lunes, 10 de mayo de 2010

Brindé con el diablo a tu salud

Por Hortencia Sánchez

Pues sí, para lograr estar escuchando y mirando a Joaquín Sabina, no me quedó de otra que vender mi alma al diablo. No obstante, Sabina le hizo trampa. Yo había convenido con el chamuco de entregársela después de disfrutar del concierto, al salir el demonio me exigía lo convenido. Le dije: tómala. Él se retiró furioso…. - Pinche Sabina, me ganó otra vez, él ya se llevó tu alma.




El concierto fue delicioso. A las siete de la noche las puertas de acceso a las zonas más caras estaban vacías. En la que costaba un poco menos que dos cartones de caguamas ya había personas esperando. Salí a la calle a fumarme un cigarro, me sentía un tanto inquieta ya que mis expectativas del concierto eran grandiosas. Minutos antes ya había saboreado una lata de cerveza helada, antes había escuchado a una curadora cubana hablando de la importancia de la Bienal de Cuba, junto algunos creadores, entre ellos Gerardo Martínez, y comentábamos sobre diversas problemáticas del arte y la cultura en nuestro estado. También escuché a un joven creador de la plástica, Jorge Espinoza Torre, que nos motivaba a valorar lo importante que es nuestro centro histórico, la propuesta y trabajo de los creadores de nuestro estado.

Ante la frescura de estas sensaciones, cuando miro a Joaquín Sabina en escena, los pensamientos encuentran un orden, el optimismo regresa a acompañarme y comprendo en ese instante que los creadores, que los artistas tienen que pisar muy fuerte el escenario, respetando al público, convenciéndolo, creando y viviendo para éste, más allá de construir para las conveniencias, los premios o las dadivas.

Mi amado Sabina me muestra la imagen que ya presentía, de figura espigada, de energía contagiosa, de voz aguardentosa y de hombre intenso. Su acompañante, la mujer que hacía los coros, representaba los personajes de sus canciones, era muy sensual, muy teatral y tiene una hermosa voz.

En el concierto había seguidores de todas las edades; hombres y mujeres de cabellos un tanto blancos, algunos cuarentones, otros adolescentes, unos niños, pero seguramente el más pequeño era el que resguardaba una joven madre embarazada, que no dejaba de brincar, para después llorar junto a muchos de nosotros cuando escuchábamos: “Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan nunca mueren.

Ahí se reunieron a cantar políticos, funcionarios públicos, medios de comunicación, teatreros, tamborileros, burócratas, estudiantes, vagos, y todos miramos, escuchamos, cantamos junto a Joaquín Sabina que nos decía a través de su poesía: Vivir, vivir como quieran pero vivir, aquí estoy junto a ustedes a pesar de los infartos, y no me asustan, continuaré viviendo intenso, compartiendo lo que soy en el escenario, siendo vital como un niño, mientras canto: “Pero si me dan a elegir entre todas las vidas, yo escojo la del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo…”

Tocando muy fuerte el tambor me recuerda el sonido intenso de mi corazón.

Hasta siempre, maestro Sabina. Dijiste volver para conocer la ciudad sagrada de Chichén Itzá. Cuando sepa de tu regreso dejaré algunos excesos para poder estar en primera fila, muy cerca de ti.

El sueño de cada uno de los que acudimos a tu concierto era que nos miraras a los ojos, que notaras la lluvia intensa que nos provocaba escuchar tus letras, tu vida intensa; queríamos que descubrieras que podemos ser tan intensos como tú.

Te agradezco que hayas salvado mi alma. Sé que regresará a mí lentamente, poco a poco, mientras escucho tus nuevas letras y voy entendiendo que mis casi cuarenta y cinco son apenas el inicio de la fiesta que encontramos en la vida. Gracias por compartir la tuya con todos nosotros.

¡Hasta siempre! ¡Te amo!


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