viernes, 6 de agosto de 2010

Yucatán sin Cholo

Por Jorge Cortés Ancona

La sonrisa envolvedora y los ojos a punto de salir volando. Tal vez ese sea el recuerdo más inmediato de Héctor Herrera “Cholo” dentro y fuera de los escenarios. Un rostro embebido de felicidad.



Popular en verdad, mencionable en cualquier situación por su capacidad para improvisar y por sus chistes, su imagen social nunca dejó de ser constante aun en los momentos más álgidos de su enfermedad. Era un referente vivo para todo yucateco, una presencia que atravesaba clases sociales y grupos de edad.

Para muchos era un orientador acerca de lo que estaba ocurriendo en Yucatán. También un cohesionador de la sociedad en momentos en que podía haber habido una fractura. Su solución era el humor, un humor a la yucateca y, más aún, un humor al estilo Cholo, con ingeniosa espontaneidad al igual que con moderación en los dobles sentidos sexuales.

Su vida fue el teatro y para gran parte del público todo en él tenía que volverse humor teatral. Sin embargo, a pesar de ello, fue versátil en su labor actoral, como lo demostró en el papel del lacónico y solitario anciano de la película Lake Tahoe o en obras que nada tenían que ver con el teatro regional.

Quizá haya sido difícil para él que los espectadores se hayan empeñado en encasillarlo en un sólo rol, que su capacidad interpretativa no haya sido valorada igual por el público cuando se trataba de otro tipo de personajes y otro tipo de obras.

Era brillante en sus parodias de telenovelas (“¡Oh, Rina!”, “Mirando a tu mujer”), o para dar títulos a situaciones de actualidad, que en la misma frase concentraban todo lo que estaba ocurriendo (como “El pan dulce de cada día”, a principios de los noventa) o como en un caso que me gusta recordar: una solución irónica al cultivo de algún ocioso guasón, que dio lugar a que durante días hubiera caravanas de yucatecos yendo a ver los ovnis que supuestamente se avistaban en el municipio de Homún. Cholo dio mate al asunto cuando dio con la clave real de lo que suponemos había desatado el fervor ufológico: “Los platillos de Homún… y queso”, aludiendo también al tipo de sándwich de moda en esos años setenteros.

Con sólo mencionar la palabra “Cholo” se podía generar sonrisas en Yucatán. Podía ser un momento feliz sin importar si la mención venía al caso o no. Decir “Cholo” era hacer uso de un imán con el cual se atraería a todo tipo de público.

En nuestra niñez fue el cómico superhéroe “Cholomán” y también el que publicitaba la presentación de a litro de una bebida de cola. Fue también el chino de los “plecios balatos” de una cadena local de supermercados. No pudo faltar que fuera rey feo del carnaval. Por ello, estaba en todos lados y convencía.

Eso explica que hace treinta años haya habido excursiones turísticas que se publicitaban con Cholo como guía: para mucha gente esa sería razón suficiente para el viaje, una verdadera relajación que superaba las posibles maravillas a visitar.

Su peso en la sociedad se notaba en uno de los rumores más usuales en toda elección de veinte años atrás, que era la de que en los recuentos aparecían miles de votos proponiendo a Cholo para el cargo de que se tratara en la boleta. Eso no ocurrió en su demasiado tardía candidatura, cuando no era ya el momento para que su participación política fuera motivadora para una sociedad con crisis recurrentes.

¿Por qué los partidos más fuertes de Yucatán no recurrieron a él cuando estaba en plenitud de condiciones físicas y cuando se requería para levantar los decaídos ánimos de una sociedad que se empobrecía, sobre todo en los ochenta y a mediados de los noventa?

La noticia de su muerte llegó en pocos minutos a todos lados, y en todos los casos fue la misma lamentación, el mismo desaliento. Yucatán tendrá que acostumbrarse a vivir sin Cholo, sin su crítico más popular, su voz más llena de alegría, quizá la encarnación final de una manera de ser del yucateco.

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