lunes, 5 de octubre de 2009

El minero y la luz (II)

Charla con Manuel Iris

II




Por José Castillo Baeza


Hablando de Cuaderno de lo sueños, llaman la atención una serie de características que no suelen ser tan comunes en un poemario: la intercalación discursiva de la prosa y el verso en distintos planos, una anécdota narrativa, el discurso metaliterario (con una clara alusión al Hipogeo secreto) ¿Cómo se da la concepción de este poemario que parece prestar recursos de todos los lados para constituirse como un corpus especial?

Tienes razón cuando dices que presta recursos de todos lados., no lo oculto y además es inocultable. La literatura es eso. Espero no haber hecho un texto copia, no los estoy glosando, acepto mi influencia y no creo que sea el caso del artista joven que imita a sus mayotes.

—Para nada lo es.

Yo tenía la idea de escribir un poema en el cual el hablante fuese capaz de decir una cosa y contradecirla con la misma propiedad poética; el motivo fue la figura del ángel rilkeano (ese ser terrible, aplastante de tan hermoso), y yo quería decir: amo al ángel pero también amo a la mujer de carne y hueso, esa que incluso está más allá de la propia literatura. Y la verdad es que prefiero besar a una mujer a leer un poema que hable del beso. La única manera fue darle voz al ángel para desmentir su naturaleza. Mi novia Inés fue quien me recomendó que leyera a Salvador Elizondo, y allí encontré la estructura intelectual para entender lo que quería hacer. Y lo que en un principio fue una discusión entre lo real y lo ideal, se convirtó en una discusión entre lo real, lo ideal, la creación, la literatura y lo metaliterario. Creo que sin esto, el libro hubiese sido menos profundo y, al final, creo que de eso se trata: alcanzar las lecturas necesarias para emprender un texto.

—Esto nos lleva, casualmente a la siguiente pregunta: estudiaste la licenciatura en literatura latinoamericana en la UADY, la maestría en New México University, ahora estudias el doctorado en Cincinnati, ¿Qué le ha aportado la parte académica a tu poesía? Y ¿por qué el poeta sigue este camino académico?

Porque es el único trabajo que me garantiza seguir leyendo, me garantiza mi sustento. No vivo de ser escritor, nunca he recibido ningún tipo de beca creativa; vivo de la academia y me gusta. No es un pesar intercalar los aficiones de profesor y creador (como lo es para mucha gente), para mí es todo lo contrario. Me permite escribir en paz. Me dedico a la academia para vivir y escribo para que vivir valga la pena. Me gusta hablar de literatura y me gusta estar rodeado de gente que ama la literatura, esto me lo da la academia y para mí es invaluable. Sobretodo, tener tiempo, tener tiempo para escribir en paz.

—Has dicho que no te consideras un escritor prolífico ¿Qué es lo que te hace pensar que escribirás pocos libros a lo largo de tu vida?

Sí, es debido a la lentitud con la que escribo. He tardado cuatro o cinco años en escribir un libro, lo cual no quiere decir que esto vaya a ser una constante, sin embargo creo que sería más prolífico si fuese longevo. Quizá deje de publicar, realmente espero tener la madurez para dejar de hacerlo cuando me dé cuenta que me estoy repitiendo. Los escritores que más admiro tienen obras breves y es porque, más allá del respeto a sí mismos, respetan la poesía. No hace falta publicar poesía mala. No me interesa escribir mucho sino escribir bien. Mucha gente prefiere lo contrario y creo que no hace falta integrar más miembros a ese club. ¿Esto significa que llegará un momento en el que no tengas nada qué decir? No necesariamente. No creo que ningún ser humano se quede, en ningún momento de su vida, sin algo que decir. Sin embargo, llegará el momento en que lo que tengo que decir, me lo diré a mí mismo, lo cual no significa que tenga que decirlo a los otros. Yo creo, por ejemplo, que Alí Chumacero tiene mucho qué decir, pero le basta con lo que ya ha dicho. Caso contrario es el de José Emilio Pacheco que sigue publicando, abogando por la extensión en vez de la perfección.

—En Cuaderno de los sueños, la poesía es quien construye al poeta y no viceversa. Haz comentado que cuando escribes un poema que se sabe distinto a los demás, la sensación que te acontece es que el poema ha existido desde siempre y que tú tuviste la suerte de descubrirlo. Sin embargo, el libro también es una reflexión sobre la escritura entendiendo esta, a la manera borgiana, como un acto de creación, de nombrar la realidad. ¿Cómo entiendes esto que podría resultar contradictorio?

Existen dos procesos: en la escritura hay un misterio. Un minero entra a un lugar oscuro y sale con un pedazo de luz agarrado, sin embargo, cuando el minero camina por el mundo se da cuenta que él la inventó, que de algo amorfo sacó ese pedazo de luz. Creo que en el proceso de la lectura, los poemas son anteriores al poeta, sin embargo, en el proceso de la escritura el poeta debe tener fe, debe creer que está creando algo. Luego del proceso de creación, me doy cuenta que la poesía quiso que yo lo haga lo que ella quiso. Y la prueba más grande está en que las personas se identifican con la poesía. Un poema no inventa emociones.

Y después de todo: lo eterno es demasiado.

Por esto! 30 de septiembre de 2009.

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