jueves, 8 de octubre de 2009

Yucas en el DF


Por Conrado Roche Reyes

Eramos unos verdaderos chavitos. Terminando la secundaria, comenzando la prepa. Pero se había convertido ya en una especie de manda: ir durante las vacaciones a Acapulco en aventones y siendo clase media alta, con el menor dinero posible. Hoy día no le encuentro lógica explicación a aquella especie de masoquismo. Nos juntábamos el grupo —iban varios grupos— entre seis o siete chavitos en la gasolinera de la carretera a Campeche, hoy, absorbida por la ciudad pero que entonces era el confín de Mérida. Las etapas eran más menos predecibles. Uno, dos, o los que cupiesen en el vehículo que daba el primer aventón —casi siempre a dos— hasta Muna. Ahí estaba el primer atorón. Después de un buen tiempo, a Campeche, donde generalmente se pasaba la noche al borde de la carretera, donde había o hay una enorme estatua de un hombre saliendo con medio cuerpo de fuera desnudo —se supone— de la tierra. El chiste típico consistía en decir que ahí se iba a sentar conocido súcubo meridano a esperar que salga para verlo en pelotas. El alimento consistía en galletas y refrescos de cola. El siguiente paso era llegar a Champotón, y de ahí hasta un lugar desde donde se cruzaba en panga, conocido como Isla Aguada. El atorón allá significaba una verdadera pesadilla. Jamás he sentido ni visto tantos mosquitos juntos. Estos no picaban, sino que mordían y tenían el tamaño de una gaviota. Con decir que en la desesperación, en medio de la noche nos metíamos al mar hasta donde nos seguían estos malditos animales. De allí a Ciudad del Carmen. Sentados en el muelle, por turnos pedíamos el consabido aventón. Casi siempre lo daba un trailero, con la irrevocable condición de que no se durmiera uno, so pena de que le bajasen a medio camino. Sé de varios amigos que pasaron por eso. Choferes los había de todas clases, desde el que nos invitaba a comer hasta el que nos agarraba de “chalanes”. Recuerdo que en la panga, en casi todas, el borde de la misma, de fierro, estaba rayado con leyendas de yucas de generaciones anteriores que nos precedieron. “Aquí estuvo fulano. Mérida”. Existía entre estos rudos camioneros uno muy conocido entre la paisanada, de feroz aspecto y bigote, pero que era gay. No obstaba para que conste. Siempre había algún compañero que hacia el trabajito.

De aquí en adelante, la cosa marchaba más o menos bien. Hasta el famoso atorón en Puebla. Allí he sentido el frío más intenso de toda mi vida. Rezos. Pensamientos como “ahorita estuviera bien tapadito en mi hamaca de Mérida”. Finalmente: la capital. Nos dejasen donde nos dejasen, caminábamos hasta la entonces visible a kilómetros Torre Latinoamericana. Nos hospedábamos casi siempre en los mismos hoteles ya acordados de antemano, y a diario acudíamos a la Alameda, seguros de encontrar ahí al resto de la banda. Recuerdo a uno, se llamaba “Astorias”, como un conocido lupanar de la zona de tolerancia del terruño.

Ya todos reunidos, viajábamos a Acapulco en los temidos camiones Flecha Roja, mejor conocidos por sus continuos “flecharrojazos” que por su eficiencia. Eso sí, muy baratos. Cerca de la Terminal había un congal, “El siglo XX”, en donde mirábamos la variedad a pesar de ser menores de edad. Los porteros se pasaban por los cojones esa minucia.

