viernes, 22 de enero de 2010

García Ponce, Tomassi y “Cariátides”



Por Jorge Cortés Ancona

Cuando se le rindió un homenaje en vida a Juan García Ponce, en su última visita a Yucatán, en el 2002, una familiar suya comentó al auditorio que era un hombre que acostumbraba callar en las reuniones para escuchar lo que otros decían, y de ese modo escribió una obra teatral a partir de una conversación ocurrida en una reunión familiar. Era una historia basada en hechos reales, reconocibles para muchos.




Esto mismo habría de ocurrir en los años ochenta, cuando una novela suya que contaba con muchos lectores era “La casa en la playa”, de la cual varios decían conocer su ubicación y poder identificar a los protagonistas.

Cuando leemos nos interesa ante todo la verdad narrada en los textos y bastante menos la verdad exterior –si es que la hay-, que queda sólo como un punto de partida para observar el modo en que se reelabora un texto, cómo se construye una realidad a partir de otra, vivida en los hechos.

En tal sentido, se ha hablado de la fuerte carga autobiográfica de la obra literaria de García Ponce, quien vivió una vida intensa, llena de viajes y mujeres, en los tiempos previos a la enfermedad, además de las lecturas y el arte que fueron permanentes, lo cual permite sostener esa vinculación con la realidad de su entorno sentimental y de amistades.

En un cuento titulado “Cariátides”, que forma parte del libro “Imagen primera”, editado originalmente en 1963 por la Universidad Veracruzana (y de la cual se han hecho otras ediciones incluso una conmemorativa) y luego en Buenos Aires en 1968, podemos observar esa tendencia a partir de personajes y situaciones reales que se reelaboran para conformar un cuento.

Me es imposible afirmar si todo lo que narra en ese texto –una concisa radiografía de una familia, con sus amores y desamores- es realidad, pero sí podemos destacar un punto concreto, perfectamente identificable, que es el de tener como punto de partida al escultor, pintor, dramaturgo y crítico yucateco Leopoldo Tomassi López para el personaje de Pablo, el padre de familia.

Tomassi fue un destacado estudiante de la Escuela de Bellas Artes de Yucatán, por lo cual tuvo la oportunidad junto con Víctor Montalvo de ser becado para estudiar en España en 1920 (hay una crónica de Antonio Mediz Bolio de esa época, cuando trabajaba para la legación mexicana en Madrid, donde da cuenta de su amistad con los dos jóvenes becados). Las dos obras suyas más conocidas son el Obelisco a Carrillo Puerto, en el Paseo de Montejo, y las esculturas que integran el Pabellón de México en Sevilla, realizado en lo arquitectónico por Manuel Amábilis y en lo pictórico por Víctor M. Reyes. Escribió dos libros titulados “El feísmo en la pintura contemporánea” en 1930 y el fundamental estudio sobre Mérida titulado “La ciudad de ayer, de hoy y de mañana”, en 1951.

Las similitudes de estos hechos biográficos con el personaje de Pablo son susceptibles de análisis, pues tal como el narrador-personaje cuenta: “Pablo había abandonado todo para realizar el sueño de su vida: ser un artista, así, en general, pero especialmente como escultor” y describe su lugar de trabajo como un estudio saturado de objetos disímiles, muchos de ellos de valor, pero dando lugar a un conjunto de “aspecto indescriptible”.

Hay más detalles, de los cuales sólo podemos dar fe de los que se refieren a su vida artística pero de ninguna manera a los psicológicos: “Y además de cientos de esculturas sin ningún éxito, había realizado varios cuadros y escrito y editado por su cuenta dos libros sobre el feísmo en el arte o al parecido; abominaba la pintura moderna, era testarudo e intransigente hasta la locura, soportaba con una sonrisa de tolerancia y compasión la tontería de su esposa (…) y a pesar de todo, en mayor o menor grado –aunque esto sólo lo advertí mucho después- sus tres hijas estaban enamoradas de él”.

En el cuento el escultor tiene tres hijas que son Carmen, casada con un pintor; Gabriela, cantante de ópera, y Elena, estudiante de piano. Además un hijo varón, Enrique “inteligente y practico”, al que Pablo despreciaba igual que a su esposa. De todo ello, sólo podemos considerar que una de las hijas de Tomassi, de nombre Gioconda fue pianista que ya en los años cincuenta ofrecía recitales, en lo cual hay una coincidencia en lo exterior con el personaje garciaponciano.

Las ideas de Pablo compaginan gustos académicos y una función socialmente utilitaria: “Destruía a Picasso, a Braque y hasta a Orozco y Rivera (a pesar de que pensaba, como este último, que el arte debería tener un sentido social y en su libro sobre el feísmo alababa la belleza de esas figuras de obreros sudorosos (…) y en cambio despreciaba la dulzura de tantas inútiles vírgenes renacentistas)”.

Lo autobiográfico se percibe también en la autorreferencia del narrador-personaje que es presentado como un escritor, aunque trabajaba en una oficina donde escribía cartas comerciales, tal como ocurrió durante un breve tiempo con el propio García Ponce. Esto se complementa con un homenaje a la familia a la que se refiere: “Mi interés por la literatura el arte y esas cosas era casi tan grande como el de Pablo, y el ambiente de la casa me fascinó de inmediato”.

Como concluye el cuento “Eran otros tiempos y las cosas habían cambiado desde entonces”.

Por esto!, 19 de enero de 2010.

2 comentarios:

Tomás dijo...

Yo estuve en ese homenaje a Garcia Ponce. Saludos.

Magda Díaz Morales dijo...

Sitio oficial del escritor: Juan García Ponce

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