viernes, 11 de septiembre de 2009

Yucatequismos ¡ta bien!


Por Conrado Roche Reyes

Continuaremos con aquellas actitudes tan nuestras que son consideradas ya como parte de la normalidad. El chisme o el meter la cuchara por delante. Van algunos ejemplos.

Tenía una cita con un amigo al que conozco por su puntual manera de ser. Hombre derecho en el sentido positivo de la palabra. En una mesa ya se había conformado la tertulia habitual. A este tipo de reuniones acuden los de siempre, pero de vez en cuando, cada cierto tiempo se van uniendo nuevos elementos. Estos son circulantes, esto es, duran cierto periodo y no se les vuelve a ver en la misma tertulia. Incluso muchas veces no se saben ni sus nombres.

Nos quedamos en que arribé al café para encontrarme con quien tenía cita previa para tomarnos un par de ellas ya que mi amigo me comunicó que cierto personaje de la política local quería conocerme en persona, lo cual agradezco infinitamente. Tomé asiento en la mesa contigua después de los saludos de rigor. Pedí mi refresco y esperé al susodicho compañero con quien iba a ingerir lúpulo. Como pasaba la hora pactada, cosa extraña en él, amén que había insistido mucho en ello, comencé a desesperarme un poco. Fue cuando, muy a la yucateca pregunté estirando el cuello de mesa a mesa si no habían visto a fulano. Los habituales, casi a coro respondieron que si se trataba de dicha persona no me preocupase, era seguro que cumpliría, ya que es público y notorio su modo educado de ser, pero también agregaron que-todos lo sabemos, esa costumbre tan arraigada- ya sabes, hora yucateca, es decir, impuntual, pero de que iría iría. De pronto, uno de los nuevos a quien no conozco y él mucho menos a mí, emitió lapidaria sentencia de su ronco pecho. “¿Estás esperando a fulano? -Con una confianza que me desconcertó- no viene, está dejando mal a la gente”. Pero lo dijo con tal autoridad, convicción y mala leche digna del más full de los paisanos. No me explico ese afán de hablar así de las personas a alguien que ni idea se tiene quién sea.

Otra ocasión, este caso sí más dramático y que pudo traer consecuencias impredecibles sucedió durante un tiempo que permanecí en el Caribe por cuestiones de trabajo. Tocaba en un grupo musical en ese polo turístico. A mi regreso, todos me miraban extrañados, murmuraban por lo bajo. Y uno pues sin saber qué onda. Hasta que uno de los tantos lorenzos barcelatas que pululan por el centro chayoteando trago u lo que sea, me dice con los ojos desorbitados:

-“Oye, ¿no estabas muerto?”, estúpida pregunta ya que estaba hablando conmigo. Y me suelta todo el rollo. Sucede que alguien esparció el rumor que creció como una ola hasta convertirse en una firme realidad de que era yo cadáver. Y escucha qué muerte más bonita me inventaron. Que bien pedo me encontraba en plena Avenida Tulum toreando autos hasta que un camión me empitonó mandándome al más allá. Lo yucateco es la mirada de credulidad de mi interlocutor. Me dicen que incluso llamaron a una de mis hermanas para darle el pésame y entonces fue ella la que en realidad estuvo al borde del infarto. Fueron varios los que me hicieron la misma pregunta y con los mismos detalles, algunos corregidos y aumentados. En lugar de encabronarme, estuve a punto de fallecer pero de la risa. Yucatequísimo puro.

Va otra. La hija de una muy buena amiga, pero amiga de verdad, una adolescente que será, de quince o dieciséis años, eso sí, muy guapa, ganó un certamen de literatura. Hice una cita con ella en un café con la intención de entrevistarla. La charla transcurrió sin incidentes. Lo normal en estos casos. El fotógrafo del periódico cumplió su trabajo y nos quedamos charlando alrededor de una hora. Nos despedimos con el ósculo de rigor y cada quien se fue por su respectivo camino. Ni un día pasó cuando un imbécil de los que pululan pregonando su profesión de escritor, me dice y en el mismo café en que entrevisté a la niña,:”Que cabrón eres, te estás comiendo a la hija de fulana. No hay que ser, es una chavita”. Cuando quien me largaba esta moralina casi se le caían los ojos al mirarle el trasero a la chavita. Y así el rumor se extendió como reguero de pólvora. Nada más porque su madre me conoce de años, aquello no terminó mal. Ella misma me dijo que sabía que todo era una gran mentira inventada por el grupito de fans que tanto me adoran.

No sé utilizar el Internet, por lo que no puedo leer los mensajes llenos de estulticia y bajeza que me dicen circulan por ahí. Voy a enumerar algunos de mis “atributos” que estos fulanos me atribuyen. Dicen –todo esto lo sé por medio de lenguas confiables –por dicho medio electrónico, ¡dinamita pura!, que no se explican mi permanencia en el periódico-18 años-, que algo hay detrás. Je,je, je. Soy violador, pederasta, no distingo edad, sexo ni condición social, juar juar. Soy puto, mayate, oreja, morfinómano, heroinómano, borracho, grifo, y todo lo que a usted se le ocurra. ¡Hombre¡ (¿), inventen algo más grueso. Asesino, secuestrador. Lo demás ya está muy choteado. Lo que sí les puedo pregonar es que ¡viva la prostitución y el vicio¡ No se anden con mariconadas porque me voy a ahorcar con una mata de tomate. Prrrr, sonora trompetilla.

PD. No seáis culeros, no metan a mi familia en sus puterías.


Por esto!, jueves 10 de septiembre de 2009.

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