sábado, 20 de febrero de 2010

Mi amigo Efraín. Y los oportunistas

Por Conrado Roche Reyes

Conocí a Efraín en la Prepa de El Fénix. Ambos éramos estudiantes de “pasar y ya”. Jamás fuimos de buenas calificaciones. Aunque él era “santiaguero” y yo “santaneco”, amigos comunes nos acercaron, entre los que recuerdo, de su barrio, a mi primo Edgar Pérez, quien creció por ese rumbo pero que entonces vivía enfrente a mi casa; “Cuco” Soberanis, Blanco Loroño, Benjamín Paredes, Pepe Toraya, entre otros, como “El Cebo” Arceo y “El Tocino” Rosado.

Por entonces se estilaba “machacar” en parques y calles por las noches para presentar examen. Hice buenas migas con él. “Charras” de la Prepa no tenía ningún interés político. Le encantaba el desmadre, el deporte, fue un buen futbolista, llegó al equipo de Primera Fuerza de la universidad. También practicaba el básquet, siendo un magnífico encestador. Jugué en el mismo equipo de él durante cierto período.

Entre quienes estudiábamos en las diversas casas de todos estaban Jorge Fernández, Allen Urbina, Miguel Cardín y Raúl Pérez, los que con otros compañeros sí tenían cierta inquietud política de izquierda.

Con alguna preparación marxista teórica muy elemental, pero muy entusiasta, en lo personal, simpatizaba con dicha ideología por influencia paterna. Sin embargo, fueron tiempos de cambio. La música era parte de nuestras vidas, en especial Los Beatles.

Efraín seguía siendo apolítico, aunque compartíamos muchas cosas. Amigo de verdad. Juntos entramos a la Facultad de Jurisprudencia, donde pregonábamos nuestro marxismo.

Señalados como “Los comunistas de leyes”, que entonces era algo peor que el demonio y en cuya Facultad había muy pocas mujeres, recuerdo de mi salón (1er año) a Yadira Alcocer y a Rocío Lara, prima de “Charras” y que simpatizaba con nosotros. No así en la vecina Escuela de Comercio y Administración, en donde sí estudiaban mujeres casi todas provenientes de colegios confesionales, quienes nos odiaban, especialmente una llamada Ana Rosa y los varones, muchos de ellos pertenecientes al grupo derechista del padre bueno, quienes pretendían incrustarse en la política y dirección de la UDY. Bastión del conservadurismo la E.C.A.

Nos reuníamos en casa –de paja, en donde entonces terminaba Mérida, frente a la gasolinera de la Alemán- de un sujeto extraño, chiapaneco, muy dogmático, con muebles rústicos y sin luz eléctrica, que se llamaba Oscar Palacios. Alrededor de una vela discutíamos sobre socialismo.

Efraín, nada más escuchaba. Me confesó que aquello no le interesaba en lo absoluto. En un tocadiscos de baterías escuchamos absortos y asombrados. El L.P. del Sargento Pimienta de Los Beatles. A Oscar, aquello no le gustaba. Incluso escribió un poema dedicado al “Cando” Fernández (era medio amanerado) reclamándole su pasión por el rck, en verso apuñado –se me hace que le atraía- en donde, excluía del cambio aquella revolucionaria música.

Fue en un viaje grupal a Acapulco en ADO que me tocó de compañero de asiento Efraín. Allí le hablé en cristiano de la desigualdad en que el país vivía, los atracos de los poderosos, del papel de los obreros en la futura revolución. Se interesó. Le di un libro -no recuerdo cuál- que leyó vorazmente; otro de José Revueltas y la gesta de la Revolución Cubana. En Acapulco volvió a ser el “Charras” cotorro de siempre, pero la semilla, la inquietud ya estaba sembrada en él.

Tiempo después –yo deserté en segundo año- lo veía muy esporádicamente. Aunque en las elecciones de la Facultad ganó el izquierdista Allen Urbina, aunque al año siguiente, Efraín ya más politizado –nuestro candidato- perdió con Jorge “El Zapote”, Zapata. Me dediqué a la música y él se adentró en cuestiones sobre reivindicaciones obreras y campesinas. Nos veíamos esporádicamente en el restaurante “Los Arrecifes”, propiedad de Urbina, quien con otros compañeros venía después de un conato de guerrilla, a la que fui invitado y a última hora me acobardé. Todos los que fueron eran estudiantes de Derecho.

