jueves, 30 de abril de 2009

Serenidad, dosis necesaria

Por Manuel J. Tejada Loría

Una de las principales medidas que tienen que implementarse ante situaciones tan complejas, como la de esta epidemia de influenza porcina, es mantener la calma ante la información que se difunde por los medios oficiales. En este sentido, tenemos que mostrar disciplina y capacidad para organizarnos, sobre todo, cada quien tiene que ser responsable y no tergiversar lo que realmente ocurre.

Es decir, hay que concentrarnos en la información que se genera desde las instancias correspondientes y no en la que el vecino forja según su entendimiento, o la que escuchamos en el paradero de autobuses, en la oficina, o donde sea. Evitar a toda costa el desafortunado “teléfono descompuesto” para que el asunto no tome dimensiones inexistentes.

Somos vulnerables ante lo desconocido y el miedo desata, a su vez, reacciones insospechadas. El hecho de que las autoridades hayan tomado medidas de precaución es un acierto que no se verá completado si la población no se convierte en parte activa de esta disposición. Me refiero, por ejemplo, a que si bien se han suspendido las clases en todos los niveles educativos, estos días no son necesariamente de asueto como muchos creen e, incluso, han manifestado.



Es lamentable escuchar a gente que ve en la suspensión preventiva de clases una prolongación de vacaciones de semana santa, y a otras, lamentarse de no ser maestros o estudiantes para no acudir al trabajo. En otras palabras, parece no importarles que haya gente muriendo, lo único en que piensan es en la manera de no trabajar.

En algún momento del día se me acerca una persona y me dice visiblemente alarmada “hay equis número de enfermos en el estado, lo están ocultando”... No supe qué decirle. ¿Qué esperaba esta persona, que me jalara los cabellos y saliera dando de gritos por la calle? En todo caso, ¿cuál es la verdadera reacción que se busca con esto del chisme? Otro desafortunado momento: un maestro se vanagloria por las “vacaciones pagadas”. Y luego, entonces, un poco de vergüenza ajena por el grado de valemadrismo al que hemos llegado.

Hasta el momento en que se redactan estas líneas, oficialmente no hay ningún anuncio que hable de casos de influenza porcina en el Estado. De haberlos ya, tampoco creo que la línea a seguir sea por ahora buscar responsables o emitir juicios categóricos (con eso de que hay tantos autoproclamados inquisidores) principalmente porque la prioridad es evitar la propagación del virus.

Lo que sí es algo confirmado, es que la psicosis nunca lleva a puerto seguro, y que la desinformación generalmente va acompañada de secretas intenciones. Por eso sería una magnífica labor que cada uno de nosotros procuremos no esparcir rumores sin fundamento y, desde luego, señalar a las personas que lo hacen sin pudor alguno, que ese no es el camino para superar este problema social.


Addenda necesaria


El hecho de que se extremen precauciones, no quiere decir que haya que desatender temas tan importantes para nuestra sociedad. Desde luego que un primer y significativo paso es no perder la calma y, sobre todo, no ceder al pánico lo más preciado para enfrentar este tipo de situaciones: la inteligencia colectiva.

miércoles, 29 de abril de 2009

Darwin: aspectos sobre la teoría de la evolución




Debido a las medidas de prevención ante los brotes de Influenza que se han registrado en varias partes del país las actividades del evento Darwin: aspectos de la teoría de la evolución se posponen hasta nuevo aviso.

Las formas de la influenza


Por José Díaz Cervera


Lo único que sabemos es que estamos confundidos. El virus de la influenza porcina tiene aristas ocultas que se mezclan con todos nuestros malestares sociales y con nuestras prácticas culturales, conectando zozobra con zozobra.

Suenan las alarmas, timbran los teléfonos, las noticias corren y todos quedamos a la espera; en la red la navegación se da con dificultades; se anuncia que las clases se suspenderán en todo el país hasta el seis de mayo, y la sensación es que el asunto se le fue de las manos a las autoridades federales.

No quiero ser irresponsable, pero lo que sucede me genera dolor y rabia. Ver paralizada la ciudad que amo, mirar las imágenes de gente caminando con tapa-bocas y saber que hay familia y gente entrañable que está en riesgo, me causa un gran estremecimiento. Para colmo, un temblor sacudió el área metropolitana de la Ciudad de México.

Con la influencia aparecen también otros malestares: la tradicional actitud de los gobernantes de ocultar a la población las verdaderas dimensiones del asunto e incluso de minimizar criminalmente los sucesos; a ello debemos sumar también nuestras propias inconsistencias, generadas por un gobierno corrupto que ha terminado por corromper nuestras formas de ver la realidad. Así, la sospecha de la ciudadanía y de algunos periodistas de que todo esto no es más que una cortina de humo para aplicar una estrategia de choque que ayude al PAN en las próximas elecciones, se combina con nuestras desconfianzas tradicionales respecto de lo que diga el gobierno (la mula no era arisca…).


En cada paso que da, el gobierno federal aparece errático y rebasado mientras los ciudadanos oscilamos entre el pánico y la indiferencia, lo cual nos habla de los niveles de madurez de nuestra sociedad civil.

Uno de los comentarios más sorprendentes lo escuché de una señora encopetada, al ir a pagar mi recibo de luz en una plaza comercial; su lógica era impecablemente falaz: “es sólo influenza”, dijo con autoridad de gallinola a la mujer que la acompañaba, agregando, además, un par de razonamientos luminosos. El primero tenía que ver con una especie de fatalidad: todo esto es un castigo de Dios para los habitantes del Distrito Federal, por elegir a un gobierno comunista que legalizó el aborto. El segundo hacía referencia a que el fervor religioso y el temor a Dios de los yucatecos, funcionaría como una especie de escudo que impediría la llegada de la epidemia a nuestro Estado.

En el momento de escribir estas reflexiones, la Organización Mundial de la Salud decretó elevar el nivel de alarma epidemiológica del nivel 3 al nivel 4, lo cual nos habla de un franco riesgo de pandemia.

Mientras, oscilando entre la indiferencia y el pánico, los ciudadanos vamos momentáneamente a la deriva, enfrentando no sólo una enfermedad desconocida y desconcertante hasta para los propios científicos, sino todos los demás malestares que socialmente nos aquejan desde que unos pocos nos impusieron un gobierno que no se legitimó en las urnas y que no tiene interés de hacerlo en los hechos.

Cuando esta crisis de salud pública haya pasado, no solamente contaremos a las víctimas del virus, estoy seguro de ello; hay indicios de que la sociedad civil empieza a movilizar sus precarias estructuras de organicidad, y eso evidenciará muchas cosas del doble contagio de influenza y de terror (como si no fuera suficiente el miedo que ha sembrado en el país el crimen organizado).


Por esto!, martes, 28 de abril de 2009.

lunes, 27 de abril de 2009

Marsé

Por José Díaz Cervera



A los setenta y seis años, Juan Marsé recibió el Premio Cervantes 2008. La noticia, aparte de congratularme porque el catalán es uno de mis escritores preferidos, me remite a mis épocas de estudiante universitario, y me recuerda a amigos entrañables a quienes dejé de ver hace tiempo.

Voy a mi estudio; allí busco en los libreros algunas obras del escritor que también ganó el Premio Juan Rulfo hace algunos años. Cuando abro “Si te dicen que caí”, me veo caminando por las calles del centro de la Ciudad de México, con mis veinte años de muchacho regordete y mal vestido, comprando en un kiosco el libro de pasta color sepia, que tenía en letras muy grandes el nombre de Juan Marsé.



“Si te dicen que caí” es una novela extraordinaria cuyo personaje central es la memoria (quizá por eso fue censurada por el gobierno franquista), y donde el realismo crudo pero sin truculencias construye una atmósfera sórdida y por momentos extremadamente cruel, a través de la cual se dibuja —sutilmente— un universo lleno de perversiones, de doble moral y de soledad.

En esta novela de Marsé, como en la mayoría de sus obras, la historia se cuenta siempre desde la perspectiva de la primera persona, pero ello no implica que esta perspectiva sea todo el tiempo la de un único personaje ni la de un autor diegético. Antes bien, anclando todo en la mirada, los personajes de Marsé “viven” hablando constantemente de lo que ven.

Convirtiendo a la memoria en protagonista, y a los barrios suburbanos en microcosmos, Marsé construye en “Si te dicen que caí” un drama desesperanzado y desesperante donde no sabemos a ciencia cierta dónde demarcan los propios personajes los límites de su realidad objetiva. En las primeras páginas de la novela, se hace referencia a unas mujeres como “enfermas de irrealidad”, y uno de los personajes, Sarnita, casi un niño, practica una especie de juego poco común que es el “aventis”, a través del cual todos los sucesos de la comunidad se reconstituyen imaginativamente para convertirlos en un juego de fabulación que potencializa la memoria. De ese modo, todo lo que Sarnita mira se convierte en epopeya y, por lo tanto, en un antídoto en contra del olvido.

En la obra de Marsé, lo más característico es el poderío dramático de sus personajes. Así Sarnita y Java en “Si te dicen que caí”, o David y el inspector Galván en “Rabos de lagartija” (una de las novelas más recientes del catalán). Sin embargo, de esta especie de corte de los milagros que desfila en la obra de Marsé, el personaje culminante, el más seductor y el de mayores matices es el Pijoaparte, protagonista de “Últimas tardes con Teresa”, novela con la cual su autor obtuvo el Premio Biblioteca Breve en 1965.

El Pijoaparte, como casi todos los personajes de Marsé, es una especie de anomalía del sistema a través de la cual se develan los rasgos siniestros del mundo. Mezcla extraña de patán y soñador, el Pijoaparte (joven moreno y atlético de origen andaluz) es un ladrón de motocicletas que, tratando de llevar su aparente falta de escrúpulos al extremo, se ve envuelto en una equívoca historia de amor que lo confronta hasta sus últimas consecuencias.

