martes, 11 de mayo de 2010

Simplemente madre

Por Hortencia Sánchez

Compartir los aciertos de ser una muy buena mamá es recurrente, pero, al menos por ahora, me interesa participar las vivencias no tan placenteras de lo que, como madre, ha sucedido con mis dos maravillosas creaciones.




Cuando ambos eran muy pequeños equivoqué el camino. El primer día que llevé a mi pequeño a una estancia, al querer abrazarlo con más fuerza, lo pasé por encima de mi cuerpo y, sin querer, su cabeza se golpeó contra la pared que estaba atrás de mi asiento; él lloró mucho, sin poderme reprochar nada, porque apenas contaba con cuarenta días.

A mi entrañable hija, ahora una mujer plena, cuando tenía pocos años y la llevé al pediatra, le envió una medicina que le di sin leer las instrucciones, por la que durmió durante unas doce horas; al inquietarme la llevé al doctor, el cual me comentó que le di el concentrado que tenía que haber mezclado. Me solté a llorar, por lo que el doctor me dijo: “Pudo ser terrible, ya lo superó, quédate contenta”.

Cuando estuve embarazada se me ocurrió montarme en una moto, chocamos y a ella nada le pasó.

Ahora ambos han crecido, suelen quererme mucho, no me miran con gran respeto, soy una más que habita y convive en su espacio. Cuando me miran distraída, y saben que no les haré mucho caso, sólo me dicen: “Hortencia… ¿me oíste?”

He formado, o deformado, a dos hijos libres, inteligentes, seguros de sí mismos. Dos seres sensibles que han decidido abrazar y dar vida a las artes. Tal vez si fuera una madre común debería preocuparme, pensar que el ambiente los podría corromper, llevar por el rumbo de los excesos, del desmadre; no obstante estoy tranquila, sé que amamanté bien su alma, por lo que tiene que ser grandiosa, estupenda, plena.

El tiempo ha pasado, ya no se me caen de la cama, ya no lloran exigiendo mi abrazo, ya no me asusto mucho cuando algunas veces se enferman.

No persigo que me miren como la madre grandiosa, merecedora de su cariño, de su entrega; no quiero, no exijo regalos, estos me los he entregado yo misma a manos llenas. El que sus amigos estén en casa, el que me tengan confianza, el que me señalen mis errores, pero, sobre todas las cosas, que entiendan que cada noche, cada día que les hago saber que soy tan imperfecta, tan terrenal, tan absurda es para que entiendan que mis reproches, o las luchas por que consigan, o dejen esto o aquello, es sólo un intento por que encuentren un muy buen cielo.

Este diez de mayo no les pediré que se queden a mi lado, es más acompañaré a mi pequeño hombre a inscribirse para presentar examen en un bachillerato para estudiar arte.

Estoy casi segura que han comprendido que cada amanecer que mis ojos se abren los presiento, los asumo como siempre, muy dentro de mí, muy lejos de mi persona porque su vida, su futuro, les pertenece.

En mis manos sólo queda el recuerdo de todas las luchas, de toda la entrega, el intento de saberlos independientes, grandiosos, dueños de su errores o grandes aciertos.

Los regalos me los otorgo yo, me he comprando unos hermosos tenis, un gran concierto escuchando al gran Sabina.

No me deben nada, no les debo nada. Los formé… los construí… por tener mucho miedo, por no sentirme terriblemente sola, por no querer despertar sin tener unos ojos que mirar, unas manos que tomar, pero sobre todo por no sentir que pasé el camino por esta tierra sin haber dejando una pequeña parte de mi persona.

Entre los regalos que me he hecho, también se encuentra un muñequito de trapo, al que le he puesto nombre, no quiero necesitarlos más de lo necesario.

Ellos viven su presente, conviven con otros que sueñan y añoran del mismo modo. Mi hija construye en la escena, mi hijo como un experto en la música, un buen metalero.
Yo he dejado a mi madre sola con sus angustias y problemas, segura de que los resolverá como siempre lo ha hecho.

Me han comentado infinidad de veces que soy un ser bastante cursi, confieso que es verdad. Quien ha tenido la oportunidad de albergar a otra vida dentro del cuerpo, respirando juntos la bocanada de aire, es porque sabe que las palomas, los pájaros, encontrarán su propio y maravilloso vuelo.

Mil felicidades a todos los seres que dan vida y dejan construir propios y grandes cielos.

¿Lo sabes, amada, querida, increíble mamá? Con nombre de flor, y vida terrena: Guirnaldina. ¡Qué maravilla de existencia pusiste entre mis manos!

¡Todo el amor del mundo de tu siempre vulnerable y terriblemente cursi, hija!


ritualteatro@hotmail.com


1 comentario:

Ava María dijo...

Maravillosa Hortensia! has escrito con sinceridad profunda lo que casi toda madre normal siente y no encuentra fácil traducción, es complicado llevar el sentimiento a las letras, te felicito!!quedo encantada leyendote, saludos desde Cuba

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