lunes, 31 de mayo de 2010

¡Antes!

Por Conrado Roche Reyes

Aunque de familia adinerada, a José, joven de 18 años, desde que abandonó los estudios pocos meses antes, se partía el lomo trabajando en una de las empresas paternas. Comenzó en la bodega logrando ascender paso a paso. Ahora se desempeñaba como asistente del Director.

Como hay muchos, su papá no se cansaba de repetirse que él había comenzado desde mero abajo. Intendente, o lo que es lo mismo poco menos que el mozo. Y que a base de perseverancia, mucho trabajo, estudió por las noches contabilidad…

Y le lanzaba la misma vieja historia de sufrimiento hasta llegar a ser lo que era: uno de los empresarios más ricos del Estado. Y nadie le quitaba de la cabeza que su primogénito aprendería a manejar sus negocios golpe a golpe “desde abajo, como yo”.

Durante su aprendizaje, duro, José fue tratado igual que cualquier empleado más. Con su nuevo puesto, tenía ya un buen sueldo. Y un sueño: tener un carro, ya que la condición paterna fue esa. ¿Anhelaba ser propietario de un carro?, pues tendría que comprarlo con su dinero. Y ya estaba en condiciones de hacerlo. Y lo hizo. Sentíase el rey del mundo manejándolo. Usado, pero en buenas condiciones.

A medida que ganaba mejor, vendía su coche para comprar otro más reciente. Era una especie de obsesión. Le gustaban tanto los coches que llegó a tener cuatro. Fue el comienzo de su carrera en el negocio de compraventa de coches. Compraba barato y vendía caro.

Lo primero que hacía al despertar era revisar las ofertas de autos. Visitaba lotes (él tenía ya varios), tianguis, a particulares. Sin embargo, siendo su negocio venderlos, cuando alguno le agradaba en serio se quedaba con él.

Aquel día del año 1984, miró en su garaje un precioso Bentley como se decía en el argot, “sanito”. Averiguó a quién pertenecía y sin regatear se lo compró. Era su lujo. Reluciente, lo puso en el lugar más visible en el lote matriz. Como se dice, estaba enamorado de él. Le fascinaba observar cómo la gente se acercaba al coche para admirarlo. Algunos le hicieron ofertas. Nadie le llegaba al precio. Era carísimo; “¡como el de John Lennon”, decía a modo de orgullo. Seguro estaba que no existía en Mérida quien pagase la suma que él pedía.

Por entonces, todavía no comenzaba la avalancha migratoria de huaches a nuestra ciudad. Se les miraba a los pocos que había con cierto recelo.

Cierta vez, desde su oficina miró cómo tres huaches se deshacían en elogios acariciando la joya. José, orgulloso, salió a su encuentro y les preguntó si se les ofrecía algo. Ellos nada más mostraban su admiración. Eran fanáticos, como él, de los coches.

Preguntaron si estaba en venta. José, henchido, les dijo el alto precio. Los fuereños se miraron. Uno habló: “Mire, nos gusta, nos gusta mucho. Le propongo algo. Le doy una parte en efectivo, mas ese juguete”, dijo apuntando a otro carro, el de ellos, estacionado enfrente. José casi se va de espaldas. Se trataba de un carro de la misma marca, pero de los más codiciados. De colección, una verdadera joya. Lo vio como si estuviese frente al Tal Majal.

Hizo números. La oferta no estaba nada mal. Lo tocó, lo acarició. ¡Listo! Se decidió. Sería suyo. “Señores, creo que nos vamos a entender”, exclamó con entusiasmo José. “¿Sería posible probarlo, una vueltecita”. Los huaches aceptaron encantados, pero ellos también querían probar el suyo. “No hay problema”.

José tomó el volante de su alfombra mágica con un huach a su lado mientras los otros lo hacían en su Bentley.

Dio unas vueltas por Montejo. Faz reluciente. El resto de los automovilistas miraban aquel prodigio de cuatro llantas abobados. Después tomó la Avenida Itzáez. Era, como dicen, una seda, seguido por los demás compradores. A la altura del aeropuerto toda duda se disipó, sería suyo. Reía con su acompañante.

Cuando intentó dar la vuelta para regresar, el huach le dice con sombría voz y pistola en mano: “Sigue derecho pendejo o aquí mismo te lleva la chingada”. Bastó una leve observación para que José se diera cuenta de que el tipo hablaba muy en serio.

Continuaron por la carretera a Campeche. Ya lejos de la ciudad, el fulano le ordenó se metiera a una brecha. Avanzaron monte adentro. En cierto lugar, otro huach los esperaba. Se detuvieron y minutos después llegaron los del Bentley.

A gritos y mentadas de madre lo obligaron a internarse al monte apuntándole con sus fuscas. “Entréganos todo el dinero que tengas, sabemos que hoy retiraste un millón de pesos, tu tarjeta de crédito y chequera firmada”.

José se orinó. Estaba muerto de miedo, uno de ellos tenía la mirada muy cabrona. “¡Desnúdate!”. Obedeció. El de la mirada fea insistía: “De una vez, a darle Crank”. El pobre José cayó de rodillas en cueros suplicando por su vida, “llévense todo, pero por favor no me maten”.

El que parecía ser el jefe preguntó a sus compinches con la mirada. “Aquel”, el malo, repetía: “de una vez”.

Por alguna razón, el jefe ordenó a los otros que se retirasen. Lo hicieron en los Bentleys, quedando solos, José, en pelotas, y el huach, quien le dijo: “Estás chamaco y me das pena. Pero cuídate. No andes nunca solo. Ustedes los yucatecos son bien pendejos. Se creen muy chingones y no lo son. ¡Ni te imaginas lo que va a pasarle al país! ¡Ah!, y en poco tiempo”. Corrió al coche y desaparecieron.

El pobre José, además, durmió esa noche en la cárcel. Todo desnudo en la carretera, nadie creyó por entonces su historia. “¡Pendejo!, aquí no pasan esas cosas. Deja de fumar esa pendejada”.

Al cabo de unos años, todos quienes se rieron de José sufrieron algún tipo de chantaje.

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