miércoles, 30 de diciembre de 2009

Roberto Bolaño y las grietas del espíritu



Por Rodrigo Ordóñez Sosa


Toda la semana descansó Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, en una mesa al fondo de mi cuarto. Al acercarme al libro, rememoré aquellos momentos que conservan su bálsamo contra la nostalgia, así como impulsan la necesidad de hundirnos hasta la mandíbula en la Literatura. Para los críticos, sus textos carecen de un valor real o son narraciones de una clase media ahogada en el existencialismo o la desidia de las horas. Sin embargo, nos recuerdan sus páginas que algunos proyectos son quimeras que amenazan con devorarnos.

La nostalgia es una constante a lo largo de sus páginas, donde los personajes quieren reconstruir la imagen de un tiempo perdido, de los años en que los proyectos conservaban tal fogosidad, que pareciera que con desearlos, se materializarían, por imposibles que fueran. Recuperar es el verbo que impulsa la narración, recobrar la historia de la escritora Cesárea Tinajera oculta en los dobleces del tiempo y revistas empolvadas, recuperar la imagen de Ulises Lima y Arturo Belano, recordar un movimiento literaria de vanguardia, el realismo visceral, y, sobre todo, reencontrarnos y reconciliar nuestro presente con el pasado.




Para recuperar ese pasado, el narrador arma la historia utilizando como recurso narrativo los diarios personales y las entrevistas, crónicas y testimonios de quienes conocieron a los personajes, donde no hay historias reales, sino que el lector debe descartar las opiniones de los testigos y quedarse con las que le interesen. La estructura de la novela asemeja el flujo de los recuerdos, donde el orden cronológico es alterado y las fechas de las entrevistas varían en cada capítulo.

Volver a recorrer sus páginas es acercarse a la nostalgia, a la desesperación y a revivir cada logro y fracaso con la misma intensidad. Descansó el libro en una silla por temor a revivir en mí los días en la carrera, por estar nuevamente en el impulso de la juventud y miedo de vernos reflejados en cada uno de los narradores, negándonos sin misericordia. Tal vez, como a ellos les ocurre, el tiempo escasea cada vez más, el cual dividimos entre las obligaciones laborales o familiares, borrándonos, obligándonos a editar la memoria, para olvidarnos que el arrojo con que combatíamos la desesperación de los días, ha perdido su brillo.

Leerlo es darnos cuenta de que nuestro pasado tiene muchas trampas y cada vez más olvidos, que reconstruimos nuestra historia para evitar la nostalgia, evadir la culpa que sentimos cuando recordamos la alegría de los días que se fueron. Los autores que se esconden en el polvo de los estantes contienen un fragmento del pasado, que continúa latiendo en alguna palabra o verso, que espera con paciencia para descarrilarse en nuestro cerebro, hasta chocar con la neurona exacta para incendiarnos.

Es posible que la nostalgia sea una enfermedad, o el hecho de que odie diciembre influye en mi necesidad de ver el libro con extrañeza, y a otros lectores les cause emoción, les sirva de guía para armar sus proyectos. Realmente no importa, cualquier interpretación es válida, una vez impreso el libro, los caminos que recorre son muchos, y las emociones que despierta son variadas.

Quisiera, como ellos, hablar del libro esquivando la tristeza inmanente de sus páginas, correr en zigzag para bordear nuestra desesperación por librarnos de la búsqueda de las piezas que hemos dejado atrás con el paso de los años, pero al hacerlo, perdería el deleite que me produce la novela, me perdería su capacidad de despertar sensaciones olvidadas, y el placer de apropiarnos de la narración como historia de vida. Las 600 hojas del libro aún conservan su filo, mientras que su tinta se filtra como una llovizna en los pensamientos del lector, hasta ahogarlo por completo.

Por esto!, 23 de diciembre de 2009.

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