Con todos los merecimientos, Juan Marsé ganó el Premio Cervantes 2008. En su discurso habló de la literatura y la memoria. A mí, el recuerdo de mis lecturas de Marsé me llevó a aquellos parajes de Gante, de 5 de mayo o de Madero, donde aprendí a contar “aventis” con mis amigos entrañables, en la mesa de una cafetería o en un bar de mala muerte.


diacervera@gmail.com




Por esto!, sábado, 25 de abril de 2009.

domingo, 26 de abril de 2009

El mal gesto y la comunicación

Manuel J. Tejada Loría

Comunicarnos, después de todo, tendría que ser la clave para el entendimiento humano. Pero no es así. Ya pareciera que en vez de intentar establecer un diálogo con el otro, lo que sucede es que interrumpimos los canales de comunicación, incluso, cortamos de manera tajante cualquier esbozo de mutua comprensión.

A estas alturas de la vida, esto no sólo resulta incomprensible sino también desgastante, debiera decir –en una sociedad como la nuestra donde se le da prioridad a lo funcional– inoperante. Pero paradójicamente, nuestra actitud como seres humanos racionales sigue encaminada a esa desazón.

De las múltiples maneras de comunicarnos hay una que llama especialmente la atención. Nos referimos a la de los gestos, miradas y a todo ese lenguaje corporal con las que la mayoría de las veces emprendemos las más estratégicas cruzadas para obtener algún favor de cualquier persona (en el coqueteo, por ejemplo); o por el contrario, expresar sin utilizar ninguna palabra un tajante “no me interesa establecer ninguna clase de comunicación contigo”.


Todo este leguaje gestual y de actitudes corporales se yergue como un muro infranqueable, no necesariamente de individualismo, sino para crear discursos de poder donde la comunicación, por ende, ya se ve supeditada a esta simulada jerarquización. Lo anterior puede verse comúnmente en las reuniones o en nuestras propias experiencias. ¿Quién no se ha quedado alguna vez con la mano extendida o con las cejas alzadas luego de intentar un saludo? ¿O a quién no le ha tocado ver alguna “discusión” entre dos personas solamente a gestos?

Hay tantas cosas que dice el cuerpo y a éste –quiero creer– le cuesta un poco más la simulación, la mentira que verbalmente es tan fácil para el pensamiento humano. Es por eso que al hablar estamos diciendo mucho más de lo que escuchamos, y estar atento a todo esto nos lleva, a su vez, a un entendimiento más integral.

Incluso, todo este lenguaje de gestos se ha trasladado a las nuevas tecnologías, como los ya populares chats o pláticas a través de internet. De esta forma, existe toda una cantidad extraordinaria de símbolos o dibujos preestablecidos que expresan emociones entre los interlocutores. Una cara sonriente expresa felicidad, el entrecejo fruncido, molestia, y así una gran cantidad de íconos que son ya parte del lenguaje de estas pláticas virtuales.

No sé qué tanto haya influido esto de los chats para bien o para mal en la comunicación de las personas. Lo cierto es que hay tanta gente que por internet se comunica mejor precisamente por todos estos gestos cibernéticos que de manera verbal, donde parece es más difícil entablar una comunicación.

Supongo que tiene que ver con el desorden de pensamiento que todos tenemos, esa serie de ideas y prejuicios que rondan en nuestra mente y que no permiten que las relaciones personales sean más óptimas. La escritura, a final de cuentas, nos acerca a darle más forma a ese parloteo de ideas, a estructurar, sobre todo, una línea de pensamiento más claro, objetivo y congruente. El detalle es que no podemos andar por la calle comunicándonos con papeletas y apuntando todo de primera mano, sería una catástrofe para la ecología.



Por esto!, viernes, 24 de abril de 2009.

sábado, 25 de abril de 2009

Darwin: aspectos sobre la teoría de la evolución



El gobierno del Estado
a través del Instituto de Cultura del Estado de Yucatán, y
la Red Literaria del Sureste

presentan:

D a r w i n

Aspectos sobre la teoría de la evolución



Miércoles 29 de abril, 19:30 horas

Darwin, espejos de la evolución

Mesa panel a cargo de los especialistas Dr. Manuel Uc, Dr. Manuel Robert, Dra. Martha Pimienta y Pbro. Raúl Lugo.



Jueves 30 de abril, 18:00 horas

Heredarás el viento

Influencia del pensamiento darwiniano en la literatura

Proyección cinematográfica a cargo de Miguel Ángel Civeira



Sala de arte del Teatro Mérida. Entrada libre

viernes, 24 de abril de 2009

Darwin no ha muerto



El rescate de una técnica

Por Jorge Cortés Ancona



Cuartoscuro, la imprescindible revista mexicana de fotógrafos, dedica varias páginas de su número 95 a la obra de Waldemaro Concha, artista de la lente e investigador yucateco.

Con nueve fotos y dos textos, uno de Jimmy Montañez (compañero suyo de labores en el Archivo “Pedro Guerra” de la UADY y también investigador, fotógrafo y recuperador de imágenes) titulado “El tiempo en un cristal” -que además se publica en su traducción al inglés- y otro de carácter explicativo del propio Waldemaro, titulado “¿Qué es el colodión húmedo?”, se puede acceder a la muestra de un trabajo técnico recuperador que ofrece imágenes memorables.

Como se explica en dichos textos, el colodión húmedo es una técnica que en su versión positiva se conoce como ambrotipo y que fue empleada desde mediados del siglo XIX hasta que nuevas técnicas la dejaron en total desuso en ese mismo siglo.

Las posibilidades que ofrece el uso de esta técnica en los tiempos actuales es la de una sensación de romper la tridimensionalidad con mayor profundidad y amplitud en el plano, a la vez que de dar una impresión de que los tiempos se han entremezclado. Una de las propuestas de Concha es la de vestir a sus modelos con una indumentaria decimonónica y emplear recursos de estudio fotográfico de esa época para hacer que sus imágenes parezcan antiguas.

Además de celebrar la sintética introducción de Jimmy Montañez comparto su deseo de que con esta técnica se aviente Waldemaro a tomar imágenes de chavos banda, rastas y punks para traslapar o yuxtaponer los tiempos.

Relacionando tendencias, recuerdo la exposición que hace algunos años hizo en Mérida un fotógrafo argentino que empleaba técnicas de los inicios de la fotografía a fin de tomar imágenes de grandes ciudades (como Nueva York, Buenos Aires, México, D.F., etc.) en las que se veían los edificios de grandes avenidas pero ningún transeúnte o vehículo, ya que sólo se podía captar lo que estaba fijo. Esa condición de vacío y soledad resultante nos dejaba una sensación de inquietud, como una premonición del futuro.

No podemos dejar de mencionar a otro fotógrafo yucateco que también ha empleado técnicas del siglo XIX y de las primeras décadas del XX, que es Humberto Suaste y a un entusiasta investigador de los fotógrafos del pasado que es Neil Rivas.

Con todo esto, mantengo el sueño de que algún día los presupuestos y las buenas voluntades hagan posible una exposición de las imágenes fotográficas, pictóricas y de grabado que se hicieron en Yucatán en el siglo XIX hasta la llegada del Gral. Alvarado (hecho que a su vez sería punto de partida cronológico para otro proyecto abarcador). Que veamos de modo directo las imágenes que plasmaron Waldeck, Charnay, Maler y tantos otros.

Volviendo al número 95 de Cuartoscuro es también importante la muestra de mujeres fotógrafas, que cuenta con un texto introductivo de Lolita Castelán, titulado “Haz pedazos tu espejo”. Asimismo, aparecen artículos de opinión, notas informativas y, por supuesto, buenas fotos, como las del concurso “Jóvenes vistos por jóvenes” y otras más.

Por esto!, martes, 21 de abril del 2009.

jueves, 23 de abril de 2009

Realidades del Gran Poncho de Holcá

Por Joaquín Peón Iñiguez

Lo primero que ves entrando a Holcá son dos cantinas, aquél día íbamos por la libre, camino a Sian Kaan, el lugar donde nace el cielo, y más que una casualidad o un coqueteo de la selva y el asfalto, lo tomamos como una señal divina. J y yo nos detuvimos a tomar una cerveza, estacionamos el carro junto a unos cuantos pavos y gallinas que se apandillaron en la puerta. Cuando quisimos retomar la carretera, descubrí que las llaves se me quedaron adentro del carro. Le pregunté a la señora que atendía si había algún cerrajero en el pueblo, me respondió que no, pero que a unos metros podría encontrar un llantero.

Caminé hasta su casa, no toqué la puerta porque no había. Después de algunos gritos, un sujeto que estaba tirado en su hamaca viendo caricaturas, se despertó. Me llamo Javier, pero me dicen Poncho porque soy deportista, me informó mientras se sobaba su pansa chelera. Su apellido es Tello, pero hay que ser un poco idiotas (presente) para preguntarle, ¿Te lo poncho? Cuando llegamos al carro los pavos se habían multiplicado casi por generación espontanea. El Poncho abrió su caja de herramientas, tenía un martillo, un desarmador y un montón de trozos de metal rotos que seguramente había recogido de la carretera. Introdujo el desarmador en el cerrojo, martilló por unos diez minutos hasta que la cajuela finalmente cedió. Desde ese día no he podido abrirla. Nos pidió que le compráramos una chela y lo alcanzáramos en su casa.

El precio fue relativamente barato, algunos pesitos y media botella de ron que guardábamos para el viaje. Siéntense chingada madre, dijo el Poncho hospitalariamente, después vació la botella sobre una gran cubeta de pintura donde mezclaba todo el alcohol que cayera en sus manos, sumergió el vaso y nos invitó un trago. Después nos enseño sus pinturas, eran trozos de madera sin forma alguna sobre las que dibujaba vírgenes que se mezclaban con serpientes, calaveras y futbol. Para verlas mejor nos pasó unos catalejos fabricados con botellas y cinta aislante. Es cierto, las vírgenes parecían salirse del cuadro, casi podías besarlas, suavecito. Miren mi pipa, señaló mientras nos mostraba un tronco devorado por el comején, de unos cuarenta centímetros de largo y quince de diámetro. Luego nos contó de una ocasión en que unos turistas alemanes se sentaron a beber tequila con él, cuando se quitó la camisa ellos quedaron impactados, le dijeron que tenía la figura de una virgen en su espalda. No, sólo estoy sucio, les respondió.