Ya en el puerto, al hotel “Paraíso del mar”, sobre la costera, pero al que había que subir numerosos escalones ya que estaba en una montaña. Sinceramente, a pesar de ser un lugar muy barato —diez varos diarios— no era hotel de paso, y tenia una esplendorosa vista de la bahía de Acapulco. Cuarto comunitario, con muchas camas. Allí, teníamos ya una especie de rutina. Como buenos yucatecos, en bola, desayunábamos un jugo en un puesto. En calzoneras, íbamos en camión a Caleta. Allí se intentaba ligar con las gabachas, cosa que pocos lograban. Después de unas dos horas, siempre en camión —“Cine Río-La Base”—, a la playa de la Condesa. Tremendas olas. Aquí sí, los buenos para ello, ligaban ocasionalmente. Con poco dinero, nuestra base era el restaurante “Paradise”, uno de los más famosos del puerto. A cerveza por chola. En la Condesa abundaban los lancheros, que eran grandes ligadores. Nosotros, no dábamos crédito al hecho de que una belleza anduviera con un “sobuca”, como les llamaban. En Yucatán el turismo estaba en pañales, y quienes ligaban a las pocas gringas que nos visitaban eran de clase media para arriba. Aun no nacía el Mayan latin lover.

Era de rigor la siguiente bromita. Cuando divisábamos a otro grupo de yucatecos caminando en grupo, nos escondíamos y gritábamos ¡Pelaná¡. Ellos volteaban a ver asombrados como diciendo “ya nos descubrieron”. Causaba mucha risa las caras de provincianos asustados que ponían.

En la Condesa se encontraba, detrás de unas rocas, la playa “de los puñales”, adonde acudían obviamente pues…ellos. Era infalible mirar entre los gays, a algún mayate yucateco. Es más, los gays decían al referirse a Yucatán que era la tierra del Faisán y del Mayate. Estos últimos bajábanles dinero que compartían con los demás.

En la noche al “Tequila a Go Go”, una de las primeras discoteques del país y la más renombrada. Iban allí Enrique Guzmán, Hugo Stiglitz, Andrés García y otros famosos con su respectiva gabacha. Allí miré a la primera chica a go go en su jaula de cristal bailar. Se llamaba Elba Aponte y llegó a tener cierta fama. También fue allí la primera ocasión que escuché —tenían un buen equipo, lo mejor para la época— al distorsionador de los Rolling Stones en “Satisfacción”.
En un primer momento pensé que era un sax.



El portero era un hombrón al que apodaban “Chiquilín”, a quien luego miré en varias películas, siempre de madreador. A Olga Breeskin, que estaba en su apogeo de fama. A Verónica Castro y un chingo de gabachitas que no cortaban a nadie que las invitase a bailar, como era muy común entonces con las yucatecas. Yo, que soy malo, malo, tímido, tímido para el baile, ahí lo hacía. Nos asombraba lo fácil que era agasajárselas. Pero seguíamos sin comprender, en nuestros genéticamente racistas cerebros, que los lancheros, negros y feos, tuvieran tanto éxito con ellas. Hoy lo comprendo.

Allí me llevé varias sorpresas mayúsculas. Un amigo muy mayate nos invitó a casa de su puñal, al que llamaba “La Roca”, y nos decía que era un artista gringo muy famoso. Era Rock Hudson, que en las películas de un madrazo descalabraba a cien japoneses. Otro era Errol Flynn, nada menos que el valiente capitán Blood, que, de un espadazo, mandaba al otro mundo a mil enemigos y tenía mil viejas por película. Un famoso director, Boetiguer, formaba parte del harén de los mayates yucatecos. Este ultimo, dicen que hasta fletaba a su bellísima esposa, Debra Pager. Se reunían todas las noches en un cafecito del centro, casi junto a catedral,”Caballero” ampliamente conocido en ese inframundo.

Después de jugar a ser pobres por un tiempo, se agotaba el dinero. Pecata minuta. Un telegrama a casa y asunto arreglado. Hoy, todo esto sería imposible. El mirar a dos adolescentes a media carretera en Acayucan. Muerte segura. Ese es el país que estamos dejando a nuestros nietos; querámoslo o no, todos tenemos nuestra parte de culpa.

Por esto!, 5 de septiembre de 2009

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