viernes, 9 de julio de 2010

Réquiem por un novelista


Por José Castillo Baeza



La muerte también es lectora
Rosa Montero



De Chetumal no queda sino la respiración apagada de un sueño. Prometí no regresar jamás, para que los veranos me muestren la bahía descansando, como una gata, bajo los pies de mi niñez. Pero las uvas de mar no han querido volver a ser las mismas, quizá porque yo mismo aún escudriño en sus olores olvidados.

Desde la memoria y la inventiva, visito las huellas de mis pasos, aunque la tierra ya no guarda registro de quién fui. Y, desde su mirada celosa, recrimina mi viaje. Quién lo diría, el polvo que envejece las cosas, poco tiene de anciano.



Mucho hay de misterio en la literatura; los libros pueden llevarnos por caminos que a veces nada tienen que ver con lo que estamos leyendo; algún signo caprichoso se cuelga a menudo de un recuerdo o de un olor y, de pronto, estamos ya en otra historia que leemos entre líneas.

Pienso en esto luego de recibir muy temprano un mensaje de mi papá: “Viejo, malas noticias para la literatura: murió Saramago”. Y entonces, inevitablemente viene a mí aquel verano en que Judith me regaló Ensayo sobre la ceguera, cuando todavía mis dedos no tenían callos para pasar las hojas y aún veía los libros como objetos ajenos a mí. Por eso lloro con palabras la muerte de un hombre que dejó de escribir durante 20 años porque “no tenía nada que decir”, pero que cuando dijo, nombró los recovecos más profundos de la condición humana. Y fue condenado por las buenas conciencias, sólo porque evidenció la verdad insoslayable de que lo divino no es más que una extensión apócrifa de lo humano; de que el grosero catolicismo —como diría don Miguel de Unamuno— apenas tiene nada de cristiano.

Dios y la muerte (“la muerte es la inventora de Dios”), nuestros dos grandes vacíos, tratan de encontrarse siempre en las páginas de Saramago. Cuando por fin lo hacen, la lectura nos barrena el pecho, sacude nuestras superficialidades y prejuicios, queda de nosotros un niño asustado y solitario.

Quizá por eso, muchas novelas del escritor portugués parten de un suceso fantástico que carcome a mordidas la realidad: una ceguera blanca se expande por todo el mundo, aparece un hombre duplicado, las personas dejan de morirse, Jesucristo se niega al sacrificio en la cruz… "Sí, pero en mis fantasías hay mucha lógica, y esto ocurre en muchos de mis libros. Le propongo al lector un punto de partida que puede parecer absurdo. Pero después, el desarrollo es siempre de una lógica impecable", dijo en una entrevista a El País el año pasado. Y es a través de esa lógica impecable que el Nóbel portugués nos enseñó a contar una historia donde los diálogos y las voces, los personajes y el narrador, conviven sin problema en un mismo párrafo, logrando demostrar con este recurso, que en la literatura podemos ver reflejada cualquier escena de la vida con todo y sus complejidades, que el hombre es un ser de dos mundos.

Saramago apostó a jugar con los dados eternos sobre el tablero de sus novelas, apostó a recordarnos que los dados son, a fin de cuentas, una invención humana, apostó por una oración vallejiana: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, /hoy supieras ser Dios; /pero tú, que estuviste siempre bien, /no sientes nada de tu creación. /¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!”.

Por eso hoy, desde la memoria que me sugieren las líneas y los espacios en blanco de un libro de José Saramago, visito las huellas de mis pasos, aunque la tierra ya no guarde registro de quién fui. Desde Lanzarote emprendo el viaje ahí, donde las uvas de mar, para escuchar el ronroneo de la bahía.

Ya lo dijo Bataille, la literatura es la infancia al fin recuperada.

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