lunes, 4 de enero de 2010

Reflexiones



Por Conrado Roche Reyes


A L.M.C.L., de mí para ti

Vivo sometido a tu espectro. Donde quiera que vuelva la mirada, descubro tu rostro. Mis manos se han paralizado en la sequedad de los hechos. Cuelgan como estalactitas sobre desordenadas cuartillas. Me has ganado completamente. Tus ojos me han invadido. Te conozco ahora bastante bien para decirte que no te quería pero que has desencadenado en mi todo un mecanismo: mi cerebro, mi corazón, todo mi cuerpo se han puesto a tu servicio. Soy una pantalla que parecía inmensa un momento antes y que se ha encogido de pronto al llenarla tu imagen. Comprendo hoy que para contenerte yo tendría que haber sido tan vasto como el universo. Pero aún tal como soy, llego a contenerte aunque desbordes por todas partes. Las gotas que dejo en mi camino son para que los otros puedan encontrarte allí donde te he abandonado, recobrarte y llevarte más arriba. Debo decírtelo francamente, empiezo a cansarme.

Primero me había curado para ti. Como satélite que soy, te había robado la luz y por un instante parecí más luminoso. Después, recorriendo la órbita del tiempo que seguimos todos, comencé a debilitarme y a declinar. Y hoy me encuentro en ese punto de nuestro planeta desde el cual la Luna ya no es visible. Y no sé siquiera si volverá a salir.

Mido el espacio que nos separa por los cigarrillos que fumo en cadena. Estoy contento de no poder cambiarte. A los otros sí puedo. Pero a ti no. Me has invadido con tu eternidad de subconsciente.

A medida que te dejo escapar de mis dedos hábiles, de mis manos hábiles de sobreviviente, empiezas a refugiarte para mí en una región que yo llamaría la región del sueño. Tu verdadero rostro lucha entre las pesadillas y el estado de vigilia, que no es sino otra pesadilla puesto que tú no estás. En los sueños existes realmente, puesto que estos no existen.

Dados los sentimientos violentos que alimento hacia ti –sentimientos de traición, de envidia, de sensibilidad enfermiza o de depresión melancólica—, poco me importa. Pero en cuanto abro los ojos y no te veo, siento como un mar de ausencia a mi derredor y me pongo a odiar todo lo que me ata.

Sí puedo avanzar soltando lastre. Cada mañana me revela mejor el alejamiento. Ya no sé cómo alcanzarte. Tu rostro, faro de tantos otros, sólo trae a mí la soledad del guardafaros. Me alimento de náufragos que no consolarán jamás. Pero lo que estoy diciendo es excesivo y falaz, porque yo no soy para todo lo concerniente a la realidad el centro del mundo. Para todo lo concerniente a mi realidad íntima –yo soy el centro—, cada uno lo es con respecto a los otros.

Pero ya no soy sino el que adoraba tu rostro y que en el vacío que dejaste se ha quedado solo, silbando como el viento. Y esos silbidos son como los de los trenes, es decir, románticos. Pero el romanticismo ya no es de nuestra época. Hoy los ruidos son más violentos y nada prolongados, son más metálicos y nada quejosos, más ritmados y no ya confinados en los límites estrechos de un solfeo. Los sonidos de hoy, en el fonógrafo, formarían aristas, trazos descosidos, curvas, cruces, dibujando una estructura asimétrica donde, a pesar de todo, una golondrina podría posarse y un papagayo engancharse legándonos su esqueleto. Me he convertido en ese esqueleto, golondrina de mi corazón.

Al pensar así en ti, adquiero el derecho o un pretexto para no acercarme más realmente a ti. En mis pesadillas me parece que me necesitas porque tú también tienes exigencias. Quisiera entonces ir en tu ayuda, pero me parece que unas cadenas que no puedo romper me tienen amarrado. Me despierto empapado de sudor. Y pienso entonces con alivio que ya no estás. Yo digo con alivio, aunque pueda parecerte muy extraño, pues en el fondo no tengo ningunas ganas de cambiar. Me gusta este pequeño refugio. Moriré en él, no contigo. Sólo tu me has dado el sentido de lo infinito. Hubiera debido vivir de otra manera para ser hoy distinto. Pero esta vida única que se nos ha dado…Tengo la angustia de esta vida única que se nos ha dado. Desde que no hablo y pienso de más, mi voz ha madurado.

Todo esto, como habrás comprobado, no te concierne. Me concierne sólo a mí, y a ti ¿qué te importa? Lo que me importa es que tú creas en mí la necesidad de decírtelo, tú y ninguna otra. Desde entonces hay, entre nosotros, un vínculo. Me siento bien, me siento mal, espero, desespero, de acuerdo contigo. No podemos vivir juntos por la sencilla razón de que pertenecemos a mundos tan diferentes. A veces, en mis sueños, oigo tus reproches; me dices que me necesitas como ser humano, que es demasiado egoísta ser el único que sufre. Y te amo entonces por esas tonterías que hacen o no hacen nuestra vida: por un cigarrillo que te encendí un día, por un disco que escuchamos, por la bofetada que podía dar y no diste. Estas son las pocas reflexiones que quería hacerte antes de volver a mi cuarto, porque tu sangre, tus huesos, tus vísceras, vivirán conmigo eternamente transformados en luz.

Por esto!, viernes 1 de enero de 2010.

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