lunes, 21 de diciembre de 2009

En un portal de Belén, rom po pom pom



Por Conrado Roche Reyes

Hace más de 2,000 años nació en un establo, un verdadero establo, no el alegre pórtico ligero que los pintores cristianos han edificado al Hijo de David, como avergonzados de que su Dios hubiese nacido en la miseria y la suciedad. Y no es tampoco el pesebre de yeso que la fantasía ha ideado en los tiempos modernos: el pesebre limpio y amable, gracioso de color, con todo lindo y bien dispuesto, el borriquillo estático y el compungido buey y los ángeles sobre el techo y los muñequitos de los reyes con sus mantos y los pastores con sus ponchos de rodillas a los dos lados del zaguán.

Este puede ser un sueño de los novicios, un juguete de los niños. Pero no es verdad, el establo donde nació Jesús. Un establo real, es la casa de los animales, la prisión de los animales que trabajan para el hombre. El pobre establo de los países antiguos, de los países pobres, del país de Jesús, no es la cabaña que ponemos los días previos a la Navidad nosotros hoy día. El establo no es más que cuatro paredes rústicas; un empedrado sucio, un techo de tablas. El verdadero establo es oscuro, descuidado, maloliente, con estiércol y animales.




Este es el verdadero establo donde nació Jesús. El lugar más sucio del mundo fue la primera habitación del Hijo del Hombre, aquel que debía ser devorado por las bestias que se llaman hombres, tuvo como primera cuna el pesebre donde los animales rumian. No nació en un establo por casualidad. ¿No es el mundo un inmenso establo donde los hombres engullen y estercolizan? ¿No cambian las cosas más bellas, más puras en excrementos? Luego se tumban sobre los montones de estiércol, y llaman a eso “gozar de la vida”.

Sobre la tierra, porqueriza precaria donde todos los afeites y perfumes no pueden ocultar el estiércol, apareció una noche Jesús, dado a luz por una Virgen, armado solamente de su inocencia.

Los primeros que adoraban a Jesús fueron animales y no hombres.
Entre los hombres buscaba a los sencillos; entre los sencillos, a los niños; más sencillos que los niños, más mansos, le acogieron los animales domésticos. Aunque humildes, aunque siervos de seres más débiles y feroces que ellos, el asno y el buey habían visto a multitudes arrodillarse ante ellos. Reyes y pueblos se habían inclinado hasta entonces ante los bueyes y asnos. Eran los reyes de la tierra, los pueblos que preferían la materia los adoraron. Pero Jesús no nacía para reinar sobre la tierra ni para amar la materia. Con él acabará la adoración de la bestia. Los brutos de Jerusalén lo matarán; pero en tanto, los de Belén lo calientan con su aliento. Cuando Jesús llegue, para la última pascua, a la ciudad de la muerte, cabalgará en un asno, ha venido a salvar a todos los hombres, aunque todos los mulos de Jerusalén rebuznen contra él.

Después de las bestias, los guardianes de las bestias. Los pastores viven casi siempre solitarios y distantes. No saben nada del mundo lejano y de las fiestas. Cualquier suceso que pase cerca de ellos por pequeño que sea, los conmueve. Vigilaban los rebaños en la larga noche cuando les estremeciendo la luz y las palabras del ángel.

Y apenas vieron, en la escasa luz del establo, una mujer joven y bella, que contemplaba en silencio a su hijito, y vieron al Niño con los ojos abiertos en aquel instante, aquellas carnes rosadas y delicadas, aquella boca que no había comido aún, su corazón se enterneció. Un nacimiento, un nacimiento de un hombre, un alma que viene a sufrir con las otras almas, es siempre un milagro tan doloroso, que enternece aún a los sencillos que no lo comprenden. Y aquel nacido no era para aquellos que habían sido avisado un desconocido, un niño como todos los demás, sino Aquel que desde hacía mil años era esperado por su pueblo doliente.

Los pastores ofrecieron lo poco que tenían, lo poco que, sin embargo, es mucho si se da con amor: leche, queso, lana. Aún hoy, en nuestros pueblos remotos, donde están muriendo los últimos vestigios de la hospitalidad, la hermandad, apenas da a luz una mujer, acuden las hermanas, las mujeres, las hijas de los campesinos y pastores. Y ninguno con las manos vacías. Huevos, todavía calientes, leche recién ordeñada, una gallina para hacer el caldo a la parturienta. Un nuevo ser ha aparecido en el mundo y ha comenzado su llanto: los vecinos, como para consolarse, llevan a la madre sus regalos.

Los pastores de Belén eran pobres, no eran soberbios. Un pobre había nacido entre ellos, y le miraban con amor. Sabían que aquel niño nacido de pobres en la pobreza, había de ser el rescatador de los humildes, de aquellos hombres de “buena voluntad” sobre los cuales el ángel había invocado la paz.

Feliz Navidad a todos.

Por esto! 19 de diciembre de 2009.

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