La segunda vez que visité al Poncho estaba acompañado de un amigo que pudiera tener cualquier edad entre los setenta y los cien, es difícil calcularle los años a la gente que ha trabajado tantos años bajo el sol meridano. El compañero era de pocas palabras, nos recordaba su nombre a cada oportunidad y repetía cada frase al menos dos veces, era de corazón noble. La dinámica que tenían ambos era curiosa, por no decir bizarra, el Poncho debrayaba y se reía de sus propios chistes mientras él sonreía en silencio, asintiendo de repente, como si lo entendiera todo y no tuviera necesidad de hablar. Si quieren encontrarlo sólo pregunten por el marido del Poncho, nos informó antes de despedirnos.

La última vez que pasé por Holcá, el Poncho estaba sin camisa, tenía un collar con un chupón colgando, permanecía sentado en un banco de madera cual rey en su trono, un sujeto lo estaba bañando en una mucosidad extraña que finalmente concluimos era grasa de auto. Me dejó el olor marcado con un abrazo y hasta el día de hoy no se ha quitado de mi camisa. Esta vez nos enseñó sus nuevas pinturas, más vírgenes sobre espejos. Además había escrito su nombre con plumón indeleble sobre el televisor. Me dio a leer un libro de medicina y le prometí que la próxima vez le llevaría mi novela. Antes de retomar la carretera le hice un comentario sobre sus pinturas, él me miró un poco engreído, un poco burlón, como suele hacerlo y me dijo: es que soy una verga, entiéndelo.

Por esto!, martes 21 de abril de 2009.

miércoles, 22 de abril de 2009

La perdida urbanidad

Jorge Cortés Ancona

Vivimos tiempos en los cuales la urbanidad se ha vuelto, en los hechos, una práctica obsoleta si no es que desconocida, pronta a ser olvidada en aras del servilismo hipócrita, la ley del más fuerte y el recurso de “el que llegue primero, arrebata”. Aunque sólo sea por nostalgia de un ideal, vale la pena remontarse a los orígenes de estas costumbres que, con respiración artificial, mantenemos en nuestro tiempo.

Como señalaba Jacob Burckhardt en su libro La cultura del Renacimiento en Italia al hablar de las costumbres de varias ciudades italianas en los siglos XV y XVI, se procuraba un extremo cuidado en el lenguaje hablado y en el literario. El lenguaje, en el aspecto social, tenía un gran valor porque era el complemento de la conducta personal noble y distinguida, y obligaba a mantener una actitud digna frente a los demás.

Por ende eran de gran importancia las normas de trato social, así como la delicadeza y tacto en las relaciones interpersonales. De este modo, surgieron reuniones de sociedad en las que se platicaba, se tocaba música y se paseaba a caballo.

Un caballero renacentista debía saber danzar correctamente y, además, practicar deportes como la esgrima, la equitación, la gimnasia y la lucha (e igualmente las regatas, en el caso de Venecia). Es decir, deportes que ahora consideramos bélicos, pero que eran parte de una educación integral en los estratos altos de la época. También, era necesario saber idiomas (cuando menos latín e italiano) y entender de literatura y artes plásticas. De ser posible, era conveniente tocar algún instrumento musical con virtuosismo.

Durante el Renacimiento italiano se pretendía vivir una vida doméstica conscientemente, dentro de un sistema ordenado, con una economía muy desarrollada y una manera muy racional de construir las casas. Conforme a esto, estaba surgiendo la idea de confort, lo cual se refleja en el amplio mobiliario de esos tiempos con lechos cómodos y elásticos, alfombras blandas y refinadas, y útiles de tocador. Tenía mucho peso la idea del lujo.

La indumentaria procuraba ser bella y cómoda, vista como un complemento de la personalidad. El traje llegó a ser algo individual, al grado de que cada caballero llevaba su propia moda. Había mucha preocupación por la ropa limpia, por lo cual las partes blancas de la ropa eran la prueba más evidente de limpieza

En cuanto a la cosmética, había en general una excesiva limpieza del cuerpo, por lo que era común el aseo en seco, friccionando el cuerpo con telas perfumadas. A diferencia de la cosmética de las mujeres, la también cuidadosa cosmética masculina tenía fines sensuales y políticos por igual, y es curioso que hubiese cosméticos para acentuar discretamente las cicatrices de heridas valerosas o para disimular las provenientes de enfermedades venéreas.

Se trataba, en suma, de un intento por ser amable y agradable con los demás. Es cierto, que lo anteriormente señalado tiene su buen tanto de frivolidad y que correspondía, ante todo, a los estratos altos de las sociedades occidentales; pero la Modernidad que ya arrancaba y, las posteriores luchas sociales, habrían de permitir que estas condiciones se fueran haciendo extensivas a todas las clases sociales y estratos en distintas medidas. La disminución de las jornadas de trabajo y el logro de mejores niveles de vida fueron procurando una vida más llevadera.

Los retrocesos neoliberales y de la violencia tolerada por los poderes internacionales han ido haciendo reversible esta ideal urbanidad, que nos hacía más conscientes de nuestro entorno humano.


Por esto!, lunes, 20 de abril de 2009.

El escritor catalán Juan Marsé gana el Premio Cervantes 2008

MADRID.- El escritor y guionista catalán Juan Marsé Carbó (Barcelona, 1933) ha sido galardonado con el Premio Cervantes 2008, el más importante de las letras hispanas. Tras años como favorito en las quinielas, finalmente, el autor de obras magistrales como 'Últimas tardes con Teresa', 'Si te dicen que caí', 'El embrujo de Shanghai' o 'La muchacha de las bragas de oro', ha visto reconocida su labor literaria "por su decidida vocación por la escritura y por su capacidad para reflejar la España de la posguerra".

Ésas son algunas de las razones que ha manifestado el presidente del jurado, José Manuel Blecua, en la rueda de prensa en la que el ministro de Cultura, César Antonio Molina, ha hecho público el fallo del premio, que en esta edición está dotado con 125.000 euros, 35.000 más que en años anteriores.

El galardonado, que ha confesado que escribe "para evocar algunas experiencias que me hubiera gustado tener", ha conocido la noticia casi dos horas después de que el fallo se hiciera público porque se encontraba en la consulta del médico. "La salud es lo primero", ha contestado el escritor a su mujer cuando le ha 'recriminado' que no estuviera en este momento.

En ausencia del premiado, Molina tuvo que darle la noticia a su mujer y en la puerta de su casa, un grupo de periodistas montaban guardia, y otros más privilegiados casi auxiliaban a su mujer y a su hija Berta en la dura tarea de atender a los medios y a los políticos que llamaban.

"Me lo esperaba y no, porque este año entre los finalistas estaban Pepe Caballero Bonald, Ana María Matute y Javier Marías, que son escritores que me merecen mucho respeto y a los que admiro", comentó el escritor. También aseguró que aunque la literatura "no tiene nada que ver con los premios", naturalmente, estoy muy contento, después de que he sido finalista durante dos o tres años".

Por su parte el poeta argentino Juan Gelman, miembro del jurado y Premio Cervantes 2007, ha señalado con su habitual ironía que el Cervantes no saldará ninguna deuda, "pero sí le permite saldarlas al escritor que lo gana". Marsé, ha proseguido, "es un gran escritor que ha marcado a varias generaciones".

Pasión por la literatura

Juan Faneca —recibió el apellido Marsé de la familia que lo adoptó tras fallecer su madre en el parto— sólo realizó los estudios elementales. Debido al ingreso en prisión de su padre por militar en partidos de la izquierda catalana, tuvo que ponerse a trabajar en una joyería para ayudar a su familia.

Hasta 1958 no salen a la luz sus primeros relatos, que fueron publicados en las revistas 'Ínsula' y 'El ciervo'. Siete años más tarde llegó su primera gran novela, 'Últimas tardes con Teresa' (1965), que le valió el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral y llevó al cine Gonzalo Herralde en 1983 con guión del propio Marsé.

Durante la década de los sesenta (los primeros años estuvo en Francia donde conoció al Premio Nobel Jacques Monod) colaboró con asiduidad para editoriales, traducciones, columnas en publicaciones y guiones de cine, junto a Juan García Hortelano, gran amigo suyo.

Con 'La muchacha de las bragas de oro' (1978) ganó el Premio Planeta, reconocimiento del que era miembro habitual del jurado y que dejó de serlo el 17 de octubre de 2005, tras denunciar abiertamente la baja calidad de los originales enviados y no atenderse algunas de sus sugerencias sobre cambios en el proceso de selección, críticas compartidas por Rosa Regás.

También ha sido reconocido con el Premio Juan Rulfo (1997), el Premio Internacional de Literatura Romance de la Unión Latina (1998), el Premio Nacional de Narrativa (2001), la Medalla de Oro de Barcelona al mérito cultural (2002), el Premio Extremadura a la Creación literaria de autor iberoamericano (2004) y uno de los Premios Quijote'06 de la Asociación Colegial de Escritores (ACE).

Su lado cinematográfico

Otra de sus grandes pasiones ha sido el cine, aunque en los últimos tiempos ha renegado tanto del séptimo arte que está inmerso en un libro que es un "pequeño ajuste de cuentas" con los guionistas y directores.

Muchas voces apuntan a que posiblemente es el autor del que más novelas se han llevado al cine. No obstante, ha asegurado en varias ocasiones que todas las adaptaciones que se han hecho de sus libros son muy malas, siendo él mismo en varias ocasiones el guionista.

Casado con Joaquina Hoyas desde 1966, tiene dos hijos, Alejandro y Berta. Esta última ha debutado en la narrativa con 'Jaque' (2006), un libro que reúne siete cuentos.

