequén. A pesar de que en el breve tiempo de que disponía ofreció una abundancia de datos, algo le hizo falta. Al final de su intervención, desde mi asiento como parte del público, le comenté que podía entender que no hubiera mencionado a tal o cual pintor joven, o a tales o cuales artistas de otras regiones, pero que era imperdonable que respecto al tema del henequén en el arte no hubiera mencionado a un artista plástico que estaba sentado a menos de metro y medio de distancia, justo enfrente de él. Que hubiera omitido en su relación nada menos que a don Emilio Vera Granados, por añadidura gran amigo suyo.




El escritor se llevó la mano a la frente, muy apenado, y dio una disculpa que envolvía una extraña verdad: “Es que a don Emilio Vera lo llevo tan adentro, tengo un afecto tan entrañable por él, que ya no lo veo”. Y digo que se trata de una extraña verdad, porque don Emilio está en todos los ámbitos de nuestra cultura, es una presencia tan constante, tan amistosa, tan entrañablemente paternal, que ya no lo vemos. Pero hoy, en esta noche, es sin duda una presencia visible, a quien todos celebramos por su trayectoria en las artes plásticas pero también por su bondad, por su don de gentes. Para hablar de él se requiere un tono alegre, humilde, claro y preciso, como es su propia personalidad.

Don Emilio no ha dejado nunca de estimular a las nuevas generaciones de artistas visuales. Lo vemos en las exposiciones con su lupa mirando con detalle cada cuadro, elogiando lo que le parece valioso, entusiasmado como alguien que está descubriendo el mundo día a día, incansablemente.

Es un animador nato de nuestra vida cultural. Don Emilio siempre tiene la frase de aliento en la boca, ¡él que tanto habla en superlativo!, lo cual se le agradece porque no es un cultivo cualquiera el que expresa sino una palabra transmitida de corazón.

Su rutina es envidiable. A los 89 años demuestra un vigor que perfectamente puede resumirse en las andanzas que relata felizmente su señora esposa. Un domingo de don Emilio Vera incluye paseos por galerías de arte, por plazas comerciales, largas caminatas admirando nuestra arquitectura, idas a misa, bien surtidas comidas y mucha música. Hace en un día algo que muchos no hacen en una semana.

De esa vitalidad quiero contar una anécdota, como testimonio de ese temple que se revela en todos sus actos. En una tarde, hace algunos años, varios personajes de nuestra vida cultural departíamos en un almuerzo algo improvisado, y en un momento dado, de manera involuntaria, alguien vertió en el vaso medio lleno de don Emilio otro tipo de cerveza. Me alarmó esa indebida combinación y lo expresé de inmediato. Pero en seguida escuché una voz demasiado convincente: “¡Deja en paz a don Emilio! ¿Qué te crees, que porque estás más joven lo vas a llevar arrastrado? ¡Escúchalo bien: él te va a llevar arrastrado a ti!”. Y al final del almuerzo demostró ese control que siempre ha tenido. No vayan a pensar que me llevó arrastrado, por favor, sino que tuvo la entereza de llevar a tres de los comensales a sus respectivas casas, manejando su pequeño y antiguo automóvil. Un hombre en verdad infatigable.

Emilio Vera es grabador en los dos grandes sentidos de la palabra. Lo es por la noble disciplina artística en la que se ha distinguido pero también por su interés en grabar en casetes las conferencias, discursos y presentaciones de libros a las que asiste, lo cual habla de su incesante interés por las actividades culturales.
Su vida artística abarca cuando menos 75 años y atraviesa la historia de nuestras artes plásticas del siglo XX hasta la fecha, ya que algunos de los forjadores de la Escuela de Bellas Artes, fundada en 1916 por Salvador Alvarado, fueron sus maestros pero también lo fueron varios de los primeros y más distinguidos discípulos de esa misma escuela y él mismo ha acompañado como maestro, colega y espectador a todas las generaciones subsiguientes.

En materia de artes gráficas ha realizado infinidad de portadas e ilustraciones de libros, ha diseñado invitaciones, carteles y programas de mano. Su labor incluye también importantes colaboraciones con la heráldica y la numismática. Dígalo en el primer caso el Escudo de Armas del Estado de Yucatán, del que es autor en lo que corresponde a la parte propiamente plástica, al igual que de los escudos de armas de varios municipios yucatecos.

