martes, 13 de julio de 2010

El rechazo y las soluciones


Por Jorge Cortés Ancona

Pareciera estarse dando por terminada una discusión que no tiene que darse por cerrada en absoluto. Es más, que debe pasar ya de la discusión a la acción para solucionar el problema. Se trata del Monumento a los Montejo mandado a hacer por la anterior administración municipal.



¿Se han fijado hacia dónde están mirando los dos conquistadores? Puede interpretarse que están construyendo sólo el sector de la minoría rica de esta sociedad. Nada más. Si los promotores del monumento hubieran sido congruentes con sus alegatos, los dos conquistadores deberían estar mirando hacia el centro de la ciudad, que es la sección urbana original y donde se encuentra la casa de Montejo, el edificio colonial más antiguo de Mérida.

Dentro de esos esquemas simplificadores del pensamiento, en este caso con un binarismo ramplón, algunos han querido reducir esta controversia a la pugna hispanofilia-mayafilia (o indofilia), cuando el hecho va más allá de esa presunta oposición. No queremos ese monumento porque los Montejo no lo merecen. Si bien fundaron esta ciudad, la realidad humana y cultural que destruyeron es mucho mayor que lo poco positivo que pudieron hacer. Ni padre ni hijo tenían una intención positiva sino que eran un par de aventureros ávidos de riquezas y explotadores de los mayas. Ni siquiera tienen como leve contrapeso de sus iniquidades haber escrito obras documentales como las Cartas de Relación, de Hernán Cortés, o la Relación de las Cosas de Yucatán, de Fray Diego de Landa.

Un solo hecho positivo e importante no basta para borrar la enormidad de las acciones ignominiosas. Por la intervención de Iturbide se hizo posible la consumación de la Independencia de México en 1821, pero ese hecho no da lugar a que le erijamos monumentos, ya que sus motivaciones derivaban de su mera conveniencia personal y su labor política fue realmente deplorable. Antonio López de Santa Anna tuvo una brillante idea para salvar de la ruina y la desaparición a la Academia de San Carlos, pero ese hecho memorable no justificaría que se le erigiera una estatua en ningún lado, ni siquiera en esa más que bicentenaria institución de artes plásticas.

Rechazar el Monumento a los Montejo no implica necesariamente odio a los españoles, ni negación de nuestro mestizaje, el cual a la luz de los conocimientos históricos actuales debe reconocer también la raíz africana y la nutrida aportación –sobre todo material— de Extremo Oriente, a la vez que es conveniente replantear la situación actual en función de las inmigraciones europeas, asiáticas y latinoamericanas que hemos tenido desde el siglo XIX como la libanesa, la coreana, la china, la alemana y la cubana.

No se trata de emprender una lucha contra lo colonial con un sentido maniqueo y que sería, a su vez, otro falseamiento de la Historia. Por ello, en el caso meridano, se ha reconocido públicamente a algunos personajes coloniales que, a nuestro parecer, sí merecen tal reconocimiento, como son los casos de Lucas de Gálvez, que da nombre al Mercado Grande (y cuyo monumento en la 65, del siglo XIX, debiera estar más protegido) y del obispo Juan Gómez de Parada, de quien se erigió una estatua en el parque de Itzimná, a un costado de la iglesia. El primero fue un gobernador progresista dentro del contexto de la época, mientras que el segundo se distinguió por sus medidas en favor de los indígenas. Ambos aparecen dignamente representados también en los murales del Palacio de Gobierno.

Es decir, no se trata de negar una parte fundamental de nuestra Historia sino de evitar confusiones. No queremos monumentos a pendencieros buscadores de riquezas, causantes voluntaria o involuntariamente de un genocidio y que sólo son objeto de admiración de quienes han querido reservarse el monopolio de lo que llaman “sociedad meridana”. Una “sociedad” sectaria, en la cual no se da importancia a los que viven fuera de un reducido perímetro de esta ciudad.

Es penoso el mensaje que Mérida está mandando al resto del Estado y del país en este año de celebración del Bicentenario de nuestra Independencia. Estamos levantando un monumento a nuestra injusta fama de ser una sociedad ridículamente conservadora, para colmo rancia en todo el mal sentido de la palabra.

Esto no debe quedar en el debate, sino que es necesario que las estatuas sean bajadas del pedestal y enviadas a algún museo cerrado, donde su presencia se justificaría plenamente con el mero valor de representación icónica de dos personajes históricos, como podrían ser las imágenes de Santa Anna o Victoriano Huerta que se encuentran en varios museos mexicanos.

Aún así, para reducir al máximo los malos entendidos, habrá que colocar ante estas esculturas una placa similar a la que se encuentra en la estatua de Carlos IV (mejor conocida como El Caballito, en la ciudad de México), en la que se explica que se conserva esa escultura por su valor artístico y no por culto o sumisión a un gobernante extranjero. En este caso, la explicación sería que se conservan sólo porque irresponsablemente costaron un dineral y por ello no queda más remedio que ponerlas a la vista pública en algún museo. Tenemos que mantener nuestra dignidad social a toda costa.


Por esto! 12 de julio de 2010.

1 comentario:

Felipe dijo...

Felicidades, muy buen artículo, bastante objetivo.

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