A sus 75 años, Juan Marsé se ha impuesto a candidatos como Ana María Matute o Caballero Bonald. Este último, compañero de generación, asegura que nadie como él ha sabido auscultar la Barcelona de posguerra ni reflejar la marginación y pobreza de entonces y que es el que, de entre todos ellos, tiene una más saludable capacidad indagatoria.

El Cervantes de este año ha sido el primero que se otorga tras los cambios introducidos por el Ministerio de Cultura en la composición del jurado, para dar más presencia al mundo de las letras y de la cultura en general y menos a las instituciones dependientes del Gobierno. Este galardón ha distinguido hasta ahora a 19 escritores españoles (incluido Marsé) y 16 latinoamericanos, de los que sólo dos han sido mujeres, la española María Zambrano y la cubana Dulce María Loynaz.

martes, 21 de abril de 2009

El ídolo de Guamúchil, cultos y culteranos


Por Carlos E. Bojórquez Urzaiz

No debieran inquietarnos tanto los hechos ocurridos durante la presentación del libro de Carlos Monsiváis, puesto que tratándose del cronista del entorno popular, y visto que además la obra obsequiada a sus lectores yucatecos versaba nada menos que sobre el ídolo Guamúchil, el inmortal Pedro Infante, lo menos que podía ocurrir fue exactamente lo que ocurrió. Es verdad que varios intelectuales y periodistas presentes se incomodaron por el protagonismo de la locutora de radio Beckina Fernand, o por las incomprensibles fallas de sonido, pero al final las protestas, proferidas a gritos y otros factores más, acercaron la inolvidable velada a la escena de una película de la época de oro del cine mexicano, en la que los cantos del mariachi, o algún bolero ranchero suelen acudir al rescate de las algarabías protagonizadas por los charros, como intentó hacerlo sin éxito la Sra. Fernand. Me atrevo a pensar que hasta el propio Monsiváis, quizás, reconozca que en ninguna otra parte la presentación de su obra, Pedro Infante: Las leyes del querer, asumió tantos ribetes populares como los que tuvo en Mérida, donde el Instituto de Cultura de Yucatán quiso solemnizar el lanzamiento bibliográfico ofreciendo los teatros de la ciudad para la presentación, pero sin restringir el espíritu popular que animó a sus promotores.

Ciertamente, el ICY debería ser más cuidadoso a la hora de celebrar alianzas para la realización de sus programas, aunque cabe aclarar que desde el anuncio de esta actividad, a efectuarse en los vestigios de la casa de Pedro Infante, convertida en un modesto hotel, se podía intuir la intención de promover el libro del destacado escritor entre un sector de la población ajeno al deseable hábito de la lectura, pero que quizás acudiría al acto, como en efecto ocurrió, por lo simbólico de su sede y el cariño que la gente de Yucatán profesa por el charro cantor. No me queda duda que los errores de esa noche salieron del control del Instituto de Cultura, pero instintivamente los hechos fueron asumiendo el auténtico carácter popular que se quería representar a través de una escenografía que fuera capaz de recrear en la imaginación de intelectuales y periodistas, la atmósfera que evoca el libro de Monsiváis y la figura misma del ídolo de Guamúchil. El otro público, en cambio, el que nunca había asistido a la presentación de un libro, pero que lo hizo por la veneración que siente por Pedro Infante, como mi amigo Ramón, lamentó que no haya seguido tocando el mariachi que arrebató la palabra al escritor Jorge Cortés mientras pedía disculpas por los problemas de sonido. No obstante, Ramón se llevó consigo un ejemplar del libro que apenas empieza a leer en su natal comisaría.

Pienso que la parábola de esa velada resulta significativa, ya que posiblemente por haber transcurrido en circunstancias adversas, dejó ver que el espíritu elitista, imperante en la cultura de nuestro pasado reciente, todavía habita el corazón de algunos que, durante el llamado cambio, proclamaron ser progresistas por los cuatro costados. ¿Pues de qué se trata? ¿Somos partidarios de la cultura popular sólo cuando se exhibe en las vitrinas de un museo, o cuando la miramos, como turistas, a través de un montaje de jarana completamente artificial en la Plaza Grande? ¿Acaso, la hibridez del público reunido en la antigua casa del gran Pedro, cuya mezcla de mal gusto en los decorados del actual hotel incomodó a quienes exigieron que la cultura en Yucatán dejara de ser del dominio exclusivo de las elites? En definitiva, inquietan los deslices fatales en la presentación de una obra como Las leyes del querer, aunque en el fondo, resulta mucho más preocupante que no se haya podido superar el señorío elitista que impera, entre algunos protagonistas de la cultura, en el Estado de Yucatán.


Por esto!, lunes, 20 de abril de 2009.

Falleció el escritor británico J.G. Ballard

Reuters

Londres, 19 de abril. El autor británico J.G. Ballard, quien en la novela El imperio del sol retrató vívidamente su prisión cuando era niño durante la guerra en Shangai, murió el domingo a los 78 años, de cáncer de próstata, informó su agente, Margaret Hanbury, quien lo describió como un “gigante en la escena literaria mundial”. Murió en su hogar en el oeste de Londres, donde vivió desde la década de 1960. El imperio del sol se basó en la privilegiada niñez de Ballard con sus padres ex patriados en China y su posterior detención en una prisión, luego de la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. El director Steven Spielberg adaptó el libro para la pantalla grande y fue nominado a seis premios Óscar. Más tarde, Ballard escribió en sus memorias que sus tempranas, a menudo violentas experiencias dieron forma a todo su trabajo posterior: “De muchos modos, toda mi ficción es la disección de una profunda patología que presencié en Shangai y más tarde en el mundo de la posguerra. Recuerdo la brutalidad casual y las golpizas que ocurrían, pero al mismo tiempo los niños jugábamos 101 juegos”. En una carrera que abarca más de 50 años, Ballard se ganó el estatus de escritor de culto por sus novelas de ciencia ficción.

lunes, 20 de abril de 2009

Televisión de Yucatán

Por José Díaz Cervera

Apelando al beneficio de la duda, pudiéramos pensar que la televisión que se produce en el canal del Estado se ha visto afectada por la escasez de recursos que ha caracterizado al gobierno de Ivonne Ortega. Sólo así se explicaría la incongruencia de la nueva programación del canal trece local en el ámbito de un proyecto de gobierno que se pretende popular y comprometido con las mayorías.

Podría parecer lógico que los noticieros de ese canal funcionen como un escaparate de la figura de la Gobernadora. Pudiera justificarse la permanencia de algunos programas que parecieran completamente rebasados por las circunstancias, dada su ramplonería. Era previsible el regreso a la pantalla de algunos aduladores profesionales. Todo ello pudiera tolerarse y hasta justificarse si a cambio de ello la producción local hubiera generado una televisión que se arriesgase a hacer de la cultura un espectáculo y de la imaginación una forma de entretenimiento.

Nada de eso ha sucedido y, por el contrario, se ha buscado el camino fácil del anuncio comercial disfrazado de revista televisiva, mediante programas que promocionan la infraestructura hotelera del vecino Estado de Quintana Roo, u otros donde se hace la apología de una forma de vida completamente lejana a la realidad de una entidad que está luchando contra el hambre y la pobreza.

Por eso me resulta una inmoralidad parte de la nueva programación de la televisora que se ostenta como un medio de comunicación público con participación mayoritaria de capital del Gobierno del Estado. Hablo concretamente de un programa de transmisión reciente llamado “Estilo Actual” (en sus varias versiones entre las que se incluye una llamada Health —a la burguesía local le gustan los anglicismos—), donde un par de jóvenes mujeres, haciendo gala de superficialidad y de todos los lugares comunes de una conducción que cree que los espectadores somos retrasados mentales, visita los restaurantes más caros de Mérida para degustar los vinos y las viandas más exóticas que uno pudiera imaginar y los lugares más exclusivos (incluyendo clínicas y hospitales).

En una entidad donde hay gente que, por la crisis y la sequía, tiene poco o nada para calmar sus demandas más elementales de alimentación, la televisión estatal, por mínimos pudores, debería ser prudente con las cosas que programa.

El colmo del asunto lo constituyen los anuncios de unos “hielos reductivos” que, mágicamente, harán bajar en unos cuantos días algunas tallas a quien los consume. Este anuncio no sólo es violatorio de la Ley de Radio y Televisión, sino resulta también una incongruencia en un estado que, antes de pensar en soluciones de hechicería, debiera enseñar a algunos de sus pobladores a alimentarse correctamente y buscar satisfacer el hambre de los que menos tienen.

Como profesional de la comunicación, no puedo aceptar que un gobierno que se ha comprometido en los hechos con las causas populares (aun cuando para mi gusto en algunos programas haya un matiz de demagogia), permita que en un canal paraestatal se haga la apología de la estulticia y de los valores que nos pusieron contra la pared. Ya teníamos bastante con programas como el de la Comunidad Universal de Videntes o el de Pare de Sufrir, como para que ahora tengamos que aguantar el refrito de un programa inaguantable como lo fue Chicas C, promovido a rajatabla por el gobierno anterior.

Algo no está funcionando en trece-tv; ello se advierte en su página web, llena de errores sintácticos, de faltas de ortografía y carente información actualizada sobre la programación. Estos que bien pueden verse sólo como errores humanos, se potencian cuando las estrategias de comercialización se ponen por encima de la sensibilidad.

Si el llamado Gobierno de la Nueva Mayoría quiere mandar una señal de congruencia, debería convocar a las universidades, a las instancias culturales y a la sociedad civil en general a plantear esquemas de financiamiento para trece-tv, donde su dignidad como medio de comunicación de un Estado en plena ebullición cultural, no se vea avasallada por las carencias económicas. Con trece-tv, la sociedad yucateca tendría que hacer un ejercicio de creatividad, para demostrar que realmente se quiere que la ciudadanía sea un factor fundamental en el ejercicio del poder.

diacervera@gmail.com



Por esto!, sábado 18 de abril de 2009.

domingo, 19 de abril de 2009

Entrevista al poeta José Díaz Cervera

Entrevista a Joaquín Peón Iñiguez

a I.M.

