viernes, 9 de abril de 2010

Iú es ei

Por Conrado Roche Reyes

Hubo una época en la cual muchos paisanos (yucatecos) emigraron al coloso del norte. La mayoría de esta emigración urbana, no soportó el duro trabajo en California: La pizca, ya de tomate, de algodón u lo que sea, por lo que retornaron al terruño contando maravillas de L.A. California, en especial, lo fácil -liberal- que las gringas eran en cuestión sexual, comparando con las difíciles mujeres del patio. De esta primera generación que se fue, pocos se quedaron. De resto, volvieron al pastoril modo de vida emeritense. Es más, conozco a varios que hasta el día de hoy, se conservan invictos en ese horripilante rubro que es el trabajar. ¡Huay maistro! Esa sola palabra me produce “cócora”.

Y no crea usted que viven mal. Llorando su desgracia, se las han arreglado para subsistir con esposa e hijos -casi todos rebasan la séptima musa, digo, la séptima decena de vida. Bien vestidos, grandes tomadores, no sé como, pero dieron educación a sus hijos en buenas escuelas.

La segunda generación de parqueidalgueros que se fue a California fue la mía. Casi todos mis amigos “jalaron” para allá. Estamos a principios de los 60’s del siglo XV yo no animé porque eso de trabajar físicamente no va conmigo. Se decía en broma “la juventud de Mérida no está perdida, está en Los Ángeles. Si supieras lector los nombres de quienes se emplearon en gasolineras, (gatos), lavaplatos, meseros, Bus Boy (garrotero), etc., te irás de espaldas. Son hoy personas con alto poder económico, al mayor nivel. Casi todos fueron deportados por “la migra” estando pedos. Algunos de ambas generaciones, la borracha y la grifa, convivieron durante el cambio social en todo el mundo. Se llevaban, pero los briagos no soportaban a los macizos.

En sus vacaciones nos contaban lo maravilloso que era aquello. Pero yo me olía que ahí, si había que romperse la madre. Traían buenos discos y contaban para variar, la liberalidad de las gabachas.

Yo, tenía un buen trabajo con mi papá (he sido: asesor de la SEP, inspector de mercados, asesor de la Cousey, Seguridad en el DIF, asesor del ICY, asesor de la SSP, asesor del Comité Liquidador de Desfiyusa (o sea, puro asesar; jm, jm, jm), director operativo del ISSTEY. En fin mil chambas. Pero...llegó el día, funesto, en que los neoliberales tomaron el poder y la crisis, ya con esposa y tres hijos, las puertas se me cerraron. Después de mucho cavilar no me quedó más remedio que emigrar. Tenía un cuñado, muy buena persona, pero hiperborracho, quien tenía muchos años de vivir en L.A. con mi hermana y mis pequeños sobrinos.

Viajamos mi papá, mi mamá y yo, que me encontraba en el epicentro del remolino existencial, con la intención de que yo trabajase allí. Mi cuñado, “Buddy” Fernández, hijo del conocido empresario don “Uxo”, me recibió con muestras de comprensión, no así mi sister. Mientras me “desentumía”, mi cuñado, uno de los mejores bar tenders de L.A., paseaba por la ciudad. El trabajaba en el bar de un elegante bar de Beverly Hills. Me presentó a una gringa preciosa que era su “kech”, para que me dé chamba. Allí me di cuenta que no hablaba inglés, como era mi creencia, y por tal motivo no obtuve el trabajo (franelero en el estacionamiento).

Aburrido, le pregunté cómo encontrar a mis amigos. Todos estaban en Sausalito, el lugar más hermoso que conozco de E.U.

Un día, me dice Buddy me presente al restaurant “Villa Taxco”; cerca de la casa -un barrio muy extraño, dirección, calle Sowtelle #28. En las paredes, grafitos que decían: “Sotel 13. Mex”. Sin embargo, quienes dominaban el barrio eran los asiáticos, quienes eran dueños del super y muchos viveros de Bonzai. (“Yamaguchi Bonzai”). Mi cuñado me consiguió mi “soshal sequiúriti”, con el nombre de Manuel Rodríguez. Llenó tan bien mi “aplicatidad” (solicitud) que me llamaron a chambear al día siguiente. Imagínate, amigo lector, y si me conoces, ¡Asómbrate! Me presenté como me dijeron: pantalón y zapatos negros. Camisa de manga larga blanca-

Chalequito rojo y un moño en el pescuezo. En realidad no sabía en que demonios consistiría mi trabajo (culebra, culebra), “Bus Boy”. Pero había varios mojados que trabajaban allí. Hice buenas migas con “Phoenix” (Félix), un huach que me alivianó bastante. Más o menos me explicó en que consistía mi chamba.

Y heme allí, disfrazado de monosabio, de pie (no había ni un cliente) cuando se me acerca el capitán, ¡capitana! de meseros, una inmigrante alemana, aria, guapa, quien me capotea en inglés el porqué no hacía nada, que cada cierto tiempo yo cambiase de manteles, agua, cubiertos, mantequilla. Le respondí que pá que, si no había nadie. A lo que me respondió que se me pagaba 8 horas por trabajar, así no hubiese Idem. Yo, acostumbrado a mirar echar la hueva a “Chivi”, “La muerte”, y otros meseros del “Express” quienes incluso se sentaban a mi mesa. En eso llega un señor gringo el cual me llama y dice con californiano acento: “Plis boy, shen da fokin bara”. “Yes sir”. Corrí a preguntar a “Finix” qué quiso decir, cuando el cliente grita: “An brin mi enoder naif wire big spun an wora”. El chicano fue requerido por la alemana y yo quedé en “babia”, “Estuata”. Lo que el gringo quería -no como enseñan en la “Franklin”, era que le cambiase esa chingada mantequilla (yo decía buter), y que le llevase otro cuchillo, una cuchara grande y agua (Knaif; and; bring; a noder; wit a big; and; woter). No comprendí y no le llevé nada. El pinche puto gringo se quejó con la alemana quien aulló “¡Meniu!”. ¡A mi se me había olvidado que en mi “soshal secuiriti”, me llamaba Manuel. Cuando Félix me indicó que a mi me llamaban corrí.

La güera no se ando por las ramas: “Wat yu tink yu are stupid. Ol of yu ar di seim shit. ¡Am tokin tu yu, moder foker. Mecsican griser. Yu gara muu yur dirti as”.

Todo el cagoteo lo comprendí perfectamente, y le respondí: “Mira hija de tu puta madre nazi. Me largo -al tiempo que me despojaba de mi disfraz de mexican ratón-, chinga tu reputa madre hija de Hitler. Adiós hijaeputa, que se te pudra el culo. ¡Pelaná!”. Y salí del lugar. Esa misma noche volaba a la C.D. de México en un avión que llamaban “El Tecolote”. En el aeropuerto capitalino me esperaba mi hermana Nancy con su marido que vivían en Tlalplan. Telefoneé a mi Broder Soul Herbert Xacur quien esa misma noche me pasó a buscar en su “mustafá” y comimos en “Arroyo”. Nunca olvidaré sus palabras: “No chingues, Los Angeles es para chavos o para pendejos. A nuestra edad, está pelón”. Al día siguiente fuimos a la Plaza México a la despedida de Paco Camino. Me ofreció chamba y me mandó a la playa (a su casa) en Calderitas con la orden de que no me molesten.

Sin embargo, así turulato como estaba, uno que ya es difunto me fue a re joder. Y dedicó su vida a ello.

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