martes, 27 de julio de 2010

La herida de todos los días

Por Jorge Cortés Ancona


De acuerdo con lo indican las estadísticas, Yucatán es uno de las entidades con mayor índice de violencia intrafamiliar, lo cual es algo que se constata cada día a través de la prensa. Esta violencia reviste diversas formas y modos, aunque sólo tenemos conciencia de las más extremas, las que implican homicidio, violación y lesiones graves. Tendemos a olvidar las que no son escandalosas, las más pequeñas, las que no constituyen delito. Esos cotidianos embriones de violencia, que van minando la salud mental y la estima moral de las personas. Cuánto de dolor se congrega en los interiores de tanta gente hasta que algún día rebosa fatalmente o hace estallar el continente humano.



Mucha de esa violencia invisible ha sido transmitida por generaciones, como una costumbre inveterada. Se percibe desde las humillaciones a base de gritos y adjetivos, las contestaciones majaderas entre parejas, que a ese nivel casi podemos decir que tienen un alto grado de igualdad entre hombre y mujer.

Sobran los ejemplos, como el hombre que en un supermercado empieza a meter tomates en una bolsa hasta que se escucha el injustificado grito de la que supongo es su mujer: “¿Para qué compras tomate si a ti no te gusta?”. “Pero a Fulanito y Zutanita sí le gustan”, responde el regañado con timidez, mirando a las varias personas que estamos alrededor. Luego se dispone a meter chiles habaneros en la bolsa y de nuevo la gritadera: ¿Para qué compras chile, si tú no comes chile? ¿Cuántos estás comprando? ¿Ah, ah? ¡Vuelve a poner eso ahí!”.

El individuo, con gesto de furor comprimido, devuelve el contenido de la bolsa y hace avanzar el carrito casi diría yo con violencia, como el que le pisa duro al acelerador de un coche como reacción de coraje. Un acto relajado como debe ser el de comprar la comida diaria se vuelve innecesariamente una batalla conyugal, que, a la vez, repercute en la calma de los demás compradores.

En un taxi colectivo la mamá regaña y jalonea una y otra vez a su hijita. No sé qué razones haya, pero termina llamando la discreta atención de todos los pasajeros. La niña parece evadirse volteándose para mirar hacia la ventana, pero la mamá la jalonea de nuevo: “¡Siéntate bien!”.

En algún momento se le cae algo a la niña. Por lo que escucho, son unas bolitas, que quizá sean parte de un juguete o de un accesorio para el cabello. “¡Recógelas! ¡Anda, recógelas, no seas floja!”. La niña, con cierto pánico escénico, permanece inmóvil, lo cual da lugar a más jaloneos de la mamá. Algún pasajero recoge dos de las bolitas y las entrega a la niña, que las toma tímidamente mientras la mamá agradece con una sonrisa el gesto.

Una anciana que va junto a la puerta dice cariñosamente a la niña, que la otra bolita está en el hueco que hace el escalón para bajar y subir, pero que ella no puede recogerla porque está muy viejita. “Agárrala, niña, porque si no ahorita que abran la puerta se va a caer”. Tal vez la manera tan tierna en que lo dijo la señora produce una risa amable entre todos los pasajeros. La mamá sigue con sus regaños: “¡Haz lo que te dice la señora! ¡Dale, muévete!”, grita. La niña nada hace y ocurre lo inevitable: al abrirse la puerta para que suba un pasajero –y según nos informa la anciana--, la bolita cae a la calle. El pasajero que sube, se queda un momento sorprendido de que todos estemos mirando al piso. Y el grito materno: “¿Ya lo ves? ¡Eres una bruta, ya se cayó a la calle!”

La mirada de la niña está cada vez más perdida, ensimismada. Apenas tendrá unos cinco o seis años y ya puede tener esa reacción de sentirse agobiada por los otros. Las lágrimas empiezan a escurrir lentamente y luego se escucha su llanto reprimido como un gemido tenue; luego da la espalda a su madre para llorar, un llanto que quiere esconderse, no el abierto, visible, ruidoso, como el que suponemos corresponde a la infancia.

Me sacude esa manera de llorar, esa mirada que se fija a un punto que es ninguno. Es un dolor que quiere ocultarse, como si viniera de lo más profundo del interior (Y esta niña sólo tiene unos cinco o seis años…). Está mirando a ningún lado, o más bien, hacia donde su dolor la lleva que es como a una proyección de sí misma en un vacío.

Luego vienen las caricias, los abrazos, los consuelos de la madre, mientras la niña sigue llorando por una pérdida irreparable, que no es para nada la de la bolita que rodó a la calle.


Por esto!, 26 de julio de 2010.

2 comentarios:

Rafael dijo...

Wow! Excelente esto que escribes! Realmente para admirar! Muy buen blog! Un trabajo que pocos saben hacer! sigue asi. saludos!

LETRAS EN EL AIRE dijo...

Excelente, convertiste en palabras una situación que muchas personas viven, pero el de la niña me pareció que es tan frecuente que cuántos niños no crecen con las heridas de las palabras de sus padres que seguramente no saben el dolor que les causa y causará por el resto de su vida. Saludos!! Jorge

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