El México de los extranjeros


CIUDAD DE MÉXICO.- De acuerdo a lo reportado en la bitácora electrónica de Iván Thays, Moleskine Literario, la editorial Random House Mondadori lanzará una antología de textos de novela negra, o policial, escogidos por el escritor Rodrigo Fresán. El volumen será titulado Roja & Negra. Fresán además contribuirá con dos prólogos para la colección, para las novelas El poder del perro de Don Winslow y Delitos a largo plazo, de Jake Arnott. Pero, aprovechando el lugar donde se desarrolla la novela de Winslow, Fresán aprovechó para escribir sobre el modo en que México es visto por los extranjeros, según explicó Thays: “Sin embargo, lo que quiero resaltar de ambos prólogos, que han sido publicados íntegramente en Radar Libros esta semana, es el comienzo del dedicado a la novela de Winslow. Como ésta pasa en México, Fresán se extiende en la literatura mexicana escrita por extranjeros y deja una lista imprescindible de novelas”. A saber: La serpiente emplumada de D. H. Lawrence, Serenata de James M. Cain, El poder y la gloria de Graham Greene, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, Children of Light de Robert Stone, La última oportunidad de Richard Ford, Todos los hermosos caballos de Cormac McCarthy, entre otras (En la imagen, D.H. Lawrence).


Diario La tempestad

sábado, 18 de abril de 2009

EL ROBO DE LIBROS: “Ladrón que roba a ladrón…”




   

   “Para aquel que roba, o pide prestado un libro

y a su dueño no lo devuelve,

que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre…

 

Todo aquel que es amante de la lectura, por lo general, lo es también de los libros; son aquellos que aprecian no sólo el contenido sino el material, la textura, la calidad de impresión, la tipografía, el color, la pasta y, hasta el olor, pues por ahí hay quienes al abrir un libro nuevo lo primero que hacen es disfrutar el aroma de las páginas nuevas, en pocas palabras bibliófilos de corazón. Muchos de ellos se aficionan tanto con los libros que llegan incluso a la bibliocleptomanía, con tal de poseer un determinado volumen o tomo.

Este tema ha sido recreado en películas y libros, y esta práctica no sólo se ha realizado con libros antiguos o ejemplares únicos, basta con recordar cuántas veces hemos prestado un libro y nunca lo hemos devuelto, o viceversa, cuántas veces hemos dado prestado un libro y nunca regresa, y realmente siempre recordamos, de muy mala manera por cierto, a esa persona y por lo general, nunca la olvidaremos.

Pero si nos remontamos al pasado encontramos al ladrón más famoso de libros, su nombre real es Guglielmo Bruto Icilio Timoleone, conde Libri-Carrucci della Sommaia, nacido en Florencia en 1803. Estudió derecho y matemáticas e impartió cátedra en la Universidad de Pisa, pero su amor hacia los libros lo llevó a desear un puesto en la Biblioteca Real el cual, por cierto, nunca obtuvo, hasta que en 1841 obtiene el cargo para supervisar el catálogo oficial de las bibliotecas públicas.

Este personaje se dice que tenía una apariencia desagradable: “por su aspecto se diría que no ha usado nunca agua y jabón o un cepillo… Es una persona bastante corpulenta, de aspecto jovial pero de facciones vulgares”, comentó su entrevistador de trabajo. Aprovechándose de este puesto, el conde Libri  vestido con una amplia capa bajo la cual ocultaba sus tesoros se introdujo en bibliotecas de toda Francia; de hecho, se dice que no sólo robó tomos completos, sino que arrancó páginas que luego exhibía o vendía. Libri fue acusado en varias ocasiones, pero las autoridades nunca las tomaron en serio, años más tarde fue condenado a diez años en prisión.

En la Edad Media y el Renacimiento el robo de libros fue una plaga, incluso el Papa Benedicto XIV expidió una bula en la que condenaba con la excomunión a los ladrones de libros. De igual forma se tomaron otras medidas para resguardarlos, en ocasiones extremas, como encadenarlos; pero en otros lados, como bibliotecas y en los mismos libros aparecían sentencias dirigidas a los ladrones como las siguientes:

El nombre de mi dueño puedes verlo aquí,

Cuídate, entonces, de robarme a mí;

Porque si lo haces, sin dilación,

Pagarás con el cuello mi desaparición.

Mira más abajo y la imagen verás

De la horca de donde colgarás

Toma buena nota y contente,

No sea que por ese árbol ¡muy alto trepes!

 

Seguramente esta advertencia debió “asustar” a muchos ladrones de libros, pero en la actualidad a pesar de los sistemas tan avanzados de seguridad los libros siguen desapareciendo de las librerías y bibliotecas. Y ni que decir cuándo el mismo libro nos sugiere hacerlo, como es el curioso caso del libro  de Abbie Hoffman titulado “Roba este libro” (Steal this book) publicado en 1971, y que ha ocasionado que más de una vez sea realmente robado de las librerías, como sucedió en una exposición de arte moderno en Suiza donde dicho libro se encontraba en una especie de incubadora para representar la violación a la ley por parte de páginas de internet y un individuo sustrajo el libro, a pesar de ello los organizadores del evento decidieron no denunciarlo pues esperan que lo devuelva, sin embargo, el título tan sugestivo del libro ha propiciado que muchos libreros se nieguen a venderlo.

 

Pero no cabe duda que no es lo mismo robar un libro por el placer de poseerlo o por afición, que por dinero. En diciembre de 2005 cuatro jóvenes alrededor de los 20 años fueron condenados a más de 7 años de cárcel por robar y vender libros de la biblioteca de la Universidad de Transilvania en Kentucky. Uno de los ejemplares robados fue una primera edición de “El origen de las especies” de Charles Darwin.

Pero al fin y al cabo quiénes somos nosotros para juzgar a Libris o cualquier otro ladrón de libros que lo hiciera por devoción a ellos, quiénes no hemos tenido, aunque sea la intención, de sustraer uno de una biblioteca, a algún sujeto despistado, o de alguna persona bien intencionado, en fin, por lo menos la inquietud la hemos tenido más de una vez, y algunos han ido más allá de la intención. Pero seguramente si le pusiéramos a nuestros libros la leyenda con la que iniciamos y que a continuación cerrará este tema, seguramente volverían esos libros que alguna vez prestamos y nunca regresaron:

“Que quede paralizado y condenados todos sus miembros.

Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia,

Y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca.

Que los gusanos de los libros le roan las entrañas

Como lo hace el remordimiento que nunca cesa.

Y que cuando, finalmente, descienda al castigo eterno,

Que las llamas del infierno lo consuman para siempre”

La muerte de Corín Tellado



Por José Díaz Cervera


Para envidia de muchos, María del Socorro Tellado López, mejor conocida como Corín Tellado, es la escritora más leída en la historia de la literatura en lengua española.

Su muerte, acontecida el sábado pasado en España, ha puesto de luto a la llamada “novela rosa”, sub-género cobijado por la dictadura franquista en su intento por aniquilar cualquier resabio republicano.

A punto de cumplir ochenta y dos años de edad, la escritora asturiana desarrolló su trabajo durante más de seis décadas, a lo largo de las cuales publicó cerca de cuatro mil títulos de los que ha vendido más de quinientos millones de ejemplares.

El éxito comercial de su trabajo novelístico es uno de los fenómenos culturales más complejos de nuestros tiempos, pues en él parecen confluir una serie de ingredientes tanto literarios como mediáticos en un universo de gran represión de la sexualidad y de clausura del universo político.
Corín Tellado era una especie de pornógrafa vergonzante. Sus novelas tenían la extensión necesaria para ser leídas en una o dos sesiones breves, de tal manera que el formato de las obras era perfectamente congruente con sus posibilidades de comercialización.

Basadas en una estructura narrativa simple y repetitiva, las historias de Tellado tienen como característica la trivialidad y la sensiblería. En una aproximación superficial, podríamos dar cuenta de ciertas constantes, como por ejemplo que sus personajes pertenecen a los estratos más altos de la sociedad urbana, aunque casi nunca se detalla el lugar que ellos ocupan en la escala productiva (podemos saber el auto que maneja un personaje, sus cualidades físicas, su forma de vestir, tal vez que es ejecutivo de alguna empresa, pero nada más concreto de su actividad cotidiana); asimismo, sus relatos siempre tienen como elemento fundamental una historia de amor absolutamente descontextualizada, pero con abundancia de monólogos interiores donde se alude fundamentalmente el miedo al placer experimentado, sobre todo por las mujeres.

Recuerdo alguna monografía publicada en los años setentas, donde se revelaba el gran arraigo que tenían las novelas de la española entre la población masculina, lo cual no dejaba de ser un dato sugerente. El público, sin embargo, de la Tellado, el “lector implícito” de su obra, era la mujer urbana de clase media baja que podía ser sujeto del universo aspiracional contenido en las historias, a través del cual se podía vivir de manera vicaria todo aquello que era negado por la realidad bruta. Así, las mujeres en la obra de la escritora son “valientes” para defender su amor, aunque carezcan de conciencia social, corren “riesgos” pero siempre dentro de los límites de la moralidad, se “atreven”, pero nunca más allá de lo que marcan el decoro y la doble moral.

Quizá pudiéramos afirmar con algún fundamento que el éxito editorial de Corín Tellado radicó en su capacidad para poner títulos a sus historias (“Tengo que abandonarte”, “Atrevida apuesta”, “Prejuicios raciales”, etc.), ya que ellos funcionaban perfectamente como anzuelos melodramáticos que colocaban el objeto literario al alcance de un lector que podía mirarse en el relato como en una especie de espejo complaciente en el que todo problema tiene solución.

Más allá de la baja calidad literaria de las obras de Corín Tellado, calificadas por algunos como estiércol novelístico, con la muerte de la asturiana se cierra un tiempo que dio lugar a un fenómeno que tiene aristas antropológicas, literarias, sociológicas y comunicológicas, mismas que poco a poco serán abordadas por los estudiosos para revelarnos, más que los resortes del éxito comercial de una novelista, algo interesante sobre nosotros mismos.





