martes, 6 de octubre de 2009

Don Juanito, maestro inolvidable


Por Conrado Roche Reyes


Quienes fueron alumnos de Don Juan N. Cuevas, al preguntársele cuál es el maestro que más recuerdan, con toda seguridad responderán que Don Juanito. Su figura es algo que todos llevamos grabada en la memoria. De baja estatura, moreno, siempre con una tablita en la mano a manera de bitácora. De una personalidad un tanto desconcertante. No seguía al pie de la letra los lineamientos del resto de los maestros.

Su salón de sexto año, para comenzar, se encontraba aparte de los demás salones que se encontraban traspasando la leyenda que contenía el pensamiento y filosofía de la Escuela Modelo: “Trata a los demás como quieres que te traten a ti” en los corredores delanteros que por entonces se encontraban repletos de casilleros para depositar las bicicletas de los alumnos. La mayoría se transportaba así. Hoy, esto ya no existe. El salón de sexto estaba en la parte de atrás, en los segundos y más pequeños arcos, justo enfrente a la cancha, entonces plagada de lajas y que el conserje y mil usos “Panchoyo” regaba con una pequeña manguera.

Al tocar la campana anunciando la entrada a clases- siempre repicada por el maestro Don Antonio Rivero, que hasta aquello hacía con dignidad, de impoluto flus blanco- los maestros impartían clases entacuchados hasta la llegada de nuevos y jóvenes mentores como don Luis Brito y Don Pedro Mendoza-, los educandos se enfilaban a la puerta de su respectivo salón para entrar mostrando uno a uno su pañuelo, regla inquebrantable. Quien no lo hacia, tendría que escribir cien veces “debo traer pañuelo. Ah, ¡y era de rigor estrechar la mano del profesor al ir compenetrando. Con don Juan era distinto. Por las mañanas, de flus, se paraba a las puertas de su salón y gritaba a voz en cuello ¡”Sexto año!”, y ahí entrábamos corriendo en tropel como ganado al corral.

Muchas anécdotas se podrían contar acerca de las travesuras, maldades mejor dicho que los adolescentes-pre- le hacíamos y que el aguantaba estoicamente. Sus frases recurrentes que repetíamos a sus espaldas imitando su peculiar modo de hablar. “Oye joven, mucho cuidado con tu comportamiento”. “Mírenlo, con toda parsimonia se levanta”. “Pete veo, pete veo”. “¿Me estás regañando?, pa que yo sepa a qué atenerme”. “Pérate pérate, me va a regañar el señor”.

Se entregaban calificaciones semanales, una hojita en donde al menos yo y la mayoría de mis amigos infalible tronábamos alguna materia. Pero que a fin de año eran muy pocos los que reprobaban, es decir repetían año. Estas se repartían los sábados después de clases de canto que impartía otro mártir de los gandallas con su casi inaudible violín-en todas las escuelas se hacia con piano-, “Frijolito” del que por más que he investigado, no se sabe su real nombre. Don Juan se paraba sobre dos piedras de regular tamaño. Cantábamos bajo los almendros. El mentor motuleño no cesaba de repetir en los intervalos de canción y canción:”Todos juntos. No se aglomeren. No se apiñen”

Por las tardes, acudía de blanco total, zapatos “de goma”-así se le decía a los tenis- ya que solamente había una clase y a partir de las 4 p.m., deportes. La escuela era muy diferente a como es ahora, tan confortable. Sólo varones, en realidad, no existían escuelas mixtas a excepción de las de gobierno. De septiembre a mayo, se practicaba el fútbol. El era ya un hombre muy mayor. Pues a su edad, arbitraba juegos completos. Llegado el mes de abril, se jugaba béisbol. Los bates, pelotas, mascotas y todos los implementos de la escuela creo fueron los mismos que utilizó “Sansón” Novelo. Comenzaba el bombardeo futbolero. Ya muchos excelentes beisbolistas insistían en continuar con dicho deporte. Don Juanito se opuso y continuó organizando campeonatos de beis en que participaban los tres años de secundaria y su querido sexto año. Allí sí no umpireaba. Lo hacia algún compañero neutral. Ante una decisión apretada todos gritaban, porque miraba todos los encuentros,”¡Don Juanito!”, a lo que él impertérrito respondía en un inglés bostoniano:”Ahí esta el ampaer”.

El tiempo transcurrió y el maestro se retiró a vivir en Telchac. Varios de sus ex alumnos sabíamos que estaba enfermo. Entonces le llamaban demencia senil, hoy, Alzhaimer. Cuando la iglesia del puerto llamaba a misa, él salía a la puerta de su casa y gritaba como en sus tiempos de la modelo ¡”Sexto año!”. Cierta vez, algunos a quienes dio clases, mi generación, acordamos ir a visitarlo. Sí estaba enfermo, pero de alguna manera nos reconoció a todos, aunque no éramos demasiados. ¡”Zorro!, dijo cuando vio al zorro. Conmigo se tardó un poco. Se me quedó mirando. Como no recordó mi nombre, su mente acudió algún recoveco asociativo y exclamo alegre.
:” Hola tú, Izamal “. Gran hombre este ameritado maestro, Don Juan Nepomuceno (de ahí la N) Cuevas.

Por esto!, 2 de octubre de 2009.

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