Amigo de poetas, ilustró varios libros de poemas y por ello vemos imágenes sobre el mar, la soledad y las ensoñaciones en Esquema poético del mar y en Dimensión de la nube, de Carlos Moreno Medina, o representaciones del henequén y de nuestra gente campesina en Rocío en las pencas, de Ermilo “Chispas” Padrón, entre otras muchas obras.

Se premia a don Emilio por su trayectoria en las artes pero también por su generosidad en materia artística, por ser un conciliador, buen amigo de todos. Don Emilio nunca ha armado problemas, sino que ha procurado soluciones a los verdaderos problemas. Una de ellas fue la elaboración empírica del famoso tórculo de la Escuela de Bellas Artes para hacer posible el arte del grabado en Yucatán.

A don Emilio se debe la revaloración de esta noble arte, una disciplina artística que a menudo no es apreciada en su debida magnitud por el público, a pesar de que vivimos en la tierra de Picheta, uno de los más antiguos y más grandes grabadores mexicanos, y de que hemos tenido un respetable número de destacados grabadores como Pancho Vázquez, con quien don Emilio viajó a México gracias a la beca concedida por el Gral. Lázaro Cárdenas en 1937; como Fernando Castro Pacheco, a quien todos conocemos por sus valiosos murales que son un dignísimo marco de este hermoso recinto donde nos encontramos ahora, pero que también es un extraordinario grabador; como Alberto García Maldonado, Rubén Pérez Morales, Manuel Cachón, Raúl Gamboa Cantón, Manuel Herrera Cartalla, Jorge Euán y Jaime Castellanos. Deseamos que esta medalla sea una oportunidad para reivindicar la importancia artística del grabado, arte que -al contrario del fetiche de la obra de arte única- implica la reproducción en serie, con una técnica compleja a partir del uso de mecanismos y con toda la capacidad de ser un campo propicio para expandir la creatividad de un artista.

En su aprendizaje de las técnicas de grabado en metal, madera y piedra, don Emilio fue discípulo del artista eslovaco Kóloman Sókol y de Francisco Díaz de León, justo el redescubridor de Picheta. Precisamente en el acervo del Fondo Díaz de León se encuentran dos impresionantes grabados de tema social realizados por don Emilio a fines de los años 30. Uno es el aguafuerte “Hambre”, y otro el grabado en madera de hilo titulado “Transformación”. Por sus méritos en el desarrollo de las artes del grabado, el Instituto de Cultura de Yucatán decidió que el taller de litografía del Centro de Artes Visuales lleve el nombre del maestro Vera.
Don Emilio es también pintor y dibujante, uno de nuestros viejos maestros como lo son también Ermilo Torre Gamboa, Rolando Arjona Amábilis, Manuel Lizama, Fernando Castro Pacheco y Rafael Pinto Aranda. Todos ellos conforman una generación que es una verdadera honra para nuestro Estado, y es digno de remarcarse que estos cinco artistas plásticos que he mencionado, al igual que don Emilio, estén aún vivos y activos. De 79 años el de menos edad, de 97 el mayor. Pero vivos y activos.

Don Emilio ha sido personaje frecuente de los retratos de grupo de artistas plásticos y escritores, pero también es autor de uno de los principales autorretratos de la plástica yucateca. Un autorretrato fechado en 1945. En primerísimo plano, un joven de 24 años, de frente ancha y cejas pobladas. La posición del cuerpo es oblicua, con pliegues en el cuello que indican la fuerza de la torsión del cráneo. Al fondo, un paisaje de ambiente surrealista muestra un cielo grisáceo, una formación pétrea a la izquierda, algunos arbustos a los lados y unos delgados troncos secos atravesados por hamacas. Cada ojo parece mirar a un punto distinto. Uno más centrado en la realidad, el otro más introspectivo. Es el cruce de varios tiempos encarnados en una persona: el que transcurre, el que reverdece, el que siempre ha estado ahí viéndonos y siendo visto: una amable presencia permanente, que es decir ,el primer plano en que siempre habrá de estar don Emilio Vera Granados.

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