viernes, 12 de febrero de 2010

Apártida


Por Conrado Roche Reyes


El invierno transcurrió en la pena y amargura. Cuando llegó la primavera, parecía que todo iba mejor. Un amigo lo llevó un día, en marzo, a ver a los suyos a Mérida. Encontró a su madre más vieja, a sus hijos más grandes, a su mujer más distante, el barrio más pequeño. ¿Qué hacía en el D.F.? No tenía ya más nada que temer aquí. La casa familiar le pesó enseguida como una cárcel.

“Si has llegado a ser famoso, hijo –le dijo su madre- ¿por qué no te has hecho rico al mismo tiempo para sacarnos de la miseria?”. En vano él le explicaba que en su situación una cosa no entrañaba fatalmente la otra. La vieja no quería dar su brazo a torcer. Estaba convencida de que su hijo se daba la gran vida. A su partida, le pidió que saludara de su parte a Gómez cuando lo viera, y que le recordara la jubilación que esperaba desde hacía años. Esta atmósfera le resultó tan penosa que volvió a la capital con alegría.

La primavera sólo comenzó a cobrar sentido, a sus ojos, con la marcha conmemorativa. Hacía tiempo que la izquierda preparaba esa jornada. “Vuelve a México la primera Primavera después de la matanza. El país conmemora el recuerdo de sus muertos”: posters de Zapata, Villa, Morelos y hasta “El Che” que fue blanco de ataques del gobierno por ser extranjero.

Reinaba de nuevo un ambiente de kermesse. Pero él estaba entristecido por las declaraciones del presidente. Desde luego, no se había atrevido a prohibir la marcha. Pero se había guardado de aprobarla, aunque fuera tácitamente.

Había tratado de desalentar a la opinión diciendo que la marcha, monopolizada por la izquierda, no representaba a la mayoría aplastante de los estudiantes amantes de la paz y el orden sino a la lamentable minoría de algunos extremistas. El se preguntaba cómo algunos nuevos y jóvenes políticos, cuando eran líderes de la oposición, habían estigmatizado la represión del año anterior, y este año, ya miembros del aparato del Estado, la condenaban también de antemano al fracaso. ¿Cómo habían podido, cuando la matanza, denunciar el crimen y tratar al gobierno de “bárbaro” de “gobierno de sangre”, y este año no podían, no digamos honrar a los caídos, pero por lo menos callarse ante la misma sangre?

¿Así es que la política no respetaba nada? ¿O quizá no había ninguna diferencia entre los partidos burgueses: el progresista y el reaccionario? Tan pronto llegaba uno al poder, tan pronto el otro, como dos pueblerinos que comparten el mismo pozo. El pozo es el pueblo que sacia su sed y que no advierte el cambio más que unos son más sedientos que otros. Todo lo que sabía de eso, lo había aprendido solo. Era comunista y tenía conciencia de que no todo era digno de elogio en su partido, pero le reconocía una línea bien definida. Los otros, son unas prostitutas. Tales eran los pensamientos de él en el alba del día de la Marcha Conmemorativa.

Por la tarde en el lugar de reunión para la marcha, encontraron todavía poca gente. Se unió a los de la avanzada. Los líderes. Los valientes. Los organizadores. Esperaban que la gente fuese llegando después de los discursos, los mensajes, los poemas. Pero horas más tarde, sucedió lo contrario. Los primeros en desertar discreta, secretamente, fueron los líderes del partido. El continuó a la cabeza con unos desconocidos muy jóvenes. No daba crédito. Esperaba una multitud. La marcha comenzó. Durante el recorrido, se detuvo para tener una vista de conjunto de los participantes: no creía lo que veían sus ojos, se quedó estupefacto. Una desvalida marcha de rostros graves que no llegaba al millar de personas. Ese día, renunció al partido y decidió no pertenecer jamás a ninguno. Sería un “Apártida”.

Por esto!, 12 de febrero de 2010.

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