martes, 7 de septiembre de 2010

Bienvenido al siglo XIX


Por Jorge Cortés Ancona


La máquina del tiempo se detuvo y todavía estamos en el siglo antepasado. El mundo se divide de modo inmutable entre la civilización y la barbarie. Y la segunda es representada por esa raza degenerada, depravada, en decadencia irreversible, que es la maya.

Bárbaros, salvajes, hordas de fieras, bestias de dos patas, tribus depredadoras del progreso. Nada les debe Yucatán a ellos, salvo lo que hicieron –seguramente bajo la dirección de algún apóstol bíblico de poderes extraterrestres- del año 1300 para atrás.



El suplicio de Jacinto Canek en diciembre de 1761


En este inmovilizado siglo XIX bien podemos multiplicar el justísimo coraje de don Justo Sierra O’Reilly hacia los mayas rebeldes: “Yo quisiera hoy que desapareciera esa raza maldita y jamás volviese a aparecer entre nosotros”. Podemos repetir a voz en cuello su justísimo deseo: “yo los maldigo hoy por su ferocidad salvaje, por su odio fanático y su innoble afán de exterminio”.

Pobres los Montejo tan ingenuos y bienintencionados, pobres los santos Gaspar y Melchor Pacheco tan inocentes, pobre sociedad meridana de la clase alta de mediados del XIX tan decente, tan honrosa, tan merecedora del título de “ciudad blanca”. Blanca esta sí, no como la otra, quemada por el sol y con las manos callosas por el indigno trabajo manual. Ninguno de ellos quiso el exterminio, claro que no. Vivieron en estas tierras procurando generar riqueza para todos, compartirla con todos los sectores.

¿Por qué iban a exterminar a los mayas si tanta falta les habrían de hacer para que pueda producir esta tierra donde el maíz, el frijol, la calabaza, el algodón y el henequén crecían sólo por la gracia de Dios, de modo natural como los animalitos de la selva? Eran tan brutos esos pobres mayas, que sólo por su vandalismo podían llamar la atención de la gente civilizada.

Es menester entender que el verdadero estudio de la Historia se detuvo en las primeras décadas del siglo XX y sólo el sector hispanófilo de este Yucatán sobrehumano, honra y prez de esta subdesarrollada nación llamada México, merece la mención de sus loables hechos. En cambio, los historiadores de ahora son una vergüenza para la raza blanca, la única dotada de razón en este mundo.


¿Cómo está eso de querer justificar las acciones de Nachi Cocom porque estaban defendiendo su tierra de la “invasión” española? No, si los españoles se empeñaron santamente en dominar esta tierra con los nobles fines de evangelizar a estas manadas de impíos, todavía en manos de Satán por su antropofagia, su poligamia y su sodomía. Y fueron víctimas de la ignorancia y la maldad de los indígenas. Y son víctimas de la ignorancia y la maldad de una horda de fanáticos que quiere derribar el edificante Monumento a los Montejo, preclaros, heroicos, visionarios fundadores de la ciudad más ciudad de esta tierra que debió seguirse llamando eternamente Nueva España.

Baldón para esta raza maldita, olvidados sean para siempre esa caterva de salvajes llamados Nachi Cocom, Jacinto Canek, Manuel Antonio Ay, Jacinto Pat, Cecilio Chi, Bonifacio Novelo, Juan Cupul, Salvador Alvarado, Felipe Carrillo Puerto y todos los que entre ellos, alrededor de ellos y detrás de ellos han pretendido infamar la casta de los que verdaderamente importan en Yucatán, de los que por designio divino deben detentar la superioridad y las riquezas.



(Cómo ha mostrado el reluciente cobre el caballerito cuyas ideas traducimos a lenguaje castizo. Con gusto le dedicamos esta larga cita de un hombre que también merece ser infamado por sus ideas comunistas y por no respetar el único arte que vale, que es el arte académico. Ese infame respondió en vida al nombre de Diego Rivera y éstas son sus palabras con motivo de la justa y explicable muerte del socialista motuleño en 1924:

“Pero el líder, grande por todo eso, lo fue aun más porque su trabajo se desarrolló por la raza indígena, y esa es la verdadera causa de su condena a muerte, porque en México, como en el sur de Estados Unidos, alienta entre el criollo, inferior y pretencioso, un odio feroz por todo ser y cosa que sea genuinamente americano. Indudablemente, en la conciencia de estos infrahombres (cuyos antepasados, atónitos e incomprensivos ante ella, destruyeron a coces, ayudando a sus caballos, la maravillosa civilización mexicana) existe el convencimiento de que cuando la raza indígena entre a la civilización mecánica actual, ellos tendrán que perecer por ineptos; de aquí ese título de novela por entregas.

Pero el criollo, con sus capuchones blancos, sus trajes de charro, sus salas de banderas multicolores, no asusta a nadie, ni siquiera a sí mismo, y sólo sigue siendo, en los cortos días de poder que le quedan, lo que siempre fue -para lo que nació-: vil lacayo del europeo”).


2 comentarios:

Felipe dijo...

Disculpe, pero alguien me podría decir ¿quién escribió este texto tan racista, fanático y falso?, ¿a caso fue Justo Sierra?
Me asombra el racisco actual y pasado en Yucatán.

songokuu83 dijo...

Encantador que solo se vea el racismo del autor, pero no del racismo salvaje que profesaba el patán de Diego Rivera y la forma en que descalificaba a la raza criolla, al igual que la mayoría de los bastardos rojos e indigenistas que polulan por esta nación.

Y no, Justo Sierra Méndez no escribio eso, de hecho era uno de esos indigenistas liberales que alababan -y sobrevaluaban- las culturas mesoamericanas dándoles elementos casi míticos, aunque -al igual que el propio Juárez- detestaban a los sobrevivientes.

No entiendo como a unos les sorprende el racismo cuando es algo tan natural en el ser humano desde sus inicios, forma parte de nuestra condición al igual que la capacidad de amar o crear. Y en una sociedad como México, con sus diferencias tan marcadas entre poderosos y asalariados, es natural que exista entre una clase y otra.

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