martes, 26 de enero de 2010

Contraste



Por Conrado Roche Reyes

Como siempre, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa —con una pequeña gran ayuda del IMSS— pesqué una terrible bronquitis que me mantuvo en cama durante cinco largos días.

En estupidez propia sólo de mí, después de varios años sin fumar consuetudinariamente, por algún motivo de autoflagelo inconsciente, regresé al cigarrillo, pero con fe.

En realidad jamás lo dejé por completo, de vez en cuando me fumaba un pitillo. Creo, en mi mente putrefacta lo hice en el momento en que entró en vigor la ley antitabaco, marginándonos a más de 20 millones de viciosos, asesinos pasivos. Por lo general, escribo de noche. Mi depa es pequeño. En el lapso de cuatro meses aquello ya parecía un depósito de colillas (llené un cubo con ellas) y el olor a humo fue ya parte del ambiente.

Con eso del cambio climático, el calentamiento global, capa de ozono, tuvimos unos días de heladez bien gruesa. Yo duermo en hamaca. Por las noches, pese a ponerme dos swuéteres y un flus para dormir, el frío era insoportable. Me pasaba la noche tosiendo y despertaba ronco. Lo que sucede es que mi cuneta tiene un tragaluz por donde se colaba el “chiflón”.




Por esos días me tocó chequeo mensual (padezco H.T.A.) y aproveché para plantear al médico aquella falta de aire, flemas, tos y fiebre.

Amigo lector: ¿Haz acudido al Seguro por cuestión salud? Si ya, entonces sabrás a lo que me refiero a continuación. Es un verdadero calvario de por lo menos cuatro horas. Soy del turno vespertino. Nominalmente se recibe atención por medio de citas (mismas que, al menos en donde consulto no se respetan) o “fichas”, esto es de la siguiente manera:

Llega uno con varias horas de anticipación. Esa vez fui a las 11:30 a.m. Pregunta a los que llegaron antes que quién es el último del turno de la tarde. Algún paciente levanta el dedito. “Entonces, voy después de usted”. Y… a esperar en unas comodísimas, confortables y modernas sillas (ajá). Aquel día que no respetaron mi cita, la señorita que atiende y que llega después de las 2 de la tarde, ante mis reclamos, me dice que hable con el director. Subí, y el señor no estaba.

Me atendió su secretaria, la mujer más amable (juar) del mundo. Educada en Eaton. Esta, después de un café (juar) me explicó con sus versallescos ademanes y su dulce y amable voz (ja, ja, ja) que el director no se encontraba y que ella se largaba porque “tengo hambre”.

Su rubio pelo, arreglado pienso yo en la mejor estética, el mejor SPA, piel blanca (“uá” morado obispo). Y me dejó con la palabra en la boca. “¡Qué fina persona es usted!”, le dije.

“¡Finísima…¿y?”, y se largó.

Verdadera tránsfuga de las “sayonaras”, “calzaletas”. Regresando al día de la tos. El consultorio (16), en donde los doctores no duran más de tres meses, se encuentra en la parte de atrás del edificio. Junto a un enorme escampado, estacionamiento. Allí esperamos balando. De pronto, se desata un ventarrón con aire frío. Da pena mirar especialmente a las viejitas soportar dichas inclemencias (cuando es época de calor, el resistero es insoportable).

La tos se me recrudeció. Me sentí con fiebre. Ya han pasado más de tres horas. No hay un solo filtro de agua. La angustia y desesperación —y los nervios— han hecho presa de mí. Y tos de perro. Y calentura en aquella heladez.

Finalmente llegó mi turno:
—¿A qué vino?
—Chequeo mensual.
—¿Es usted hipertenso?
—Sí, y también del sistema nervioso, pero hoy me siento muy mal. Tengo tos, se me dificulta respirar.
—Le voy a dar sus medicinas para la presión, y una caja para sus nervios de “X” pastilla.
—Doctor, siempre me recetan dos cajas.
—No puede ser. Sólo tengo autorizada una.
—Doctor, hace más de 15 años que esa es mi dosificación, cheque usted.
Jamás despegó los ojos de su “compu”. Y terco en reducirme la dosis.
—No puede usted suspender el tratamiento porque no es un medicamento fácil. Yo necesito las dos o sufriré una descompensación.

A duras penas, accedió. Y para lo de mis flemas, ¿sabe usted que me recetó? Sí, sí lo sabe: ¡Paracetamol!

Salí con mis recetas y otra espera angustiosa: La cola para la farmacia. Acortando mis viacrucis mensual, salí de allí cinco horas después. Como todos, mentando madres. Por la noche, no soporté el malestar y le hablé a mi hija Cinthia. Ni tarda ni perezosa me llevó a un Dr. Simi. Nada más poner el galeno el estetoscopio en pecho y espalda, dio su diagnóstico: “Fase crítica de bronquitis. Hay que nebulizarlo dos veces al día, unas inyecciones, antibióticos, y que no duerma en ese cuarto. Pero todo a la voz de ya”.

A partir de esa noche me quedé en casa de mi hija Tania, siguiendo al pie de la letra el tratamiento.

Dentro de la enfermedad, comprobé una vez más que les inculqué valores y cristianismo. Nada me faltó. Dos veces al día una me inyectaba. Tania y mi yerno Alberto muy pendientes de mí.

Y lo más grandioso, reconfortante, una bendición de Dios: mis nietas, (cuatro y tres años). A quienes he disfrutado plenamente. Comprobado su inteligencia. El auténtico abuelo clueco jugando con sus descendientes. Hermosas, vivaces. Es, hoy lo comprendo, un privilegio ser dador y prolongador de vida.

Muchas gracias Alberto, Tania, Cinthia, Lalo (mi hijo) y la nueva futura miembro de la familia, Ana.

Estas cursilerías reconcilian, ya que tengo ejemplos muy cercanos del abandono de algunos hijos a sus padres. ¡Hossana!, ¡Aleluya!, les amo.


Por esto!, 20 de enro de 2010.

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