Por esto!, miércoles, 15 de abril de 2009.

viernes, 17 de abril de 2009

La importancia de llamarse Pedro Infante




Por José Díaz Cervera


En el último tercio de los años sesentas del siglo pasado, muchas escuelas primarias del Distrito Federal adoptaron la modalidad de la entonces llamada escuela “mixta”, ante el horror de las buenas conciencias que consideraban impropio que niños y niñas convivieran en un mismo espacio educativo. Se habían cumplido diez años de la muerte de Pedro Infante, pero la televisión se encargaba afanosamente de perpetuar el mito, transmitiendo semanalmente las películas del ídolo de Guamúchil.

Fue así como muchos conocimos las canciones, los dramas, la forma de ver el mundo, las relaciones amorosas y una extraña noción de la solidaridad, mirando, entre comercial y comercial, la imagen de un hombre delgado aunque musculoso, no muy alto, no muy moreno, con un bigote discreto y el cabello negro y ondulado, que sabía cubrir sus carencias como intérprete con una simpatía arrolladora y sus inconsistencias actorales con papeles muy a modo, en melodramas y comedias efectistas a los que uno terminaba por entregarse como espectador.

Sin ser entonces un buen cantante ni un actor de primera línea (era discretamente desentonado —aunque no tanto como Vicente Fernández— y a veces no sabía qué hacer con sus brazos en algunas escenas), Pedro Infante se convirtió en uno de los grandes educadores sentimentales de este país, y de buena parte de América Latina, encarnando el rol de muchacho bueno, más pícaro que seductor y más hombre de bien que persona decente, a través del cual pudo condensar el universo de aspiraciones y fantasías de un conglomerado que todavía tenía un pie en el mundo rural y el otro en los nacientes enclaves urbanos.

Pensar en Pedro Infante siempre trae para mí el recuerdo de algunas compañeras del quinto grado de primaria, varias de las cuales tenían entre sus carpetas fotografías del ídolo muerto trágicamente; invariablemente, este recuerdo se asocia con el de algunos compañeros exitosos en el ejercicio de su galanura: todos ellos eran hablantines, escandalosos y fanfarrones, como muchos de los personajes encarnados por el creador de “Amorcito corazón”.

Más allá de estas cuestiones, están los otros aspectos de mito, particularmente el que tiene que ver con la probable supervivencia del héroe al accidente ocurrido en el sur de Mérida. Al respecto hay versiones diversas e inverosímiles como la de que, cansado de la fama y el asedio, Infante fingió su propia muerte para retirarse a la vida privada, lejos del oropel y las candilejas; otra, no menos interesante, tiene que ver con la especulación sobre una probable desfiguración del actor y cantante a causa del accidente, ante lo cual éste prefirió darse por muerto.



Hace algunos años, en Tehuacán, yo visité a un hombre que afirmaba ser Pedro Infante. En una casucha, ubicada en las afueras de la ciudad, ese hombre cobraba algunos pesos por platicar con quien quisiera visitarlo. Siempre en la penumbra —pues afirmaba estar desfigurado—, el hombre hablaba con una voz ronca de su desgracia, y durante algún tiempo se convirtió en una especie de atractivo turístico en esa ciudad.

Aun cuando las nuevas generaciones siguen viendo con algún interés las películas de Pedro Infante, y se dejan seducir por los melodramas y las situaciones tragicómicas de algunas cintas, el fenómeno mediático empieza a perder poderío y difícilmente podrá reciclarse después de cincuenta y dos años. No me imagino a Luis Miguel cantando “Amorcito corazón” ni a Kate del Castillo haciendo el chiflidito de “La Chorreada”.


diacervera@gmail.com




Por esto!, martes 14 de abril de 2009.

jueves, 16 de abril de 2009

Lencería




Por Jorge Cortés Ancona

Nada como la suavidad de una piel femenina. Esa gracia siempre posible de deslizar la mano por los contornos, por los brazos, por la firmeza de la espalda. Tocamos, acariciamos porque no hace falta mirar para que toda la sangre vaya al galope.

Pero a veces hay algo que cambia el sentido de estos ritmos. Que nos lleva a otra forma de suavidad, que se superpone a esa otra a la que aún no llegamos. Una piel que recubre esa otra piel. Cuerpo de lencería para redoblar los ímpetus.

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La princesa triste buscaba “guipure”. Qué trabajo costó encontrarlo en las lencerías, y al encontrarlo a qué precio. Pero había que ser galante y comprarle lo que necesitaba para el vestido. ¡Qué vestido! No era posible caminar más que unas pocas cuadras en nuestra Mérida. Las miradas babeaban: un vestido muy corto, negro, en el cual relucían los tejidos de “guipure”.

Un vestido totalmente ajustado a aquellas formas perfectas. En plena armonía con aquel cabello negrísimo, la boca tan roja, la piel de suave claridad.



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No en vano ligabas cualidades, don Amado: “¡Qué innata realeza / de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul! / Quedé como en éxtasis”.

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El “encierro aromado” del poeta Moreno Medina. Se insinúan o se desbordan las palomas simétricas, sin que aspiremos todavía a posesionarnos de la totalidad de ambas. Queremos insistir en ese encierro aromado, que sigan ahí tras los encajes, pugnando por liberarse.

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Esa areola roja de gran circunferencia, el pezón erguido, asomando justo encima del encaje del sostén negro. En el lugar exacto para incitar nuestra pequeña muerte que es la mayor vida.

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Un respiro para pedantear: cuánto le debemos al desarrollo textil para transformar mecánicamente el hilo en tejido; en especial, el trenzado de los hilos en el encaje. Ya son dos siglos, pues un inglés llamado John Heathcoat inventó en 1809 la primera máquina eficaz para hacer el tul (T.K. Derry y T. Williams, Historia de la tecnología, T.II).

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Escena en el Parque Hidalgo. Una pareja salió del hotel, tomada de la mano. El varón se quedó de pie bajo el cancel, mirando que siguiera caminando la hermosa dama, que llevaba una extraña prenda de encaje difícil de ubicar como minifalda, short o panteleta. Parecía vestir una flor de doble tallo, con esas piernas perfectas. Una flor elevada con pliegues que semejaban pétalos y que se movían hacia arriba con el aire.

A paso tranquilo dio un rodeo completo por el Monumento a Cepeda Peraza haciendo torcer cuellos, agitar miradas y ascender calenturas. Y al completar la vuelta, regresó carcajeándose y moviendo la cabeza en forma negativa hacia donde estaba su marido sonriente. Pasados unos minutos de haber entrado de nuevo al hotel, salieron de nuevo, con un rumbo definido. Ahora ella llevaba una falda larga, muy larga.

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“Sí, entiendo, es un brasier ortopédico. Pero qué matapasiones”.

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“¿Cómo crees? Sólo las niñas usan calzón de arandelitas”. “Bueno, no sé cómo se llamarán estas tiras curveadas que sobresalen de la panteleta. Pero qué bien te quedan”.

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El rojo y el negro son muy predecibles y por ello no siempre funcionan. En cambio, aquel conjunto verde, aguamarina, sí que relucía arriba y abajo. ¿Que no era de encajes? Bueno…

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Los negligés, también llamados “bobitos”. Cuántas confesaron haberlos recibido como regalos de boda.

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Los negligés son para cuerpos esbeltos, en los cuales pueden encarnar con naturalidad. A los cuerpos que carecen de esbeltez los hacen parecer de gallinas.




Por esto!, martes 14 de abril de 2009.

miércoles, 15 de abril de 2009

Elegía por la “Pino Negra”

Por José Díaz Cervera

Seguramente quedó en algún recodo del camino, como un perfume extraño impregnado en mi memoria, ese olor a la Mérida de mi infancia que conocí arrobado, caminando sobre platos y nubes, colgado de la mano de mi padre.

Todavía recuerdo, como en sueños, una visita al parque de Santiago para saludar al Padre Panchito, que era primo lejano de mi padre, y cómo después, al salir de la iglesia, en un puesto de madera pintado de color verde, tomamos mi padre y yo un par de refrescos bien helados: él pidió una Pino cebada, y me invitó a probar la Pino negra.



Todavía recuerdo las burbujas instalando en mi pecho la frescura con un sabor extraño y agradable. La botella, con dos o tres aros en el cuello, tenía un encanto especial; en su deseo de ser botella —y no una mala imitación de cadera de mujer—, el vidrio cumplía cabalmente su función de ser a un tiempo forma y contenido de un mundo que poco a poco hemos hecho a un lado, hasta desfigurarlo ya casi por completo.

Hay algo de rabia mucho más que de nostalgia en estas líneas. Saber, a través de las páginas del por esto!, el cierre (al parecer definitivo) de una de las compañías refresqueras más importantes de la región, es realmente una mala noticia en muchos sentidos.

Desde luego que lo más lamentable del asunto es el cierre de una fuente de empleo que daba el sustento a muchas familias yucatecas; desde luego que da coraje comprobar, una vez más, que la llamada “libre competencia” es en realidad una broma macabra de un sistema donde el pez grande se come al chico si éste decide no vender su alma al diablo.

La cuestión, sin embargo, no termina en los terrenos de lo económico. El resultado de que también estemos perdiendo la batalla cultural ante las llamadas “aguas negras del imperialismo”, nos ha llevado a un serio descalabro con el cierre de la embotelladora Pino.

La Sidra Pino, llamada mercadotécnicamente “el champán de Yucatán”, era más que una simple compañía refresquera, pues su actividad representaba una forma de ver y entender el mundo, la actividad comercial, la promoción y hasta el consumo de un producto. Su simple existencia como empresa local, impugnaba la existencia de empresas de alcance global.

