jueves, 21 de enero de 2010

Influencia de un libro sobre otro

Por Conrado Roche Reyes

En los años 60 del siglo XX, el henequén aún dejaba muchísimo dinero a funcionarios corruptos nombrados desde el centro para “administrar” y “profesionalizar” (hágame usted el maldito favor: enseñar a quienes durante toda su vida se habían literalmente sobado el lomo en los planteles: los mayas) a los campesinos por medio del banco ejidal, verdadera cueva de ladrones, botín de guerra, el gordo de la lotería, y a los hacendados en contubernio con los anteriores. Se embolsaban millones de pesos como siempre con el trabajo esclavo –eso del ejido, leyes a favor del campesino fue en los hechos letra muerta-, se les mantenía más o menos en paz por medio de dádivas, aguinaldos, “reparto de utilidades” y un subsidio que llamaban “alcances”.

Esto propició que el indio trabajador –que tonto no es- imitase a quienes se suponía eran sus benefactores –reportando planteles fantasmas, inflando el número de pencas cortadas, etc. Por esto, los zánganos burócratas y sus similares dueños de haciendas los tacharán de tramposos, ladrones y flojos, adjetivos que les venían más a ellos.

Tal estado de cosas era sabido por todos, más nadie hablaba, mucho menos protestaba. Al contrario, aquellos que se volvieron millonarios en puestos claves, fueron paradigma del hombre inteligente. La sociedad los miraba como personas respetabilísimas. Si el día de hoy hablamos de una ciudad –Mérida- ultraconservadora, hay que imaginarse lo que eran hace 50 años. El status quo en su máximo esplendor. Si alguien se atrevía a dudar, a ser suspicaz en el tema, se convertía en alguien descarriado o loco a quien había que corregir, y la mayoría de las veces lo lograban con la amenaza de la pérdida del empleo o el fuego eterno.

A principios de esa década apareció publicado un reportaje tan combativo y certero, así como valiente denunciando aquel latrocinio con pelos y señales. Al día siguiente o poco después apareció un segundo, ampliando la información del gran robo que se cometía en contra del Estado por quienes manejaban el dinero producto del henequén en la sobremesa de mi casa –era yo un preadolescente- comenté a mi padre tales artículos. Este –papá- me preguntó si quería conocer al autor de ellos, era muy amigo del padre de este periodista, a quien visitaba con frecuencia en compañía de mi tío Braulio Roche (famoso porque se sabía de memoria “El Quijote”) y pasaban horas platicando con el padre de aquellos artículos que conmovieron a Mérida. (“¡Leíste lo del henequén!, puras mentiras de comunistas!). Por supuesto le dije que sí. Un día, nos subimos al coche y me dice que él tampoco conoce personalmente al periodista. Llegamos y nos recibió el papá, ambos se dieron el acostumbrado fraterno abrazo. Después de los saludos de rigor, mi papá le expresa su deseo de conocer a su hijo ya que aquellas valientes denuncias lo tenían muy conmovido. El señor llamó en voz alta a su vástago. Este se presentó y saludó muy erguido, casi militarmente a papá y a mí. “Mira, este señor es muy amigo mío y lo aprecio mucho, es don Conrado Roche y te quiere felicitar por tus artículos sobre el henequén. Desde ese instante ya no me pelaron y los tres se enfrascaron en duras críticas al estado, a los ladrones del banco ejidal, etc.

Fue la primera ocasión que vi en persona a Mario R. Menéndez. De regreso a casa, mi papá comentó que jamás se imaginó que quien se atrevió a publicar aquello, con información fidedigna, nombres y apellidos, fuese una persona tan joven con tanto conocimiento de las teorías económicas.

Poco tiempo después, el mismo periodista, publica un libro que lo convirtió “En un apestado. Mis amigos me rehuían, mis amigas también. Toda la sociedad yucateca me condenó”, -palabras textuales del autor de “Yucatán o el Genocidio”. Aquí es a donde quería llegar, porque estuve leyendo el más reciente libro de Eric Villanueva Mukul titulado “El fin del oro verde” en el cual he encontrado muchas similitudes con el libro de Menéndez. En la presentación de su libro, mismo del que me dio la primicia cuando hablábamos en un café hace meses junto con “El Cando” Jorge Fernández de otro proyecto editorial, bosquejó sobre este su último libro Eric mencionó como su principal fuente “Yucatán o el genocidio”, y Carlos Bojórquez fue más allá. Después de breve glosa del libro y su influencia en la rebeldía juvenil que despertaba, dijo tajante que la lectura del texto “Yucatán o el genocidio”, es referencia obligada para comprender el abandono del campo y exterminio de los campesinos por hambre, son parte medular del proyecto derechista conservador que nos tiene postrados como país. Y vertió elogiosos comentarios –que avalo hasta donde he leído- al libro de Villanueva, ya que éste llega hasta nuestros días corroborando lo predicho hace 50 años en “Yucatán o el Genocidio”.

Por esto!, 16 de enero del 2010.

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