miércoles, 2 de septiembre de 2009

Recuerdos de un funeral


Por Conrado Roche Reyes

Por alguna razón que desconozco, hoy me vino a la mente el asesinato de mi gran amigo “El Charras”. No es fecha que conmemore nada de su martirologio pero miro, como si fuera en una película, aquel cortejo multitudinario hasta en sus más mínimos detalles.

Cuerpo amado, adulado en los campos de fútbol, en el fuego. Cuerpo inerte que pertenecía entonces a todos. Envuelto, encerrado en un ataúd de madera que ocultaba las horrendas laceraciones y salvajes torturas que padeció antes de morir. De todo el pueblo de Mérida en el seno de la alineación más terrible. Nada me causaba regocijo durante los siguientes meses. Con tus brazos estrechabas la vida y los seres más desvalidos.

El cortejo pasa por tu barrio en medio del llanto de señoras anónimas, esas que te miraron corretear de niño por Santiago, preguntándose el porqué de ese crimen. Nos has abandonado.

El cortejo llega al centro de la ciudad. Mérida, la blanca, de negro luto te despide. Se escucha un sobrecogedor silencio que repercute como un Réquiem. La gente aminora el paso, se inmoviliza. La multitud se empuja, arrastra los pies para llegar al ataúd en que te encuentras encerrado ocultando las horrendas mutilaciones y lacerantes heridas producidas por los salvajes que te asesinaron. El cajón de madera, con tus sueños desvanecidos, esta cargado de flores, coronas y cubierto con la bandera de la Universidad de Yucatán. En un instante, la inmensa multitud se escinde para dejar pasar al joven sindicalista asesinado. Un minuto de silencio. Después se oyen dos sollozos. Se alzan voces: “Charras, tú no has muerto; vivirás siempre entre nosotros”. Al detenerse la marcha en nuestra Alma Mater, una salva de aplausos conmueve el vetusto edificio donde pasaste tantas horas, donde comenzaste tu lucha desde el aula. Inmediatamente después, el Himno Nacional Mexicano repetido por miles de gargantas.

El cortejo avanza lentamente y hay un breve momento de regocijo por que tantos cuerpos vivos —tú descansando—monten guardia ante el tuyo. Vistos desde arriba, todos ellos forman un solo cuerpo. Estudiantes, tus obreros, gente del pueblo. Las calles cambian de dirección. Manos que se transmutan en velas que se funden a tu paso. Los policías que vigilan, cerca, son los mismos que escribieron tu epitafio.

El arma brutal bajo el hombro. En la universidad, se hace un alto. La gente se aprieta aún más alrededor del cadáver como si temiera que los salvajes de uniforme volvieran a robarte, “a sustraerte del medio”, como declaró su jefe. Este se mantiene en contacto con todas las patrullas de policía, como si temiese que así, muerto, les organices una huelga. Da instrucciones —cínico y maricón—, como el traslado del cuerpo hasta la universidad se ha producido sin incidentes, aliviado, acompaña al criminal mayor a su casa donde lo reconforta, mujeres abrazadas parecen ser, temerosas aún de un inerte cadáver. Le dice a su lacayo que hay que poner a todas las fuerzas del orden, que estarán en pie. Con gases lacrimógenos, todos los medios represivos disponibles. “Estoy muy preocupado” —dice el criminal mayor. Se separan hasta las seis de la tarde deseándose buenas noches. Insensatos.


Pero los hechos se encargaron de desmentirlos: no hubo ningún incidente. El único incidente fue ese amontonamiento de flores como no se había visto nunca. Todas las flores habían venido al entierro. Irrumpieron de todas partes —las flores— y, atravesando primero los suburbios, ocuparon la ciudad de Mérida por varias horas, en el corazón de su corazón. No quedaba una sola flor en toda la urbe. “¡No más sangre”!, única consigna de solitarias voces..

Con semejante consigna, los jenízaros no tenían de qué preocuparse. Con flores, aunque sean rojas, innumerables, no se hace la revolución. Pero ellos mantenían el dedo en el gatillo. Una especie de alivio, el cuerpo de ese pueblo que había ido a despedirlo había servido para unir de pronto a una multitud de seres humanos. A la cabeza iban los muchachos con coronas de flores. Cada corona era llevada por dos jóvenes —los más jóvenes— y dos chicas de Medicina con sus resplandecientes, hermosas batas. Seguían los miembros de la FEU, con el rostro entristecido y rabioso. A poca distancia, la banda de guerra de la Universidad. Un estandarte rojo con la HOZ Y EL MARTILLO. Los miembros de su equipo de fútbol, con los trofeos ganados en el deporte.

A lo largo del recorrido, la gente amontonada a las puertas y balcones de los comercios, aplaudían a los jóvenes manifestantes. Ciudadanos de todas clases y de todas las edades se habían amontonado a lo largo de las calles del centro. La marcha, larguísima se prolongaba varias cuadras como si esa multitud fuera un cable de luz pública que recorrió la sucesión interminable de kilómetros hasta el cementerio.

Muy cerca, en un carro, su madre y hermana lloraban al hijo y hermano sacrificado. Escena conmovedora. Su entrañable hermano, José, presidente de la Sociedad de Alumnos de la Facultad de Ingeniería, caminaba al lado de sus compañeros estudiantes arrojando al vacío, al piso, piedras con una furia e impotencia incontenibles. Una señora vestida de negro, jalándose los cabellos lloraba amargamente. Fue enterrado entre discursos que hoy me suenan vacíos por las personas de que provenían.

Hoy, aquellos mismos que durante la lucha, el movimiento popular más grande registrado en Yucatán en 60 años, estaban del bando de los trogloditas, enguayaberados que ocupan puestos en el gobierno, se quieren apoderar de aquel limpio movimiento. Ya casi pregonan en actos oficiales que ellos cargaron con sus hombros el cadáver de Efraín. Cuerpo que ya hedía por el tiempo transcurrido en la soledad del monte yucateco. Y no, eso no se los podemos permitir so pena de pasar por cobardes. Alguien tiene que escribir la historia real de este partir singular que gustaba del rock. No una novela fantasiosa como existe ya y premiada. La verdad, con nombres y apellidos.


Por esto!, martes 1 de septiembre de 2009.

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