domingo, 6 de septiembre de 2009

A mi amigo Bill



Por Conrado Roche Reyes

Han pasado más de veinte años y parece que fue ayer. Mi compañero de infancia, adolescencia, juventud y amigo de toda la vida —las viejas amistades jamás terminan si son verdaderas—, así no nos frecuentemos ya tanto como deseara por las circunstancias de la vida. Ambos casados y con hijos. Con avatares sin fin, a lo largo de nuestra adultez nunca perdimos el contacto por completo.

El profesionista por herencia—es abogado igual que su padre, el queridísimo tío Bernardo— y un servidor, empleado en una tienda de electrodomésticos, vendedor para más señas, yo, que me considero el más mal ventero del universo y sus alrededores.

Nuestros respectivos centros de trabajo no distaban más de cien metros, razón por la que lo visitaba con frecuencia para recordar los viejos tiempos y reírnos como locos de las mamadas y pendejadas que hacíamos juntos. Se trataba de una especie de escape en nuestros monótonos y agonizantes días. Y sucedió que un día, teniendo los dos edad en que la mayoría de la gente piensa en el retiro, los fatídicos cuarenta, me comunica que va a presentar un libro de su autoría. Yo no tenía la menor idea de que Manuel, que ese es su nombre real, le daba a la literatura. Lo consideraba un mundo reservado para los Mediz, Abreu, García Ponce, Peón Contreras, etc. No sabia que existían personas vivas que se dedicaban a eso. Con asombro, el ejemplar que ese mismo día me obsequió y que hasta hoy considero entre sus mejores obras. me explicó lo de los talleres, círculos, grupos, presentaciones. Escuché por vez primera los nombres de Jorge Pech Casanova —quien casualmente fue a visitarlo entonces—, Gustavo Abud Pavía, Carolina Luna, Jorge Lara Rivera, Víctor Garduño y muchos más. Eso sí, todos ellos más jóvenes que nosotros. Leí entonces las obras de los autores yucatecos contemporáneos. Al parecer, aquello no paso a más; sin embargo, un servidor tenía también muy escondidas inquietudes literarias pero me consideraba muy viejo para comenzar, siempre presente el fantasma de la precocidad de Rimbaud que por entonces estaba de moda.

ACUDI A LA ESPLENDOROSA NOCHE DE LA PRESENTACION DE SU LIBRO. Aquello me deslumbró. Otro mundo, otra actitud. Por entonces, todos eran algo rebeldes. Mi amigo Manuel Calero era la estrella refulgente del momento, precisamente por su edad y su personalidad de esponja. Ávido de absorber todo lo que le aconsejaban. El, que nunca se caracterizó por ser gran lector, a partir de entonces comenzó a devorar a los clásicos como Faulkner, Millar, Hemingway, los latinoamericanos, creo leyó hasta a Jean Paul Sartre que tanto nos hizo batallar en los exámenes de filosofía en la prepa. Su oficina se convirtió en visita obligada para los iniciados en ese mundillo. Entre legajos y testamentos, escribía y escribía como loco. Sus textos, combinación de Rulfo, y los más connotados escritores costumbristas fue excelente cóctel de letras.

Entonces escribí, si Manuel que era de los flojos, just like me, en la escuela, no había impedimento en que uno lo intentase. Cuando lo terminé, lo llevé a la vetusta casa familiar donde se ubicaba su notaria. Lo leyó atentamente. Me dijo que estaba muy bueno, pero que había que hacerle algunas correcciones y revisiones, cosa que hizo en ese mismo instante. “Aquí debes de poner tal palabra para que reflejes la angustia del protagonista. Aquí, hay que quitar esto, etc.”. Lo hice y él se encargó de sacarle copias y mostrarlo a sus amigos escritores. A todos gustó. Algunos —debo decir sin falsa modestia que los mejorcitos— llegaron a decir que no se imaginaban que en Mérida se escribiera así. Al preguntar mi edad, el asombro fue aún mayor. Se lo enseñé a Hernán Menéndez y, desde entonces, aquí estoy en el POR ESTO!

Regresemos a Manuel Calero. Siguió la ruta de Lowry con su broder de entonces Miguel Bojórquez. Digo, sin empacho, que en esto sólo he tenido un maestro: él, Manuel. Su producción es vasta, buena, de calidad y de fácil digestión, como un buen par de tetas. Su obra traspaso la frontera de nuestro estado. Fue a numerosos congresos y encuentros de escritores. Sus colaboraciones periodísticas son de las más leídas. Lo último que ha estado escribiendo, una especie de autobiografía, chusca, profunda, angustiante, perversa a veces, inocente las más, nos da una idea de una época y un entorno de un niño que yo no conocía. El taciturno y de pensamientos extraños. El adolescente lleno de dudas. El adulto en crisis existencial. Y su eterna desconfianza en sí como escritor. En su último artículo, deja entrever que ya se apagó la flama, aquella que tanto le ponderé. Sin embargo, imaginé que se trataba de ese estado que en castellano no tiene traducción y que es estar xmaol.

La secretaria del periódico me comunicó ayer que al entregar su colaboración le dijo que esa sería la última, que ya sentía que se le agotó eso que nos impulsa. El resorte se aflojó. Más lo dijo tan en serio, que por eso te escribo, mi estimado Bill, estas líneas. No nos puedes dejar así. Ya quedan pocos de tu pasta. No sé qué suceso externo te atormenta, o será la congénita depresión que la Escuela Modelo nos produce a todos,. Deja descansar la pluma. Lánzate a la playa. Mámate con los amigos verdaderos. Junta a los antiguos y nos ponemos una guarapeta de pronóstico.

Ahí están: George, Mo, Pulga, qué sé yo. El Chino. Los que “paejemos peo no jomos”. Es peor que nos abandones así, a como lo hizo el pobre Vallo. Te lo digo como tu chayote nomber uan. Además, mientras se te pare la lengua, no hay pedo. ¿Sale?


Por esto!, 4 de septiembre de 2009.

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