lunes, 30 de agosto de 2010

Otras estatuas


Por Jorge Cortés Ancona


Con motivo de las justificadas protestas contra el monumento a los Montejo, que han permitido sacar a la luz auténticas perlas de insensatez ultraderechista, se ha hecho mención de otros monumentos que merecen ser reubicados o, en su caso, realizados, a fin de hacer justicia a sucesos históricos que fueron positivos para la mayoría de la población yucateca.

Antes que nada, tengo bastantes reservas contra ese culto idolátrico a determinadas figuras. Un culto que es una forma de religiosidad travestida de laicismo, pero igual de fanática. La historia no se hace sólo por redentores, caudillos que hubiesen luchado solos contra formidables ejércitos o que hubieran transformado la realidad social por el puro magnetismo de su personalidad.



¿Por qué no erigirle estatuas al sufrido y heroico pueblo yucateco, a la población maya, a los trabajadores henequeneros, a las mujeres de estas tierras? ¿O, a semejanza de nuestro ejemplar Monumento a la Patria, erigirlos a hechos colectivos, de masas, como fueron la Independencia de México, la Guerra de Castas o la Revolución Mexicana?

Volviendo al tema de los próceres, comparto la propuesta de que haya un monumento a Salvador Alvarado en un lugar socialmente visible, transitado, de Mérida. Que le rinda tributo a este personaje que no ha sido nunca del agrado de las clases económicamente poderosas de nuestra entidad, que -aparte de detentar la riqueza- han pretendido manipular la historia para legitimarse ante la sociedad, la cual a su vez concibe como sinónimo de un limitado sector de la clase alta.

Tendría que crearse una estatua nueva de Alvarado, porque la que estuvo en Cordemex y hoy está medio escondida en una avenida escasamente transitada, tiene connotaciones que no van acordes con la sociedad contemporánea.

Si bien dicha estatua corresponde a otro momento histórico, la concepción justificadora del paternalismo político y del clientelismo no es algo digno de celebrar en estos tiempos de reivindicación de los pueblos originarios de América.

Decimos esto porque la estatua plasma al general sinaloense abrazando a un campesino maya y mostrándole el camino. Aunque Alvarado no era alto, aparece con dimensiones bastante mayores que el campesino y ese abrazo implica una buena dosis de minorización del maya, como si requiriese necesariamente del apoyo de un político revolucionario para ser protegido y saber por dónde avanzar.

Es verdad que esa protección y esa indicación del camino fueron acciones reales de Alvarado, pero no fueron producto de una capacidad mágica o de un poder sobrehumano, sino de una serie de factores y condiciones que le permitieron marcar un cambio sustancial en la vida de Yucatán.
Y quienes concibieron esa escultura parecieran estar justificando una minorización del indígena y del campesino, como si fueran gente débil que sólo puede ser sostenida por un poder político superior.

Esta concepción es muy similar a la del obelisco a Felipe Carrillo Puerto que se encuentra en una glorieta del Paseo Montejo. En esa obra de Tomassi, el prócer motuleño es plasmado como un hombre enorme (él sí era alto) que abraza paternalmente a dos semidesnudos mayas –varón y mujer-, que por las dimensiones mismas ya son entendidos como menores de edad.




Pero este monumento a Carrillo Puerto fue erigido en un momento en que era necesario un contrapeso a la carga retrógrada de ese Paseo y ello justifica que permanezca ahí en el futuro. Respecto al de Alvarado, sí habría que cambiarlo de lugar a fin de hacerlo más evidente para toda la población, aunque me parece mejor que se esculpa otro donde se vea a este político, militar e intelectual visionario en un plano más equitativo respecto a la sociedad yucateca, más activo por sus propios ideales y no como un legitimador del gastado paternalismo político.


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