martes, 24 de noviembre de 2009

Un país sin distintivo



Por Jorge Cortés Ancona

Desde sus años de lucha independentista los países de nuestro continente se llamaban a sí mismos “americanos”. Hidalgo exclamaba “¡Viva la América, por la cual vamos a combatir!”; Morelos se dirigía a los “amados americanos y compatriotas míos que militáis bajo los estandartes vencedores de este Ejército del Sur”, y Simón Bolívar iniciaba su Convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá diciendo de modo literal: “Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América”.

De igual manera nombraron esta tierra y su gentilicio tantos pensadores y luchadores políticos de nuestra historia compartida desde México hasta el Cono Sur. América en singular, con sus divisiones según la región geográfica: Norte, Centro, Sur. Pero un pueblo decidió arrogarse el nombre de América y por su preeminencia como destino de europeos y asiáticos terminó siendo llamado así por casi todo el mundo. Estados Unidos de América, nombre propio que obedece a una condición jurídico-política, tal vez muy práctica en el momento de constituirse como nación independiente, pero que a la vez daría lugar a una falta de identidad en cuanto a la nomenclatura.




Algunos ciudadanos de ese país propusieron llamar ‘Columbia’ a su patria, considerando —quizá por crasa ignorancia histórica aún existente— que Cristóbal Colón (Christopher Columbus, en inglés) descubrió Estados Unidos, que es decir “América”. (Y para marcarnos como traspatio se ha dado por llamar a este continente “Las Américas”, como se ve en nuestro conocido parque meridano).

Dicha ausencia de nombre le hace decir a Edgar Allan Poe, en la nota LVI de su Marginalia, que “no debería vacilarse en escoger el nombre de ‘Apalacha’”. Porque “en primer término es distintivo; ‘América’ no lo es, y jamás lo será (…) ése no será nombre, en la medida en que se necesita tenerlo, a menos que lo arrebatemos a las naciones que lo emplean actualmente. Sudamérica es América, e insistirá en seguir siéndolo”.

Las dos razones siguientes que aduce Poe son contundentes en su verdad histórica y en su expresión. Vale la pena citarlas literalmente: “‘Apalacha’ es un nombre indígena, y nace de uno de los rasgos más distintivos y magníficos del país” y “empleando esa palabra honramos a los aborígenes, a quienes hasta ahora hemos despojado, asesinado y deshonrado despiadadamente”.

Una no muy usual manifestación de respeto a los pueblos originarios de Norteamérica en boca de uno de los mayores literatos que haya habido. Expresar esa triste verdad en la primera mitad del siglo XIX era un acto de valor, así se tratara de un hombre de la parte norte de los Estados Unidos. ¿Había expresiones equivalentes en el México en esa época, no digo preocupados por los indígenas de las épocas Prehispánica y Colonial sino por los contemporáneos de ese “hasta ahora” que emplea Poe?

Las dos razones finales de su propuesta obedecen a motivos literarios y fonéticos: provenir de una sugestión de Washington Irving, autor que había puesto a los Estados Unidos en el mapa literario de la época, y “la más importante de todas” para Poe, que es la “música de la palabra ‘Apalacha’; nada podría ser más sonoro, más líquido o más rotundo, mientras su longitud tiene dignidad suficiente”.

Qué hermoso hubiera sido vivir junto a nuestro vecino llamándole Apalacha y no Estados Unidos; llamar a sus ciudadanos con el gentilicio “apalachanos” y no con la imprecisión de “norteamericanos” o la trabante fonética de “estadounidenses”. Pero no cabe duda de que la memorable frase de don Porfirio hubiera perdido contundencia si hubiéramos tenido que decir “Pobre de México: tan lejos del cielo y tan cerca de Apalacha”. Como que no, ¿verá’?


Por esto!, sábado 21 de noviebre de 2009.

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