martes, 9 de febrero de 2010

Primeros pasos


Por Conrado Roche Reyes

Los grupos pioneros se enfrentaron a la incomprensión e intolerancia que ya los adultos mostraban contra todo aquello que oliera a rock. Ya desde entonces, el cabello masculino fue el primer blanco de la aversión hacia la nueva, llamémosle, moda. Llevo 50 años escuchando a los papás y las mamás (futuro nombre de famoso cuarteto de los 60’s) repetir hasta la saciedad: “Ninio, anda a la barbería, ya está muy largo tu pelo”. Pero aquello era pecata minuta. En los E.U. se decía que Elvis Presley y el rock and roll eran emisarios de Satanás. Que despertaba el tam-tam y los Instintos más primitivos entre los jóvenes. Aquí no se llegó a tanto. Uno que otro párroco sí condenó abiertamente “aquella música del diablo. Entre los adultos, la molestia era el volumen y “esos pantalones de kankalases”. Y es que, al presentarse en los primeros bailecitos familiares amenizados por los noveles conjuntos rocanroleros, estos lo hacían uniformaditos y por vez primera con trajes de colores chillones: rojos, amarillos, dorados o plateados que escandalizaban a los mayores.

Un baile de entonces, casi siempre en casas particulares, el Jardín Coca-Cola, y los más afamados, los de Bancarios. Entre los públicos y los privados no había gran diferencia.

Llegaban primero las muchachas, siempre de los siempres, acompañadas de su respectiva chaperona, sea mamá, tía y hasta la abuela. Se colocaban sillas pegadas alrededor de la terraza o sala que la hacía de pista de baile. En lo personal, era un chamaco –había visto bailar rock en mi casa a mis sisters con sus amigas, mas nunca con pareja masculina. Esa ocasión, contrataron a “Los Monjes” y a “Radio Sonido Maldonado”, un amplificador para discos. La fiesta comenzó, era en mi casa. Mientras el conjunto se “armaba”, el tocadiscos musicalizó. Se trataba de canciones más o menos convencionales, bailables. Todo dentro de lo normal y lógico. Mas todo cambió en el instante en que “Los Monjes” comenzaron a tocar. Aquello me pareció un turbulento mar. A los bailadores, como que se les metió la alegría al cuerpo. Se trataba de un ir y venir, vueltas, saltos, el tirahule famoso. Era un novedoso deleite mirar aquel numeroso contingente mostrando sus mejores pasos.

El revolotear de las faldas en ellas mostrando por un instante centímetros de muslo. Viéndolo en perspectiva, se trataba de una competencia. Aquellas parejas que roncaroleaban sabroso, les hacían “rueda” siguiendo el ritmo de “grandes bolas de fuego”, “La Plaga”. Fue tan impactante escuchar en vivo aquella música que tanto me gustaba, como el observar que sin darnos cuenta, por medio del baile, las viejas estructuras comenzaban a resquebrajarse.

“¡Maare! ¿Cómo pueden bailar eso, já? “Parecen cirqueros”, alguna tía quedó tan impresionada que fue a buscar a mi abuela, al lado de mi casa, para que viese aquello que la tenía espantada. El veredicto de la abuela era santa palabra. Casi a rastras la llevaron. Se sentó, observó el baile durante dos canciones y mirando con reproche a quien la sacó de sus eternos rezos, simplemente sentenció.

“Baax demonios, es sólo un baile loco para locos”. Y eso que ella pertenecía al siglo XIX.

En estos bailecitos eran casi, o sin el casi, bailar pegado o de cachetito como entonces se decía, dado el pequeño espacio y era difícil escapar al ojo avisor de las chaperonas que, entre paréntesis, todas sin excepción, llenaban sus bolsas con sándwiches, tamales o lo que se diera en la “repartición” que así llamaban a la hora del ambigú o refrigerio. En lugares como Bancarios o el Jardín Coca-Cola, sí era posible mediante mañas ir llevando a la pareja al centro de la pista –acudía todo Mérida— y perdidos entre cientos de pareja, danzar de esa manera, y es que dentro del primitivo rock, existían canciones lentas, Ad hoc para hablarle al oído a la novia o enamorada. Ahí estaban: “Tus ojos”, “Pensaba en ti”, “Sabor a nada”, y las instrumentales “Mirando una estrella”, “Tema de Tracy”, “Venus”, etc., etc.

Antes de pasar a relatar un baile en Bancarios, hablaré brevemente de los usos y costumbres en el contexto rocanrolero durante el Carnaval, la escuela, y los Halloween (todos se anunciaban como macabros y espeluznantes).

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