miércoles, 3 de febrero de 2010

“Retomando el rumbo” Libro de Emma Sacramento que me “movió”

Por Conrado Roche Reyes

Pertenezco a una de las familias más numerosas de Yucatán. Mi abuelo tuvo diez hijos, dos de los cuales también procrearon diez hijos. Otros seis, cuatro, etc. por lo tanto somos muchísimos primos hermanos. Tantos, que al más joven de mis tíos, Jorge, le pusieron de joven en La Modelo el apodo de “El tío Reyes”.

En la infancia, adolescencia, y juventud, llevamos todos, hombres y mujeres, cercana amistad. Vivían los abuelos y sin faltar, todas las noches sus hijos varones cenaban en su casa –al lado de la mía-, hubo un tiempo que en la misma cuadra vivíamos cuatro familias carnales. En la 64 x 45 los Calero Reyes (Diez primos); en la 62 x 43, los Reyes Ponce (5 primos); los Roche Reyes (6 primos); los Reyes Carrillo (4 primos), y en casa del abuelo siempre vivía alguno o algunos primos de Izamal que venían a estudiar a Mérida; los Reyes Bolio (diez primos, estos aún radicaban en el pueblo ancestral). Los Reyes Herrera (tres primos).

Antes de que, como tiene que suceder, cada quien fuera tomando su propio rumbo con la adultez, fuimos una familia muy unida.

De niño y adolescente con quien más cultivé amistad fue con los gemelos Armando y Fernando Reyes Ponce por la cercanía vecinal. Todos los varones fuimos modelistas, y las mujeres del cercano Colegio Hispano Mexicano, algunas se pasaron al “Mérida” o al “Teresiano”.

Me llevaba y visitaba mucho a los Calero, con la cariñosa e inolvidable tía Mimí manejando a diez jóvenes. (Sus restos reposan en la capilla de Cottolengo, agradecida al programa y lugar que salvó la vida a sus hijos).

Mi compañero, por ser de mi edad, era Luis, con quien exploraba cenotes, jugábamos béisbol, etc. El único niño en la familia era el X’tup, un güerito muy sonriente a quien lanzaba yo por los aires.

El tiempo pasó y la cosas también. Pese a ser mayor que él, con quien me llevaba más era con el más pequeño, un jovenzuelo ya. Por afinidad en nuestro gusto por la música, y porque, por alguna razón, tal vez porque lo seguía mirando como a un niño, siempre fue el primo que más quise. Epoca de cambios nos tocó vivir. Corrimos toda la gama de experiencias propias de la naciente “era de Acuario”. El, siempre con la sonrisa a flor de labios, cotorro, positivo. Creo ha sido la época única en que generaciones diferentes convivimos.

Pero no todo era diversión. El terminó una carrera universitaria, yo me atoré en la mitad de Jurisprudencia y me dediqué a la música. Nos dejamos de ver por largo tiempo. Ambos nos casamos. Eramos felices. Hasta que un día el demonio, en forma de alcoholismo, nos atrapó. Yo, con lo que he vivido, he experimentado, considero que el alcohol es la droga más perversa y maligna de todas. Y es legal. Las peores estupideces que he cometido en mi existencia han sido con alcohol en la panza.

Mi primo, que pienso se sumergió más que yo en la enfermedad, porque es una enfermedad, aunque incurable, tuvo las agallas de salir de aquel infierno. Y no es nada fácil. Hay que tener mucho valor y entereza. Acudió al lugar indicado y soportó, con la ayuda de otros enfermos, el periodo de recuperación. Yo acudí durante un año a un grupo de doce pasos y recuperé cosas irrecuperables. Por desgracia recaí, aunque –no quiero que esto sirva de excusa- me dijeron en el grupo que mi problema era otro. Hoy bebo, pero en un 80% menos que en aquel horrendo periodo. Sin embargo, todos los días de mi vida, hasta el final de ellos, mi despertar es una lucha cotidiana, a muerte contra mi mal y su insidia.

Es por eso que felicito a Emma Sacramento de Calero por su libro, muy espiritual, pero sobre todo, escrito con valentía –el aceptar la dependencia o codependencia, es un paso muy difícil- y con inmenso amor.

“Retomando el rumbo” narra la oscuridad inicial ante una terrible, inesperada y desconocida enfermedad –alcoholismo- los tropiezos, la incomprensión, hasta llegar finalmente a la luz por medio de Al-Anon. No es un libro desgarrador ni de convencimiento, es el testimonio de una mujer que, por vía espiritual, sobrellevó y ayudó sobremanera a aquel jovial primo a salir a flote y vivir en plenitud. Un libro que merece la pena ser leído.

Hay cosas que no se olvidan. Desde niño fui muy apegado a mi madre. Y ella a mí. Cuando se encontraba enferma y la visitaba, mis hermanas en broma decían al ver cómo “sanaba” milagrosamente al mirarme: “Ya llegó Conrado, mira a mamá: “mejor, mejora, mejoral”.
Con papá casi no intimé hasta que estuvo ya muy mayor. Era parco. El día que mamá falleció –que yo pensaba no iba a soportar-, obviamente me dolió muchísimo, mas no con la intensidad que esperaba.

Cuando mi papá murió, todos mis resortes de impavidez se distendieron. Ha sido el peor día de mi vida. Jamás he sentido tanta angustia, dolor. Estallé en incontrolable llanto. Fue tal mi sentimiento (no cesaba de llorar como un niño) que ni los miles de consejos, palabras de tíos, tías, hermanas lograron consolarme. Me dieron una pastilla y ni así concilié el sueño. Estaba hecho una Magdalena.

Así, todo acongojado, como un autómata me guiaron al velatorio en donde se oficiaría una misa. Confieso que momentos antes había renegado de Dios. Al comenzar la liturgia, sentí a mi lado la presencia de un hombre quien con la mayor naturalidad del mundo, me tomó de la mano y la apretó cariñosamente. Se trataba de mi primo, el “X’tup”, a quien hacía tiempo no veía.

Lo hizo con tal fraterna solidaridad y consuelo –percibió creo, que quien más estaba sufriendo era yo.

Lo miré a la cara, él a mí diciéndome simplemente: “Hola “Conro” (mi apodo musical). Yo, que soy escéptico y desconfiado, juro que sentí una corriente de paz espiritual. Incluso dejé de temblar. Y así, tomados de la mano, escuchamos misa. Al término de ésta me dice: “Si quieres, ¡sólo si quieres! Puedes confesarte. Sentí que me lo decía para desahogarme- ¡Ha sido la última vez que me confesé!-; me senté junto al padre, y ¿saben qué fue lo que me dijo? “Ese llanto, seguro es porque no te tocó herencia”. Lo saqué a empellones. Papá, habiendo manejado millones, murió sin un quinto.

Pero el gesto aquel, esa transmisión de buenas vibras, jamás se me olvidarán, querido primo “Totol”.

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