miércoles, 12 de mayo de 2010

Nowhere man

Por Conrado Roche Reyes

Unas cuadras antes, nos vimos a los ojos, dos anónimos caminantes. Yo debía tomar la iniciativa. Con algo de timidez. Emprendí el ataque. Entre el remolino de gente que hojeaba los libros que los expositores mostraban al público, feria del libro, feria pueblerina. Se detiene y toma uno al azar. Te paras junto a ella y haces lo mismo. Es de Steinback. Presumes de conocimiento ya que la dependienta te saluda y llama por tu nombre saliendo a relucir tu oficio. La anónima levanta la vista y te mira. Es, Dios mío, realmente bella. Pregunta a la chica algo. Algo-nada.

Definitivamente extranjera. Acento suramericano. Es angustiosamente atractiva. Cabello negro. Piel muy blanca. Nariz perfecta. Sus ojos denotan dureza, algo, en su mirar. Te pegas más a ella. Quieres sentir su respiración. Olía a mujer. Sin ningún perfume despedía un aroma arrebatador, fresco.



Finalmente te decides. “Tu no eres yucateca”. Voltea el rostro. Entre retadora y amable. “No, ¿Cómo lo sabes?”. “Es que la mujer yucateca es inconfundible (por asociación te viene a la mente un lec)”. Observando las portadas te indica su origen: es uruguaya. La primera persona de tal país que vez en la vida. No sabes nada del mismo, excepto que juegan fútbol. Tiene en las manos un libro de cocina. Preguntas si le gusta el arte culinario. Ella, sorprendida, mira el ejemplar. Entonces por primera vez ríe. Lo tomó así porque sí. Avergonzada. Su risa es una explosión de hermosura, como un arcoiris. “No, en realidad no busco algo en especial. ¿Tu, que estás hojeando?”. “John Steinback, un gran hombre. El libro es “Las viñas de la ira”, excelente, un clásico”. Camina entre los puestos. Las miradas de los hombres son de admiración y deseo.

Sus Jeans muestran un bello trasero y su blusa blanca, con dos botones desabrochados dejan adivinar unos senos realmente admirables.

Con aquel pronunciado dejo, casi argentino, habla: “Escuché que vos sos escritor. ¿Qué escribís?”. “Pues... De todo, excepto poesía a la que tengo alguna reticencia”. “Te pregunto porque, al parecer, aquí, todos son artistas. Me han abordado muchos escritores, algunos pintores, estudiosos de los mayas. Músicos -bastantes-, ¿Es así? O tengo una percepción equivocada”. “Mira Verónica -ya me había dado su nombre-, esta ciudad está llena de locos que se meten a, por ejemplo, escritores o periodistas, o actores con un solo fin: Ligar, ¿sabes qué significa?”. Respondió afirmativa, pero añadió: “todos, menos tu, por supuesto”, y volvió a mostrar esa sonrisa fuera de este planeta. Llevaba en la bolsa trasera de mi pantalón un par de artículos periodísticos, algo arrugados mismos que le enseñé. Ella, al desgaire, comenzó a leer uno. Se detuvo. Me dice de sopetón que si la invitaba a un café. Por un milagro del Señor, tenía bastante dinero ese día. La llevé al restaurante “Pane e vino”, a media cuadra de la plaza, enfrente al teatro Mérida. Cuando entramos al lugar, fuimos objeto de las miradas de todos, mujeres incluidas. Se hizo un minuto de silencio mientras ocupamos nuestra mesa. Las palmeras se estremecieron a su paso. Durante el trayecto y en el restaurante, hasta quienes me rehuyen y abominan me saludaban afectuosos sin faltar el “guapísimo”, o el escritor que se nos quisiera pegar. Yo no tuve qué hacer nada. Ella se los quitó de encima: “Por favor, estoy tratando un asunto de suma importancia con el señor”, mostrando entonces una dura intimidante mirada.



Pedí vino. Verónica parecía muy interesada en mis textos. Investigó cuantos libros habría yo publicado, etc. Después de varias copas, achispados ambos, me dice: “oye, esto ya lo había leído por Internet. Jamás pensé conocer al autor. Pensé que sería uno de esos engreídos, pedantes, pontificadores, y tú eres la persona más divertida y natural del mundo. ¿De esto vives, se puede vivir aquí de escribir?”. “Mira, yo soy un caso de la naturaleza, la excepción, pero si, de esto vivo”. “Pues sucede que yo también -dijo-, doy clases en la Universidad”.

El vino, que alegra el espíritu, hizo el milagro de que la mantuviese contenta. Embonamos a la perfección para no hacer más largo el cuento, llegó el instante en que ella me dijo que la llevase a donde yo quiera. Eran ya más de las 12 de la noche. Pagué. Nos levantamos y salimos a la calle. Era un cincho. Caminando tomados de la mano preguntó que en donde estacioné mi carro. “No tengo, vamos a tomar un taxi”. Parece que le dije la peor ofensa, como si aquello fuera imposible repitió”. “¿No tenés carro?”. Allí terminó la magia. Inventó un pretexto y se largó. Comprendí, más bien confirmé que el ser un hombre de a pie, es un gravísimo impedimento para casi todo. Ya me había sucedido antes, pero peor, la Dulcinea me vio bajar del camión...y huyó...Salve automóvil, que sin ti, somos auténticos hombres de ninguna parte.

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