Pasar por la calle 72 y ver estáticos los incansables extractores de aire que siempre estaban en funcionamiento en la pequeña planta industrial, es dar cuenta de nuestra propia parálisis.Todavía recuerdo las burbujas instalando en mi pecho la frescura con un sabor extraño y agradable, en aquella Mérida que se quedó en mis ojos y que dejó en mi olfato el aroma nostálgico de una bebida gaseosa que olía a tías, a muchachas recién bañadas, a crepúsculos rosados, a temor a Dios…

diacervera@gmail.com

Por esto!, viernes, 10 de abril de 2009.

martes, 14 de abril de 2009

69 grados

Por Manuel J. Tejada Loría

La temperatura comenzó un ascenso incontrolable. Precipitación atmosférica, calentamiento global, contaminación… yo no sé, pero aquel día el mercurio subió sobre la línea de los cincuenta, y el bochorno y los calores comenzaron a sentirse en los lugares más insospechados. Había sed y era una sed general. Si bien en la ciudad hay una que otra pirámide evidente, aquí no es el desierto como en Egipto y su esfinge con cara de lascivia de lo que se trata este pueblo compungido de tanto recato. El calor era verdaderamente insoportable y nada parecía poder apaciguarlo.

Todavía me faltaban varios kilómetros para llegar a casa. La temperatura seguía ascendiendo y a esas alturas del delirio, la sed me tenía apretando la garganta. De no ser por una mujer que me ofreció un vaso con agua fresca, hubiera desfallecido de manera fulminante; sin embargo, tal oportunidad no me libró de los extraños calores que ese inusual día ya había despertado. Muy amablemente, la dama me metió hasta la cocina de su casa para servirme el agua del refrigerador. Pero mientras me saciaba de ese paraíso líquido que es el agua fresca, la mujer de aproximadamente unos sesenta años, comenzó a verme con extraños ojos. Y trago que daba, prenda que la mujer se iba quitando mientras su respiración aceleraba mis temores. Antes de terminarme el vaso ya me encontraba corriendo por toda la casa huyendo de sus lujuriosas intenciones.

Pero cuál fue mi sorpresa cuando al salir a la calle, ni Sodoma hubiera podido compararse. Tanta moralina y disimulo cotidianos habían sido relegados por el termómetro que ya pasaba de los sesenta. Era una cosa extraordinaria, ahí estaban vecinos y vecinas acariciándose piernas, brazos, glúteos y espaldas desnudas. Una lengua deslizándose sobre una cintura, unos dedos internándose en los pliegues de la exquisitez. Hubiera continuado absorto de no ser porque de pronto, escuché mi nombre: Lito… Lito... me llamaban con insistencia. ¡Sólo eso faltaba!, un compañero de la universidad corriendo hacia mí visiblemente excitado.


Lo mío en ese instante era huir de inmediato y sin tropezarme. De no ser por un autobús que se atrevió a detenerse, hubiera sucumbido ante esta repentina pandemia. Por la ventana los pasajeros fuimos mudos testigos de lo que afuera sucedía. Resultaba inexplicable cómo el calor había trastocado a la ciudad. Hasta en la radio de pronto la voz del locutor se volvió un susurro para luego dar paso a risas y gemidos. Visiblemente la temperatura dentro del transporte público, también fue subiendo. De pronto, la gente comenzó a mirarse con inaudito deseo; una monja disimuladamente se desabrochó el botón más alto de la blusa; un mecánico comenzó a besar a la pasajera de junto mientras a su vez acariciaba el cuello de la de enfrente; la persona de mi lado ya había sentado en su regazo a otra. Y entonces, sólo hasta que el chofer del autobús se detuvo a un lado de la calle, sólo hasta en ese instante, supe que de ésta, no me iba a salvar. Tampoco quise intentarlo.



Por esto!, jueves, 09 de abril de 2009.

lunes, 13 de abril de 2009

La visita de Galeano




Por Jorge Cortés Ancona

Eduardo Galeano en Mérida, ante un público numeroso y lleno de ansiedad por escucharlo. Aunque podemos encontrar antecedentes en Mérida, no creo que los haya en la misma medida.

El Teatro “Felipe Carrillo Puerto” de la UADY estaba lleno arriba y abajo para escuchar al escritor, con gente de pie en los pasillos, y con un tumulto afuera, exigiendo ingresar. Hubo, incluso, reacciones de violencia verbal que, afortunadamente, no llegaron a más. Al fin de cuentas, fue necesario recurrir a la improvisada habilitación del Teatro Peón Contreras con la colocación de una pantalla para proyectar la charla. Según me informaron, el lunetario se llenó y hubo gente en las plateas. Quienes estábamos en el teatro universitario, no entendíamos la razón del retraso de 40 minutos que aguantamos con paciencia. En verdad, los organizadores –de condición independiente- no habían previsto esa multitudinaria y espontánea asistencia.




¿Cuándo se había visto algo así con relación a un escritor en Mérida? Un antecedente fue la visita de Mario Benedetti en 1982; hubo largas colas para que firmara sus libros y una concurrida lectura de sus poemas en el café-librería Dante, que estaba en el cruce de Reforma con Colón. Mucha asistencia espontánea para esos tiempos, cuando no se contaba con la cantidad y tipo de medios de comunicación que existen ahora. También está el caso del homenaje a Raúl Renán y la celebración del Día de la Poesía el año pasado que, gracias a una muy buena estrategia de promoción y difusión de los compañeros del ICY, contó con unas 800 personas de público en el Teatro Mérida.

Debo confesar que ninguno de estos dos antecedentes, a pesar de su emotividad, llegó al grado de apasionamiento de admiración que se dio con esta visita de Galeano. También fueron notorias las presencias y también las ausencias. Había muchos jóvenes, activistas sociales, académicos, gente de comunicación y, sobre todo, personas a las que no habíamos visto antes en actividades literarias públicas. La cola para las firmas fue muy larga. La venta de sus libros fue un récord para nuestra tierra, al extremo de que los empleados de Educal perdieron la cuenta de lo que estaba ingresando.

Si se considera las proporciones poblacionales, esta charla-lectura me recordó lo ocurrido hace unos años con el escritor portugués José Saramago, en Buenos Aires, cuando llenó los miles de asientos del Teatro Colón y dejó a una multitud, aún mayor, a las afueras, a duras penas conforme con escuchar la conferencia a través de pantallas. Explicaba Saramago que él no cantaba, no bailaba, que no era ningún galán ni estrella de cine, como para que la gente se peleara por asistir a su conferencia. Nada de eso, lo que movía al público asistente era el interés por escuchar sus razonamientos. Por tanto, manifestó sentir la responsabilidad de decir algo que tuviera sentido para sus oyentes y lectores, expresar con honestidad una visión humanística en sus opiniones.

Es la misma situación ocurrida con Galeano. Lo que escribe y dice va hacia lo humano, plantea posibles respuestas a preguntas que nos hacemos, inquiere por las condiciones de nuestro tiempo y nos orienta o nos motiva a reflexionar sobre el devenir de la Historia y de la sociedad humana. Hay una toma de posición bien definida. Su obra y su actitud pública son clara evidencia del papel social del escritor.

En su caso, no escribe para que lo lean sólo los políticos, ni para ser estudiado por los académicos, ni para los premios, ni menos “para sí mismo”. Por el contrario, busca con toda intención establecer comunicación con el público, llegar a él, persuadirlo diciendo algo sustancial y no marearlo ni aburrirlo con muros verbales, ataques tendenciosos o arrogantes naderías.

Hace unos días, sostenía yo una interesante e inconclusa conversación con Víctor Salas y otros compañeros acerca del problema de los públicos en las actividades artísticas y literarias de Mérida. Con relación con ello, creo que lo ocurrido en esta visita de Eduardo Galeano será una provechosa pauta de reflexión para saber qué es lo que quieren ver y escuchar nuestros públicos, qué es lo que realmente les interesa y les dice algo.




El próximo martes 14 de abril, a las ocho de la noche, tendremos a Carlos Monsiváis que hablará sobre Pedro Infante, en lo que fue la casa de éste en la avenida Aviación (ahora el Hotel Boulevard Infante). Sabemos que también será una feliz conjunción de inteligencia y de genuino interés público.



Por esto!, Sábado, 11 de abril de 2009.

domingo, 12 de abril de 2009

Las aventuras de un libro


Por José Díaz Cervera

Licantra, el primer libro de poemas que publiqué y del que Rodrigo Ordóñez hizo un comentario afectuoso en estas páginas en días pasados, es una obra a la que amo profundamente. (Con el comentario de Ordóñez, el libro ha tenido ya tres reseñas en las páginas del por esto!; las otras fueron: una a cargo de Agustín Labrada, y la otra por parte de Leopoldo Creoglio.)

Yo había conocido al Doctor Bonifaz Nuño unas semanas antes, cuando me presenté en su oficina de Ciudad Universitaria con unos sonetos en homenaje a Pablo Neruda. Mientras las rodillas me temblaban y me escurría por todo el espinazo una gota de sudor, Don Rubén leyó de manera silenciosa los poemas que puse frente a él, mirándome de cuando en cuando por encima de sus lentes. Al terminar, simplemente se levantó, caminó hacia su escritorio y extrajo de su saco una cajetilla de cigarros sin filtro, mientras buscaba en otra bolsa un encendedor.
El momento fue terrible, pues el silencio del poeta cordobés me parecía pesado. Yo estaba a punto de salir corriendo de ahí cuando, después de encender su cigarro, dijo algo que me tranquilizó. Frente a mí de nuevo, en una pequeña sala del enorme cubículo, el Doctor comentó mi trabajo, y después de unos minutos de charla nos despedimos. En señal de amistad, él me regaló un ejemplar autografiado de su traducción de las “Elegías” de Propercio, el cual conservo como un tesoro.

Algunos días después del suceso, recibí una llamada del poeta Óscar Oliva. Había coincidido con el Doctor Bonifaz en Ciudad Universitaria, éste lo había invitado a su cubículo donde hablaron de poesía y, durante la charla, el Doctor le mencionó la visita de un joven yucateco que escribía sonetos. El hecho es que Oscar dijo que él y yo éramos buenos amigos, y que yo había recientemente concluido un libro de poemas, a lo que el también traductor de la Ilíada contestó que le gustaría conocer ese trabajo con miras a su posible inclusión en la colección “El ala del Tigre”, publicada por la UNAM.

