miércoles, 19 de mayo de 2010

¿Qué necesidad hay de perder el alma?


Por Conrado Roche Reyes

El radio del automóvil a todo volumen: “If the mountains scrambled in the sea I don’t see. If the sunshine stops his shine I don’t mind. If all the hippies cut all the hair I don’t care… “¿Have you experienced? ¿Have you ever be experienced? Well I’mm”, cantaba Jimi Hendrix. Trabajosamente y de milagro el motor respondió. Llegaban al sitio de peregrinación universal: Huautla. Antes, viajando —según “Las Vibras” indicaran- todo se regía por malas o buenas vibras, y los más “iniciados” consultaban el “I ching” —el libro de los muertos que contenía el supuesto conocimiento de la suprema verdad, conocieron lugares de belleza inexplicable. Playas solitarias, mar incomparable, vegetación exuberante. Todo aún virgen. La naturaleza dispuesta a hacer sexo con ella. Puerto Angel, Huatulco, Puerto Escondido. Allí, los cinco viajeros, tres hombres y dos mujeres jóvenes –eternamente- dieron rienda suelta a su imaginación. Casi el paraíso.

La población llamada Huautla, había sido visitada por famosos: Allen Ginsberg, Jim Morrison, Aldous Huxley y se comentaba que hasta los Beatles y los Stones. Toda nuestra intelectualidad, Cuevas, Monsiváis, Agustín, Gironella, etc. Físicamente, se trataba de un pueblucho más. Uno que otro hippie gringo y muchos jipitecos mixtecos, acolhuas, chalcas, tlahuicas, con su clásica indumentaria, que se convirtió en una especie de uniforme (algo así como nuestros actuales chavos alter nativos).

Caminaron por las calles, ante la recelosa mirada de los nativos. No existía ni la más pinchurrienta fondita. Una sola tienda –con un letrero pintado que decía “The rising sun”; muertos de hambre y sed compraron en “The rising sun” latas con sardinas y coca colas. Aquel ambiente místico, mágico, tibetano, no se percibió en ningún momento. Ahora, la cuestión era cómo conseguir lo que fueron: hongos, “carne de Cristo” decía el incipiente marketing. A la famosa sacerdotisa María Sabina, que se supone sería la persona más conocida entre los lugareños, era una mujer nada más, sólo una mujer.

Sin embargo no faltó el “Diller” mixteco zapoteco que lo ofreciera. ¡Carísimos! Después de paranoica espera —lo que si abundaba en Huautla eran militares— y pensando que el aborigen “se había ido al baño” (pelarse con la feria) éste por fin regresó. En un envoltorio de papel periódico traía los “ongayes”. Advirtió que los tomasen en algún lugar tranquilo. “Con cuidado, están fuertes”.

Encontraron en las afueras un pasaje ideal, con un arroyo cerca. Uno a uno los tomaron. “Sabor a tierrita” dijo el “iluminado” del grupo. ¡Tierrita! La que casi lo recoge en su seno.

Al principio todo fue maravilloso. Vivos colores. El que tocaba guitarra lo hacía como nunca. Cada quien comenzó a deambular sin rumbo. Las chicas, con el rostro ya medio apanicado. En cierto momento, sin ponerse de acuerdo, se encontraban todos en una choza abandonada. Se miraban desconfiando uno de otro. De pronto, “iluminado” con la faz distorsionada, gritó angustiado que las paredes de la choza se movían hacia el centro, los aplastarían, y salió corriendo.

La Malena, chava desenfadada, desparpajada, machísima (putísima) rompió en amargo llanto. Se revolcaba en la tierra repitiendo mil veces: “¡Soy una puta, soy una puta!”. El de más allá, acostado boca arriba, sin mover un músculo, los ojos cerrados y las manos en el pecho, antes dijo que se iba a morir. Y si, no tenía pulso, su corazón no latía. La otra chava, estudiante de medicina sentenció: “No hay nada que hacer, está muerto”. Fue un viaje a la pesadilla de la calle 507, IV parte.

El paso de las horas eternas —bajo el voltaje—. Malena, repuesta, recobrado su color, ya estaba buscando con quién acostarse. El muerto, como Lázaro, resucitó. La doctora quería ya regresar. Pero el “iluminado” no aparecía. Buscaron por el pueblo. Les indicaron que en la iglesia estaba un loco llorando abrazado a una imagen de Cristo. Con mucho trabajo consiguieron llevarlo al carro.

De esa expedición, la doctora es hoy honorable madre de familia. El muerto, es psicólogo de profesión. De Malena no se supo más. Y el “iluminado” anda metido en las sacristías, el cuello plagado de escapularios, bastante Lorenzo Barcelata. Muchos cuentan maravillas de la psicocibina, pero, así como puede ser provechosa, puede ser el averno. ¡No vale la pena intentarlo! ¿Pa’ qué?

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