Algo sucedió, que aquel intento abortó. Este episodio de mi maricones me persiguió –y persigue- como pesada loza.

Uno de mis mejores amigos que permaneció en la lucha armada clandestina fue asesinado por el Ejército, causando y calando hondo en mi espíritu, el valiente luchador, mi inolvidable camarada Raúl “Lula” Pérez Gasque.

Por entonces, “Charras” había crecido velozmente como asesor sindical. Democratizó varios. Como es sabido, fue asesinado por el gobierno. Su muerte provocó la mayor movilización de protesta en Yucatán en 60 años. Hubo traidores, muchos de los cuales hoy se erigen como participantes del movimiento, cuando en realidad fueron “Micos”. Los boquetes de las balas policíacas a la Universidad fueron resanados.

La placa que se colocó a la entrada del edificio recordando aquella feroz represión, fue quitada por alguien que hoy pregona su participación junto a “Charras”, al igual que fueron borradas las letras del teatro de la universidad rebautizada entonces como “Efraín Calderón Lara”.

El infecto asesino material, un padrote y mayate de la zona de tolerancia, Pérez Valdez, “La Araña”, publicó en “Ovaciones que él sólo recibió órdenes siendo policía. Lo que no publicó este hijo de su puta madre fue lo que hicieron a Efraín antes de matarlo. A mí no me lo cuentan, vi el cuerpo putrefacto. Este y otros malditos hijos de la más horrenda de las matrices y vientre infringieron a “Charras” torturas abominables: le reventaron las uñas de manos y pies a martillazos. No quiero ni imaginar el dolor y sufrimiento de mi amigo. Con hojas de afeitar le contaron las tetillas.

Lo castraron (éste, no hay adjetivo para su perversidad, entregó a otro policía, el homosexual Chan López, dos pequeñas como semillas a sus putrefactas manos. El comandante –tan criminal como todos y que murió “suicidado”, preguntó al mil veces infectó Pérez Valdez qué era aquello. El error de Dios -Pérez- le dijo sin más: “los huevos de “Charras”, pegando el torturador puto un grito de horror dejándolos caer. Y para dispararle, este maricón de “La Araña”, tuvo que taparle los ojos al mártir. No soportó como buen cobarde la mirada de un joven amarrado de pies y manos, tirado en el suelo, inerme, cubriéndole la cara con un trapo.

En las protestas posteriores, cuando miraba –no me involucré mucho- a Fidel Rodríguez “El Negro”, líder de las mismas, le suplicaba yo todo apachurrado: “No aflojes” “Negro”.

Hoy, varios del entonces P.C. (Partido Comunista) que se portaron como maricas, odiadotes de los hippies de pelo largo, es decir las bases, quienes fueron realmente los protagonistas del movimiento, se quieren apropiar del sacrificio de Efraín, cuando en realidad a la mera hora, se hacían pendejos. Son muy buenos para organizar charlas a toro pasado. Y ¡mesas! Si quiere usted que algo no funcione, organice “mesas de trabajo”.

Hace unos meses, el hoy Lic. Jorge Fernández, quien sí estuvo con Efraín desde el principio, me propuso escribiera un libro, no del movimiento de protesta, sino del desarrollo de los sindicatos que formó, su rápida y exitosa labor entre los trabajadores, con el válido argumento de que aquellos que fueron opositores del asesor, pro-gobiernistas, se aprovechaban ahora ostentándose como, “obreristas” –muchos eran “orejas”-, pero, para rescatar esa historia no contada, se necesitan recursos y yo no los tengo. Sólo en entrevistas a personajes de la época hice una lista de más de veinte personas. Hacer trabajo de campo, cuesta, y en lo personal, no tengo ningún apoyo económico. Esa es la razón por la que no lo escribí, no por huevón, o incompetente, mi querido Jorge. Por “bruja”.

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