Durante varios días, junto con Oscar y Carlos Illescas, pulí el poemario hasta darle su factura final. Lo titulé Licantra porque imaginé un libro gótico, lleno de resonancias de la hechicería, el ocultismo y la sabiduría hermética. Definido ese camino, lo demás fue simplemente mirar a mi alrededor y jugar con un simbolismo por demás sugerente (el libro, por ejemplo, abarca un ciclo lunar, pues comienza con la luna nueva y termina con la escena del bibliotecario que, en un arranque de lujuria, se suicida colgándose, utilizando unas medias que robó de un tendedero, en una noche de luna llena).

Cuando uno no es rico ni inteligente ni seductor ni guapo, sólo le queda el camino de ser poeta para entender lo que sucede al interior de las mujeres. La idea de la mujer como ciclo lunar, asociada con el ciclo menstrual y emocional, es una especie de principio perverso (en el sentido de diferente y no por la connotación moral que se le da hoy día al adjetivo) que nos habla de un mundo desconocido, misterioso, subversivo, seductor y dulcemente siniestro.

Lamento que ese pequeño libro esté agotado (los últimos cuatro ejemplares me los trajo de México la generosidad de José Ramón Enríquez), aunque también me sorprende que algunos jóvenes yucatecos hayan leído ese poemario con unos ojos inquietantemente agudos.

Nunca he hecho un poema erótico y no tengo previsto abordar ese tema, aunque estoy plenamente conciente que a nuestro mundo le hace falta el ejemplo de aquellos héroes que son capaces de morirse de lujuria; yo sólo escribo —casi como en defensa propia— y lo demás viene solo, cual si fuera un obsequio de las circunstancias.

A Licantra le debo muchas cosas lindas, como una mañana en el Cañón del Sumidero, en compañía de Óscar Oliva, uno de mis amigos más entrañables, o como el abrazo conmovido de Blanca Guerra, a quien alguien, erróneamente, le dijo que yo había hecho el libro para ella (el equívoco nació de una entrevista).

Que jóvenes como Karla Marrufo, Manuel Tejada, Manuel Iris, Tomás Ramos y algunos otros como Rodrigo Ordóñez, se acerquen a esa obra, me genera una sensación extraña de compromiso, miedo y satisfacción.

diacervera@gmail.com



Por esto!, jueves, 09 de abril de 2009.

sábado, 11 de abril de 2009

Acerca de la vida

Por Manuel J. Tejada Loría


Amaneció el 2 de abril y nuestra deuda había ascendido descomunalmente. Hablo del FMI y de todo lo que desde ese jueves se ha estado dialogando, en este, en otros espacios. Sabemos de este préstamo innecesario porque lo vemos en la prensa, en la televisión y escuchamos de ello camino a casa, en la calle, en cualquier sitio; pero tampoco nos detenemos a analizar la relevancia de este hecho histórico por otras tantas preocupaciones que –esas sí– tienen que atenderse de manera apremiante. Por supuesto, hablo de lo que no sé, de la intimidad de cada individuo, aquel que vive con sus fantasmas y sus miedos, las responsabilidades que adquirimos por el solo hecho de vivir en una sociedad como la nuestra. De ahí que la responsabilidad del periodista, del que escribe la columna cotidiana, del editor en turno, sea mayúscula e imprescindible.


Pero decía que tanto escuchamos de la dichosa deuda, aun cuando no comprendamos a ciencia cierta de qué trata. Alguien mencionó que si los mexicanos intentáramos pagarla, cada uno –sin exclusión alguna– tendría que desembolsar un aproximado de 41 mil pesos. El pasado jueves 2, abrimos los ojos sin saber que sobre nuestros hombros y sobre nuestras deudas personales, habían unos miles de pesos extra.


Entonces se entiende lo que acá afuera sucede, más allá del calor y la desidia. Y luego escuchar en la calle esta desafortunada plática entre dos señoras: una le dice a la otra “saqué mis cuentas y valgo más muerta que viva”, y lo dijo entre sollozos, mientras la otra intentaba consolarla. Claro, esta persona estaba hablando de suicidarse: en un momento de su vida se detuvo a pensar cómo resolver sus deudas, ya sea porque el salario es insuficiente o por el motivo que fuera, pero llegó a la conclusión de que muriendo podría sufragar todo lo que debe.


Empeñar la vida, pues. Decirle a los acreedores “llévense mi vida”. Llegar al monte pío y dejar lo más íntimo de nosotros mismos a cambio de unos pesos: déme una boleta de empeño a cambio de mi esperanza, otra a cambio de este recuerdo con mis hijos en la playa, una más por ese momento junto a la esposa.


No, no es licencia literaria, ni se acude al sentimentalismo. Se trata de mirar cómo la percepción de la vida se ha distorsionado hasta el punto de concebirla como un objeto, y pensar en el suicidio como la única vía posible, y pensar, sobre todo, que no hay más soluciones.


La política neoliberal ha logrado que el individuo se deslegitime a sí mismo, es decir, lo ha saturado de imágenes y creencias que no le permiten enfrentar situaciones límite porque antes que todo, ya no confía en su propia persona y, mucho menos, en su capacidad de análisis y de respuesta. Entrega la estafeta de sus decisiones al mercado, se entrega, con sus innumerables deudas, al vaivén de la crisis.


Por eso el jueves 2 de este mes tan cruel, a pesar de que la rutina siguió su curso (y hasta para algunos pasó desapercibido) fue un día por demás trágico. Escuchar días después esta plática, no tuvo otro efecto sino reflexionar acerca de la vida, la muerte y la política, porque después de todo, tienen una vinculación única e irremediable, un denominador común: nosotros.



Por esto!, miércoles, 8 de abril de 2009.

viernes, 10 de abril de 2009

Licantra: conjuro contra la indiferencia


Rodrigo E. Ordóñez Sosa

La construcción de un mito, personaje o mundo poético, implica recorrer los sinuosos significados de las palabras, retorcerlas hasta cambiarlas por completo, descubrir todos sus matices y multiplicar sus connotaciones. Todo eso se encuentra reunido en el libro Licantra del poeta yucateco José Díaz Cervera quien construye una palabra creando su historia, sus signos y un universo a partir de un tema cotidiano como el amor.

Licantra, una palabra retomada de la tradicional novela de terror, contiene su propia esencia, su propia constelación de significados que van de lo literario a lo cinematográfico. Sin embargo, el libro evita el lugar común de lo sobrenatural, rompe los esquemas para ofrecernos cuatro capítulos de poemas que refrescan el sentido de la palabra misma hasta convertirla en la diosa de la indiferencia y el desdén.

Arte de la precisión, la unidad de este poemario se da gracias a la consonancia temática y un buen logrado ritmo tan cambiante de acuerdo a la intención poética. Así, el primer capítulo denominado “Los Hombres de Hécate” es una paráfrasis de la palabra nombres. Díaz Cervera utiliza las acepciones vinculadas con la diosa, como son la brujería, la luna, el cementerio, las hierbas mágicas, las encrucijadas, la Luna, Reina de los Muertos, asociada a los animales como la perra y las ranas, y de esta forma titular los poemas para crear una atmósfera mágica. Principalmente en el primer capítulo que empieza con un conjuro, seguido de un canto a la Luna Nueva y Vocativo: ese es el preámbulo para invocar a Licantra.

El primer capítulo concentra su fuerza en la figura de Hécate, quien desde el inicio expone la encrucijada del poeta ante el desdén del objeto amado. Además, la diosa es la Reina de los Fantasmas que evita que el mal entre al mundo espiritual y viceversa, es la santa patrona que pretende evitar que la mordida de Licantra sea funesta y a quien se dirigen los conjuros y las ofrendas.

En el capítulo segundo titulado “La Perra, La loba”, es la transfiguración de lo cotidiano a lo mítico, la conversión del amor platónico a la realidad, y de ahí, nuevamente al pedestal. Con lentitud Licantra comprende su poder sobre los hombres, de ahí la imagen del espejo que confirma y le abre el camino a la mistificación. Con el cambio a prosa poética, el ritmo deja atrás las invocaciones y conjuros en consonancia con el estado de ánimo de la voz poética, porque la alcanza y pierde en un instante. El poeta trata de descifrarla a través de sus gestos, sin embargo ella es La Loba, ella es quien “voltea a quemarropa y siempre sorprende a alguno mirándola. Entonces sonríe e inicia otro ritual de cacería”.




En el siguiente apartado, denominado “Cantar de Licantra”, el hablante lírico cambia y entonces podemos escuchar la voz de la protagonista. Con desprecio nos habla de la consciencia de su propia carnalidad, de su vocación para la lujuria, donde sólo ahí logra reconocerse y encontrar su lugar en el mundo. Sabedora del dominio que ejerce y la impotencia de los desdeñados, concluye diciendo: “y tomaré un tren/ para ir donde estalla de lujuria/ la neblina;/ me llamaré pavor,/ me adornaré con un collar de sangre/y aullaré cuando a la luna/le crezca la migraña;/ después regresaré/ a verlos morir,/ poetas lluviosos/ sin más vestido/ que mi indiferencia.”.

Finalmente tenemos la “Balada del Bibliotecario”, quien mordido por Licantra cuenta con desesperanza la imposibilidad de recuperarla, no hay invocaciones ni conjuros, porque ya nada la ata al poeta y ahora vaga libre por el mundo, por tanto, sólo queda recoger los escombros, y advertir “voy a morir, Licantra,/ con un rumor plenilunar/ de ingles en el cuello,/ y alguien se enojará en el vecindario/ porque se le perdieron unas medias.”. Esta es la forma en que José Díaz Cervera, a través de este libro mítico, logra la mejor conjura contra el desdén y desde luego, contra la peor de las indiferencias.


Por esto!, martes 7 de abril de 2009.
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